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El cuento de todos

El contenido

  • "Se agachó hacia la caja y arrancó un extremo de la cinta de embalar, lo justo para entreabrir las solapas de cartón y echar un vistazo al contenido"
  • Sara Mesa continúa el relato colectivo iniciado por Ignacio Martínez de Pisón y que seguirá Ernesto Pérez Zúñiga el próximo viernes

Ignacio Martínez de Pisón | Sara Mesa Publicada 19/05/2017 a las 06:00 Actualizada 18/05/2017 a las 14:42    
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La escritora Sara Mesa.

La escritora Sara Mesa.

(Inicia Ignacio Martínez de Pisón.)

Pasaban unos minutos de las nueve de la mañana. El empleado de la estafeta subió desde dentro la persiana y se entretuvo un instante colocando la papelera en su sitio. Cuando rodeó el mostrador para situarse en la sección de recogida de paquetes, había ya una persona esperando. Era un hombre de unos cuarenta años, con la nariz algo torcida y barba de dos días. El empleado ni siquiera le había visto entrar. El otro, sin decir nada, dejó sobre el mostrador el aviso de llegada.

—Carné de identidad, por favor —dijo el empleado.

El hombre le mostró el documento sin sacarlo de la cartera. El empleado verificó los datos e hizo con la cabeza un gesto de asentimiento. Se le quedó grabado el nombre: Eladio. Con el papel en la mano buscó entre los sobres y paquetes que se apilaban en las estanterías metálicas. Era una caja rectangular, del tamaño de un horno microondas. Pero pesaba bastante más que un horno microondas. Para llevarla al mostrador tuvo que acomodársela en los antebrazos y sostenerla contra el pecho. Soltó un silbido de admiración, pero el otro ni se inmutó. Pasó después el lector de códigos de barras y le tendió el dispositivo PDA.

—Una firma —dijo—. Con el puntero.

El hombre hizo un garabato, cogió la caja y se marchó sin despedirse. El empleado le siguió con la mirada.

Un cuarto de hora después, Antón Salillas, director de una sucursal del Banco de Santander, apuraba su café con leche ante la barra de la cafetería Las Palomas. Intercambió algún comentario intrascendente con el camarero y se despidió con un movimiento de cabeza. Cuando se disponía a salir, su mirada se detuvo en un cliente que hojeaba un periódico deportivo en una de las mesas próximas a la entrada.

—¿Eladio? —dijo Antón—. ¿Eres tú?

El otro se quitó las gafas de vista cansada y le observó con extrañeza. A sus pies tenía una caja rectangular del tamaño de un horno.

—¿Perdone?

—¿No eres Eladio? De la facultad... De Económicas...

—Se equivoca. Lo siento.

—El novio de Elena. De Elenita Ramos, que tenía un grupo que cantaba canciones en inglés... —insistió Antón con gesto incrédulo.

—Ya le he dicho que se equivoca —replicó el otro con aspereza—. No sé quién es esa Elenita. No sé de qué me habla. Me confunde con otra persona.

Antón farfulló unas disculpas y se fue. A través de la cristalera de la cafetería se veían los portales y negocios de la otra acera: una peluquería, una clínica veterinaria, una óptica, una sucursal del Banco de Santander. Si Eladio se hubiera vuelto hacia su izquierda, habría visto a Antón cruzar por el paso de cebra y entrar en la oficina bancaria. Pero nada de lo que ocurría fuera del local despertaba su curiosidad. De hecho, tampoco lo que pasaba en el interior parecía interesarle. Terminó de hojear el periódico y se quitó las gafas. Miró el reloj con propaganda de Coca-Cola que había sobre la máquina de tabaco: faltaban tres minutos para las nueve y media. Dio un trago al vaso de agua mineral y dejó unas monedas sobre el platillo de la cuenta.

Luego se agachó hacia la caja y arrancó un extremo de la cinta de embalar, lo justo para entreabrir las solapas de cartón y echar un vistazo al contenido. Comprobó con los dedos el envoltorio de burbujas de plástico y cerró otra vez la caja. Esperó hasta que el segundero del reloj de Coca-Cola marcara exactamente las nueve y media. Entonces agarró la caja con ambas manos y salió de la cafetería Las Palomas. Viéndole cruzar por el paso de cebra con la caja en brazos, no parecía tan pesada como cuando el empleado de Correos la había colocado sobre el mostrador.

