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El rincón de los lectores

Acercarse al genio

  • El libro Glenn Gould. No, no soy en absoluto un excéntrico reúne textos del músico para desmentir leyendas y afinar el retrato del polémico pianista
  • Su figura, su singular manera de tocar, su vida y sus reflexiones en torno a la creación musical marcan un territorio dentro del mundo de la interpretación

Javier Lorenzo Candel Publicada 21/04/2017 a las 06:00 Actualizada 20/04/2017 a las 19:21    
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Posiblemente sea Glenn Gould uno de esos intérpretes que consiguió superar lo que interpretaba, un pianista que argumentó su vida desde lo que algunos llaman excentricidad y que, aquí situado, abordó un compromiso enorme con la música. Su figura, su singular manera de tocar, su vida y sus reflexiones en torno a la creación musical nos dejan a un hombre que marca un territorio curioso dentro del mundo de la interpretación. Curioso por dos razones, la capacidad para descifrar las partituras trascendiendo lo escrito para situarse en el alma de la pieza y defenderla por encima de cánones y experiencias pasadas, aún a costa de dinamitar lo que otros intérpretes habían dejado hecho, defendían y, probablemente, defenderán; pero también por un recorrido vital que pone de manifiesto, no solo la conducta de un Asperger de libro, sino toda una serie de conductas que han hecho de Gould un pianista de dimensiones extraordinarias. También una capacidad intelectual que le llevó a verbalizar una filosofía musical particular y diversas teorías que describen a un hombre muy ocupado en teorizar sus prácticas musicales.

Esta capacidad intelectual ha venido apareciendo en los últimos años en algunas publicaciones que han tratado, creo que con éxito, de presentar al Gould teorizante y de poner de manifiesto la lectura de textos que abordan asuntos asequibles para el lector no especialista. Pero también espacios de ficción, recuerdo la novela de Thomas Bernhard, El malogrado, donde aparece el asunto de la envidia y el fracaso como componentes fundamentales en la relación de compañeros de conservatorio del joven canadiense.
  Porque la imagen de Gould está perfectamente descrita en las grabaciones recibidas (YouTube contiene buena parte de ellas) que han ido marcando una figura destartalada, anómala dentro de la interpretación, distinta para el común de los mortales, magistral. Pero no demasiado difundida su capacidad para la reflexión y sus teorías musicales, así como la actitud en el mundo que lo rodeaba o la opinión respecto a sus contemporáneos.


Glenn Gould. No, no soy en absoluto un excéntrico (Acantilado, 2017), viene a fijar un papel fundamental dentro de la aproximación a los pasados acercamientos al intérprete canadiense. El libro es una recopilación de opiniones y textos de Gould llevada a cabo por el documentalista musical Bruno Monssaingeon, autor de buena parte de las grabaciones de sus conciertos para estudio, y nos trae la figura más representativa del músico, dejando espacio para desmentir algunas excentricidades, valorar algunas anécdotas que han pasado a la historia y conformar un perfil oficioso tremendamente interesante.


La capacidad de conversación de Gould es aprovechada por el montador de este libro para ir trazando espacios de especial interés: la interpretación para televisión de, por ejemplo, la Fantasía de Schönberg acompañado por el genial Yehudi Menuhin; su especial fobia a los conciertos; el excelente armazón de Bach en su vida; Beethoven, Mozart, Strauss; el descubrimiento de la grabación y sus múltiples posibilidades; sus previsiones vitales; su obsesión por la perfección. Pero también esas excentricidades que él argumenta y que componen buena parte de su imagen pública, desde el uso de guantes para proteger sus manos (incluso cuando acudía a la piscina) hasta la famosa silla que formaba parte de su indumentaria, la misma que lo situaba veinte centímetros por debajo de otros intérpretes y que hacía que sus manos descansarán sobre el teclado de manera mucho más precisa para llegar a donde llegaba. Cabe pensar que el canadiense podría ser, a ojos de sus contemporáneos, algo parecido a lo que la interpretación musical del nuestro siglo, respecto a la imagen del intérprete, viene describiendo: vigoréxicos, tremendamente sexualizados, iconos de imagen y moda, etc. Pero esto requeriría otro artículo.

Hay alguna opinión de Gould, que se deja ver en las páginas del libro, que aporta otra razón más para empezar a conocerlo quien no lo haya hecho ya. Los fundamentos de su teoría del arte y la vida nos dejan afirmaciones como esta: "El arte es capaz de engendrar grandes bajezas, y la sociedad estaría mejor sin él. Sin embargo, ya que existe —y las sociedades puritanas son tremendamente pragmáticas— más vale adaptarse, pero a condición de que el artista deje de ser un antagonista y se transforme en portavoz, de manera que, gracias a una capacidad de transformación espiritual extremadamente rara, el arte se convierta en un instrumento de salvación y el artista, en un misionero".

Con estos territorios, aparece también, casi de manera recurrente, su especial afición a la grabación, argumentando ésta desde los nuevos procesos técnicos que llevaban a poder cortar y pegar, a poder postproducir montajes muy afortunados para el disfrute de las composiciones, sin tener que recurrir a una interpretación lineal y ordenada en el proceso. O a soñar con la posibilidad de cambiar el tempo de las composiciones, dependiendo del estado de ánimo del escuchante, sin que afecte a la tonalidad. La modernidad en Gould está entendida desde estos argumentos, los mismos que hicieron desentenderse de los conciertos en directo, algo ya diseñado en su vida (recordemos que se apartó voluntariamente de los escenarios con solo 32 años de edad), para centrarse en las grabaciones y sacar el mayor partido posible a la técnica con la que contaba. Algunos puristas ya venían criticando la obsesión del músico por el laboratorio de montaje, quizá animados por juicios como este: "Cuando salgo de una sesión de grabación, ignoro lo que va a dar de sí. Solo lo sé cuando llego a la sala de montaje". Un visionario de lo que luego ha llegado a ser el marco principal de la música clásica.

En definitiva, un libro suficientemente amplio como para abordar los diferentes espacios en los que Glenn Gould se movía, aquellos en los que se sentía más cómodo y los que le provocaban verdadera incomodidad, del joven y ortodoxo pianista al más heterodoxo de los intérpretes; pero también una buena justificación para encontrarse de nuevo con la genialidad.

*Javier Lorenzo Candel es escritor y crítico literario. Su último libro, Manual para resistentes (Valparaíso, 2014).
 
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