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Música

Cuando Franco compró Eurovisión

  • El festival musical fue capaz de suspender, al menos por un mes, la represión franquista
  • En 1969, el dictador levantó el "estado de excepción" para evitar la espantada de algunos países al evento del que España era anfitrión

Jaime Olmo Mitre Publicada 12/05/2013 a las 06:00 Actualizada 12/05/2013 a las 22:07    
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En estos días, en Malmö, se apuran ensayos de los participantes en una edición más del Festival de Eurovisión, entre ellos El Sueño de Morfeo, representante de TVE. La ciudad sueca ya presentó hace días el gran escenario que acogerá la final el sábado 18, que será trasmitida en directo por cadenas de toda Europa, Oriente Próximo y América. Se trata de uno de los eventos televisivos con peor prensa y mejor audiencia, y que cumple 58 ediciones ininterrumpidas desde su estreno, con solo siete cadenas nacionales a concurso, en 1956.

TVE se sumó en 1961, con Estando contigo y Conchita Bautista, y hasta hoy. Años de cero votos, años de esperpentos como el de Chiquilicuatre, y una constante de millones de españoles pegados a la pantalla, como si de boda real o final de Champions  se tratara; de hecho la segunda mayor audiencia de la historia de la televisión en España –con los actuales sistemas de medición- se produjo en 2002, con más del 80% de los televisores conectados para ver a Rosa, ganadora de la primera edición de Operación Triunfo, en plena fiebre popular por el concurso. Precisamente en la final de ese año se sitúa el record absoluto de audiencia en nuestro país. Otro dato llamativo es que las votaciones (tan largas, y presuntamente tediosas, que han obligado a resumir en panel los votos de menor cuantía) son tan seguidas como las intervenciones musicales; vaya usted a saber si se trata de la inercia del antiguo régimen totalitario y de televisión única, que identificaba a TVE con España, mal que le pesara a la perseguida oposición a Franco.

El Festival tiene mala prensa y peores críticas entre los que se precian de estar al día en tendencias musicales. Se le acusa de ser un reducto de “música chicle”, un pop blandito y comercial, que se tararea y se olvida en cuanto pasa el verano, y en el que nunca han participado los “grandes” del género, aunque en él naciera un grupo de éxito como Abba, o sonaran canciones tan importantes como L'amour c'est bleu o Eres tú.

En las primeras ediciones, los representantes de TVE volvían del Festival con resultados equiparables a la relevancia del pop español en Europa: entre el cero y el uno. Ya en los años 1966 y 67, y coincidiendo con el éxito de Brincos y Bravos, se confía en el tándem Raphael-Manuel Alejandro, y con Yo soy aquel y Hablemos del amor se obtienen un séptimo y un sexto lugar, muy por encima de lo conseguido hasta entonces. Y, en esto, llegamos a 1968, un año muy especial en el mundo y en España, aunque por razones absolutamente distintas.

En aquel año –y en los anteriores y, ¡ay!, en los posteriores– en España reina y gobierna, legisla, y juzga, Francisco Franco. El Dictador ha superado ya sus peores años de aislamiento y expreso repudio internacional; de la mano, y bajo el dominio, del “amigo americano”, que ha instalado en nuestro territorio bases, armamento y transporte nuclear, el régimen ha ido asomándose a organismos internacionales, aún sin obtener acceso ni reconocimiento en aquellos que no toleran la falta de libertades. Pero en el terreno económico, estabilización y planes de desarrollo inspirados por personajes vinculados al Opus Dei a los que llaman “tecnócratas”, han sacado al país de la autarquía; se vive una incipiente industrialización, que procura trabajo en “los polos de desarrollo” urbanos, mientras las remesas de los dos millones de españoles que han emigrado a Europa, y los ingresos que procura el boom del turismo, permiten florecer una clase media que accede a coches y electrodomésticos impensables pocos años atrás. Hay huelgas y algaradas estudiantiles, pero sin fuerza suficiente para resquebrajar la, aún, férrea dictadura. Franco se siente seguro y permite y alienta planes para afirmar en el exterior la imagen de una España moderna, que aumente la llegada de ingresos por turismo y nos acerque a las instituciones europeas.