(Continúa Sara Mesa.)

Sin embargo, su manera de cogerla, con sumo cuidado, y el paso tranquilo a pesar de la carga, le daban un aspecto tan extraño, tan inusual como poco, que atraía las miradas de aquellos con los que se cruzaba. No, no tenía una apariencia normal en absoluto.

Eso, al menos, fue lo que pensó Antón al observarlo desde los ventanales de su despacho. Qué raro, se dijo, y de inmediato supo que la caja –el hecho de que Eladio transportase la caja— tenía que ver, y mucho, con la negación que acababa de hacer –que él no era Eladio— y, sobre todo, con la negación que acababa de hacerle a Elena –a Elenita, a la que nadie, jamás, podría haber olvidado—.

Era absurdo, sí, no tenía sentido ninguno, pero aun así agarró la chaqueta, masculló una excusa a la cajera que entraba justo entonces en la oficina y salió de nuevo, impulsivo, casi sin pensarlo –sin pensar, desde luego, en el sentido de la persecución que iba a comenzar-.

Pues podría hablarse sin duda de una persecución. Cómo si no podría catalogarse la carrerita –absurda, también ella— que tuvo que dar para alcanzar a ver, de nuevo, a Eladio con su caja, doblando ahora a su izquierda, hacia la ancha avenida de palmeras, todavía cadencioso, inalterado, como si en efecto la caja no pesara lo más mínimo. Una persecución que empezó así, con la carrerita, para de inmediato frenarse: no es cuestión de que lo descubra a sus espaldas, no tendría excusas que darle, qué hace después de todo un director de banco –¡de una oficina del Santander!— persiguiendo a un ex compañero de facultad cuyo único mérito ya entonces –pues era provinciano y torpe y ni siquiera demasiado agraciado—, cuyo único mérito, se repetía Antón guardando la distancias, fue haber sido el novio de Elenita.

Ah, Elena, Elenita, cómo podía alguien negarla de esa forma. ¿Qué era lo que había dicho Eladio en Las Palomas? ¿No sé quién es esa Elenita? ¿Esa Elenita? ¿Con ese tono tan despectivo, lo había dicho? ¿Me confunde con otro, había dicho?

Según avanzaba, Antón se iba sofocando. Una de las cosas que peor toleraba era que lo tomasen por tonto. Y ya no había duda, para él, de que Eladio, ese Eladio desmemoriado –fingidamente desmemoriado, claro— había pretendido reírse de él. Ninguna novedad, después de todo. ¿No era cierto, acaso, que en la facultad también se había reído de él más de una vez? Se le subía todo el calor a las mejillas, a la frente. La ira bombeaba. ¿Por qué tenía que acordarse ahora de todo aquello?

Se detuvo porque Eladio también se había parado. Con la caja ahora a sus pies, consultaba el móvil. Cinco, seis metros de diferencia como mucho entre hombre y hombre: uno tranquilo, seguro de sí mismo; el otro jadeante, rencoroso. Antón pensó: soy patético, sí, soy lamentable, pero míralo a él, con los vaqueros gastadísimos y anticuados, cargando una vulgar caja de cartón por la calle, y mírame a mí, director de una oficina del Santander, con mi traje impoluto y mis zapatos recién abrillantados. Entonces, mientras lo veía manipular el móvil –tecleaba, sin duda, cualquier nimiedad, pensó—, tuvo que reconocer que, para que la comparación fuese del todo justa, debía conocer el contenido exacto de la caja. Y otra vez le volvió la certidumbre, nítida y cristalina, de que fuese lo que fuese lo que contuviera, tenía relación con la desaparecida Elena.

Ay, Elenita.

(Seguirá Ernesto Pérez Zúñiga.)

*Ignacio Martínez de Pisón es escritor. Su último libro, Derecho natural (Seix Barral, 2017).

*Sara Mesa es escritora. Su último libro, Un incendio invisible (Anagrama, 2017), reedición revisada de su novela de 2011. 

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