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Los libros

'Canal': El ruido del mundo

  • Cuando el hermano de Javier Fernández murió, el poeta tenía tres años. Creció y vivió en esa memoria, y luego estuvo reescribiendo el libro otros veinte años
  • No es un libro de poesía al uso. Es una especie de narración segmentada, por piezas o indicios, que van completando el hecho, los hechos

Juana Castro Publicada 10/03/2017 a las 06:00 Actualizada 09/03/2017 a las 18:28    
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Canal
Javier Fernández

Hiperión
Madrid

2016
  “La primera vez que escribí sobre Miguel fue veinte años después de su muerte.” Así empieza el poema-fragmento 56 del libro Canal. Su autor Javier Fernández, que cuando murió su hermano tenía tres años, creció y vivió en esa memoria, y luego estuvo reescribiendo el libro otros veinte años. Reescribiéndolo y corrigiéndolo, hasta ganar el premio de poesía Ciudad de Córdoba Ricardo Molina y ser publicado por Hiperión en 2016.

No es un libro de poesía al uso. Es una especie de narración segmentada, por piezas o indicios, que van completando el hecho, los hechos. Un puzle del que, una vez terminado de leer, se llega a comprender su alcance. Un hecho escueto, la muerte de un niño de casi seis años ahogado en un canal, suceso que trastoca la familia, que afecta a las relaciones de pareja, a las relaciones madre-hija-hijo y padre-hija-hijo. Canal retrata la repercusión cercana y media que el hecho trae consigo y radiografía a un grupo social cordobés de los años setenta  en sus convicciones, vicios, reacciones, dependencias… Radiografía también psicológica y onírica, pues los sueños acompañan e iluminan lo narrado.

El libro atrapa desde el comienzo, porque dosifica los datos de la historia, contada no solo por la voz del autor, sino transcrita según la visión y el recuerdo de una serie de voces –familiares y externas— que van aportando datos, complementarios y hasta contrapuestos, al modo de los círculos concéntricos formados en el agua al arrojar una piedra. A lo largo de sus 60 poemas-fragmentos y en la coda final de 6 páginas se alternan diferentes tiempos verbales que hacen oscilar la narración del presente real al pasado, mientras que el pasado se narra también a veces llevándolo hasta el presente.

El ritmo no es el que tradicionalmente se aplica a la poesía, aquí el texto vehicula su propio ritmo, pero sobre todo importan otros parámetros, como son la concisión, el distanciamiento personal y temporal, la renuncia a lo sentimental y el uso de un lenguaje depurado, no sólo en sus elementos aislados, sino sobre todo en las relaciones –nuevas –que establecen las palabras para crear otros modos de significación.

"Cuando murió, yo tenía tres años./ Me volví callado e introvertido. A/ veces, me ocultaba en las sombras,/ me hacía invisible. Escuchaba el/ ruido del mundo. Deseaba siempre/ que viniese alguien y se sentara a/ mi lado" (pág. 15). Como afirma Pablo García Baena en la contraportada, la obra posee “una gran carga dramática que emociona desde la desnudez”. El apunte psicológico, junto a los sueños de cada miembro de la familia, ensanchan y trascienden los límites de la realidad, sueños cuya temática-objeto apuntan, desde lo material, a otras significaciones: como en “Coda”, la casa de la infancia y sus transformaciones puede simbolizar la familia.

Es una poesía, quizá, que se acerca o recrea el lenguaje cinematográfico, entre documental y película, porque ofrece diferentes visiones, encuadres y aportaciones al lector para que este, esta, completen o compongan su propia historia. Puede a veces resultar difícil para el mundillo poético enfrentarse a posiciones y estéticas que vienen a contradecir sus presupuestos, como en este caso. Para entrar en una nueva estética hay que renunciar a la propia, leer el libro en actitud acogedora y aceptar cada propuesta en lo que tiene de renovación. Es esta una obra, un libro que viene a renovar la tradición y a enriquecer el canon; en suma, a hacer historia. Felicitémonos, pues.

*Juana Castro es poeta. Su último libro, una nueva edición de No temerás (Torremozas, 2016). 

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