Y uno de los instrumentos clave va a ser la televisión, donde ha accedido al puesto de secretario general un joven proveniente de los círculos cercanos a la Falange, llamado Juan José Rosón. Con él al mando, se forma un equipo, en el que figura el veterano director y realizador Arthur Kaps, y el joven Narciso Ibáñez Serrador, y se afirma la presencia de producciones de TVE en certámenes televisivos, que pronto se va a concretar en premios como el obtenido por “El asfalto”, “Un mundo sin luz” o “Historias de la frivolidad”, este último, un programa sobre la censura, que solo fue exhibido en España tras lograr múltiples galardones en el exterior y “convenientemente censurado”. Son premios que otorgan cierto prestigio, pero que no llegan al gran público, por mucho que se les destaque en la obediente prensa del momento. Hace falta un “bombazo” y Rosón se pone manos a la obra con el Festival de Eurovisión como objetivo.

En este 1968, el certamen ya tiene prestigio y peso en toda Europa, y TVE decide, como sistema de selección, que las más importantes discográficas oferten canciones e intérpretes. De las recibidas, se elige la cinta de la pujante discográfica Zafiro-Novola, que contiene El titiritero de Joan Manuel Serrat, Nos falta fe de Juan y Junior y La, la, la del Dúo Dinámico.

Tras darle muchas vueltas, se decide que la canción sea la de estos últimos, pero que el intérprete sea Serrat. En principio, nadie pone obstáculos; Joan Manuel tiene desde hace unos meses al manager del Dúo, José María Lasso de la Vega, como representante, así que todo queda en casa. Precisamente, desde que Lasso está con él, Serrat ha iniciado sus grabaciones en castellano con Zafiro, pues los años anteriores, como el resto de los miembros de la Nova cançó, solo ha cantado en catalán y bajo el sello discográfico Edigsa.

Representante, casa de discos, y TVE se lanzan a tareas de promoción con ruedas de prensa, grabación de spots, e incluso un “Especial Serrat” que dirige José María Quero. También se manda la maqueta a Arthur Kaps para que se ocupe de la promoción por toda Europa. Al vienés, listo como pocos, le gusta la canción, pero la quiere dar otro toque, y encarga a Bert Kaempfer (autor de los arreglos de Strangers in the night, canción que ha supuesto la vuelta al éxito para Frank Sinatra) que adorne la música original con una gran orquesta.

Mientras, Serrat recibe críticas acerbas de su entorno de siempre; la Nova cançó es un reducto catalanista y antifranquista, ninguno de sus miembros canta nada en castellano, y precisamente el más popular de todos ellos lo va a hacer, y va a representar a la televisión del Régimen en toda Europa. Recibe anónimos en que se le llama traidor, pesetero y otras lindezas por el estilo; pero lo que más le duele a Joan Manuel son los reproches de su gente más próxima.

En medio de esta campaña, hay que ir a Alemania a regrabar el La, la, lá con orquesta y coros alemanes, tras los arreglos de Kaempter; una vez allí, Lasso pide que sobre el play back musical Serrat grabe también una versión en catalán. Con las dos versiones en la mano, piensan en que cante una estrofa en catalán pero, para que TVE acceda, se tira por elevación, y se exige que la interprete solo en catalán.

Son palabras mayores, sin negociación posible; Televisión Española hace pública una nota en la que rechaza la petición, y arremete contra Serrat, le expulsa como interprete, y le veta en todos sus espacios.

El escándalo es mayúsculo; toda la España oficial clama contra el cantante, la mayoría de las emisoras dejan de poner sus discos, y se le rescinden los contratos firmados en docenas de ciudades. Pero al margen de Serrat, TVE tiene un problema: hay que buscar un sustituto y quedan menos de dos semanas para el Festival.

La discográfica tiene entre sus artistas a Marisol, que ha dejado de ser niña prodigio y canta canción moderna, pero la malagueña se niega. Otra opción es Massiel una joven representante de la “Canción protesta”, que ha salido en “Tele-Ritmo” con sus Rosas en el mar y el Aleluya de Aute. Se la contacta en México, donde está de gira, y se la mete en el primer avión. Cuando llega y oye la canción, ve que no casa con su estilo ni con su imagen; así que deja sus largas túnicas negras y se transmuta en una minifaldera a la inglesa.

