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Los libros

Un viaje a la negrura

  • Por encima del suspense, en Bajo los montes de Kolima priman los avatares de sus protagonistas y la conversión del thriller en un western gélido
  • Al escritor inglés Lionel Davidson, curtido en el reporterismo, se le suele enmarcar en la novela de espías, en la tradición de John Le Carré

Alberto G. Palomo Publicada 05/05/2017 a las 06:00 Actualizada 04/05/2017 a las 21:21    
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Bajo los montes de Kolima
Lionel Davidson

Traducción de Mª Cristina Martín Sanz
Salamandra

Barcelona
2016
  Sería presuntuoso asemejar Bajo los montes de Kolima a La Odisea de Homero. La “semilla inmortal” del viaje –como llamaron Jordi Balló y Xavier Pérez a ese manojo de argumentos que se repiten de forma recurrente en la literatura— es también el principal motivo de su trama. De ahí una comparación que parece inapropiada pero que tiene más de sentido común que de exageración una vez te vas internando en la acción. Porque por encima del anunciado suspense, que no se precipita desde su primera página sino que va desplegándose en cada línea de las 540 restantes, están los avatares de sus protagonistas, la profundidad en el retrato a base de frases libres de adornos y la conversión de un thriller en una mezcla de western gélido y aventura.


Esto lo consigue Lionel Davidson, escritor inglés (Yorkshire, 1922-Londres, 2009) curtido en el reporterismo y al que se le suele enmarcar en la novela de espías, en la tradición de John Le Carré, con quien se le agrupa o compara. Bajo los montes de Kolima apareció en 1994 y hasta hace unos meses no llegó la edición en castellano (gracias a la colección negra de Salamandra). En su día ya supuso la culminación de una trayectoria que contaba con ocho libros previos (y alguno juvenil bajo el pseudónimo de David Line) y con el premio Gold Dagger, de la Crime Writers’ Association, recibido en tres ocasiones.

¿Qué propone? Siguiendo los cánones del género, la novela nos presenta a varios personajes con una misión. Un par de científicos, una ayudante o una doctora se mezclan con marineros, transeúntes y la fauna de una geografía inhóspita. Entre las coordenadas de la Columbia Británica y Siberia emerge Johnny Porter, el Ulises de Bajo los montes de Kolima, que se mueve en el tiempo y en el espacio como alguien supraterrenal. Además, responde a una especie de superhéroe: es cautivador, habla veinte lenguas (con sus respectivos acentos) y puede desarrollar destrezas de patrón de carguero o de conductor de camiones en la estepa.

Soporta Porter en sus múltiples identidades el peso de la historia, que comienza con la búsqueda de una base científica secreta donde parecen experimentar con unas curiosas criaturas (no es ninguna revelación improcedente: hablamos de los primeros capítulos) y va avanzando entre saltos por continentes, romances o momentos de tensión hasta el final. En todo este recorrido hay pasaportes falsos, cartas con mensajes que descifrar o cruces bruscos con la persona menos indicada: todo el arsenal de una intriga clásica. Y, de esta forma, el desenlace no se espera como la solución a una serie de incógnitas sino como el fin natural de una larga marcha. Algo más orgánico que la estructura del ‘quién lo ha hecho’ de otros autores de género.

Olvidado habitualmente en las listas de clásicos, Davidson llega aquí a las más altas cotas de la narrativa, saltando un peldaño por encima de la concepción más sencilla de la negrura. Su estilo no admite florituras ni descripciones detalladas físicas o psicológicas: le basta con injertar músculo verbal en cada párrafo para que sepamos cómo son las sensaciones que atraviesa cada actor. Algún apunte solitario sobre el pasado ayuda a redondear la biografía de sus agentes. Poco más. El único daño que puede sufrir Bajo los montes de Kolima es la invasión de este tipo de relatos en el cine, con la saga de Jason Bourne a la cabeza. Puede que esa primacía de lo audiovisual merme la magia que supone leer —en un lenguaje sobrio, sereno, que te mece de un lado a otro— los lances pirotécnicos o la tensión del aliento enemigo en la espalda. Nada resta su categoría de novela mayúscula, total. Más próxima, eso sí, al noir histórico de Dennis Lehane en Cualquier otro día que a los detectives de posguerra o las andanzas nórdicas actuales, a pesar de la analogía del paisaje.   

*Alberto G. Palomo es periodista y colaborador de tintaLibre

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