Todavía hay que vencer un obstáculo más. La gala va a tener lugar en Londres, al ser el Reino Unido el ganador del año anterior; la BBC lleva varias semanas preparando el evento, que va a tener lugar en el Royal Albert Hall; están impresos miles de carteles, en los que por España se anuncia la intervención de Serrat, y buenos son los ingleses para improvisar. Una vez más es Arthur Kaps quien asume el papel de “hombre bueno”, habla de indemnizar, maneja razones políticas, habla de perjuicios... y, cuando todo fracasa, da con la frase mágica: “imaginen ustedes que han seleccionado a Tom Jones y se empeña en cantar en Galés…”, y consigue que acepten el cambio.

Rosón sabe –igual que sus jefes– que lo de cantar en catalán ha sido “el patinazo del siglo”; pero él fuma, calla, y se mueve. Esta vez hay que ir a por todas; solo un triunfo puede tapar el resbalón, y a ello se aplica. La discográfica mueve sus hilos en Francia, Italia, Europa en su conjunto; pero los puntos decisivos son los de Alemania y Yugoslavia, los dos jurados que cierran las votaciones; del primero se ocupa el dúo Kaps-Kaempfert; al país que gobierna Tito viaja él mismo, con una maleta que nadie revisa en la aduana. A la vuelta de Belgrado, ya sin el contenido de la maleta, trae un compromiso: el jurado de ese país dará los votos necesarios para ganar, si se llega a su decisión con margen para que ello sea posible.

El círculo lo tiene que cerrar la propia Massiel; pero ahí sí que no hay problema. La chica tiene diecinueve años, es lista, muy lista, y su padre es José Emilio Santamaría, representante de artistas con oficina en pleno centro de Madrid; la niña ha crecido viendo como “don Emilio” aconsejaba a los cantantes y conjuntos trucos para que supieran promocionarse, cómo hablar con la prensa, con los compañeros, etc, etc.

Cuando llega a Londres para los ensayos, y da la primera rueda de prensa, los periodistas salen sorprendidos. Esperaban a la representante de TVE con castañuelas, navaja en la liga, y novio torero, y se encuentran con una chica que parece sacada de las calles más “In” de la capital inglesa; se defiende en varios idiomas, conoce perfectamente las últimas tendencias musicales, y “da titulares” como “me gusta hacer pensar con mis canciones”, o “si una letra no me dice nada, rechazo cantar la canción”. En los ensayos, habla con la orquesta, saluda a sus contrincantes, saca tiempo para posar donde la piden.... La víspera, el corresponsal de EFE afirma que, en los pronósticos de los músicos, la canción española gana cinco a dos a los representantes de Alemania y Reino Unido.

Y llega el gran día. Son las diez y cincuenta y tres minutos del sábado 6 de abril. Por el escenario del Royal Albert Hall ha pasado ya Cliff Richards y su Congratulations, al que el público ha premiado con treinta segundos de aplausos; y sale Massiel, vestida con un vestido minifaldero blanco de Courreges, melena negra, sonrisa abierta; dirige la orquesta el maestro Rafael Ibarbia. Empieza, modosita, la canción, pero cuando llega al estribillo es todo movimiento, sonrisas, y voz lanzada. Diecisiete segundos de aplausos; bueno, al fin y al cabo, Cliff Richards juega en casa, afirma el comentarista, Federico Gallo. Intervienen a continuación las representaciones de Alemania y Yugoslavia... Y comienzan las votaciones.

En Prado del Rey se ha constituido el jurado de TVE, que preside Ana María Badell de Fisac, y en el que están Feliciano Rivilla, defensa que había sido del Atlético de Madrid, Natalia Figueroa, Rosa Zumarraga, ganadora del concurso Un millón para el mejor, y la realizadora Pilar Miró... Todos adelantan que “la canción española tiene posibilidades”. Por si acaso, ellos dan tres puntos al vecino Portugal, uno a Bélgica, dos a Italia y Alemania, y uno más a Noruega y Yugoslavia. Tras los votos de Irlanda y Noruega, Cliff Richards tiene 28 puntos y Massiel 23. Faltan los que otorguen Alemania y Yugoslavia y la suerte parece echada. En casas, bares y casinos de pueblo, ya se empiezan a oír voces de frustración.

Pero el jurado alemán pasa de largo por la representación inglesa y otorga a la de TVE ¡six points; six points! “Sí, sí; han oído bien, son seis puntos para La, la, la”, dice Federico Gallo. Veintinueve España, veintiocho Reino Unido. ¡Estamos primeros!

Pero falta el jurado de Yugoslavia. La representación española, entre bastidores; el jurado, en Prado del Rey; casi toda España, ante la pantalla del televisor; todos contienen la respiración... Y el portavoz yugoslavo va desgranando sus votos, “Un point, one point”, muy despacio (o eso le parece a todo el mundo) y ¡no da ningún punto a España!.... ¡pero tampoco al Reino Unido.!

¡Hemos ganado!

Y Massiel sale como un rayo al escenario, ríe, llora, besa a todo el que pilla a mano. Y vuelve a cantar la canción, que ahora corea todo el público de allí, mientras los espectadores españoles sueltan la adrenalina contenida y se abrazan como si ellos mismos hubieran ganado algo muy importante: la quiniela, la lotería; yo que sé. Massiel es ya la hija, la novia de España. Mientras, en su despacho, Juan José Rosón, enciende un nuevo pitillo, esboza una media sonrisa de alivio, y piensa que, del presumible cese, a un futuro esperanzador, solo hay un paso; o, quizás mejor, un trabajado puñado de votos.

Ganar el certamen da derecho a celebrar la siguiente edición en el país triunfador. Es el colofón que el Régimen necesita para completar su operación de imagen… y se tira la casa por la ventana: se remoza el Teatro Real, se disponen los mejores aposentos para las representaciones que habrán de venir, se elige otra canción de aire desenfadado y estribillo machacón –el Vivo cantando, que interpretará Salomé-, y se elige como presentadora a la pionera televisiva Laura Valenzuela, entonces en la cumbre de la popularidad. Se gastan cien millones de pesetas, de los de 1969, pero se consideran como una rentable inversión de futuro. (En el fondo, parece que la actual iniciativa de “Marca España”, no es un invento novedoso).

Pero parece que los planes de Franco, fielmente ejecutados en TVE por Juan José Rosón, van por un lado, y la realidad por otro. Desde ese último sábado de marzo, en que Massiel triunfara en Londres, el mundo vive convulsiones extraordinarias. Ha sucedido “mayo del 68”, con semanas enteras en que los estudiantes han puesto en jaque a la vieja Francia, ante el estupor del resto de países. En agosto, los tanques del Pacto de Varsovia han arrasado. “La primavera de Praga”, y ese ingenuo intento de democratizar el comunismo bolchevique que domina tras “El telón de acero”; en Estados Unidos han sido asesinados, entre abril y junio, Martin Luther King y Robert Kennedy.

También España vive momentos complicados, que no pueden tapar represión y censura; en otoño y principios de invierno estallan huelgas en Asturias, País Vasco, Cataluña, Madrid…, en esta última ciudad, muere el estudiante Enrique Ruano en el trascurso de una diligencias policiales y las universidades se llenan de protestas, “jornadas de lucha” y cierres de facultades. A finales de enero, el Gobierno declara el “Estado de excepción” por tres meses; no es el primero, ni será el último durante los años siguientes, pero coincide con el papel de anfitriones del festival de Eurovisión, y la mayoría de los países se niegan a mandar a sus representantes en esas condiciones. Ante la marea de repulsa, el rRégimen ve como se desmorona el costoso maquillaje y toma una decisión inédita: suspende la norma represora, un mes antes de su término, para que el Festival pueda celebrase según lo previsto.

El resto, el cuádruple empate entre las canciones de España, Reino Unido, Holanda y Francia, la presentación de Laura Valenzuela, o el escandaloso abrigo de chinchillas que lució Massiel, quedan en letra pequeña ante el hito histórico de cómo un festival musical fue capaz de suspender, al menos por un mes, la represión franquista que nos acompañaría durante los interminables años que aún quedaban hasta la desaparición del dictador.


1 Comentarios
  • 1 jha 12/05/13 21:46

    Articulo perfecto, gracias, pero si me permites un ligero cambio del final. En vez de 'desaparición del dictador', mejor 'muerte del asesino'. Gracias!

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