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Manu Leguineche

Leguineche: cuando llovían historias


Publicada 22/01/2014 a las 16:04 Actualizada 23/01/2014 a las 09:33    
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Manu Leguineche

Manu Leguineche.

E. P.
Ha muerto Manuel Leguineche. Periodista. Maestro. Trabajé para Leguineche nueve meses y he sido amigo de “Manu” 25 años. Lo primero fue una suerte; lo segundo, una suerte y un privilegio. Cosas que pasan. Cosas que marcan.

“Manu”, admirado jefe de la tribu de corresponsales de guerra, maestro de periodistas, leía muchos periódicos. De hecho, los leía todos, o eso me parecía a mí entonces. Lo hacía rápido. No tenía más remedio. Cuando volvía de sus guerras o de dar la vuelta al mundo en 80 días (lo hizo, sí), tenía que ponerse al día para dirigir con sentido la Agencia Lid, siempre a punto de quiebra, siempre dando exclusivas.

Tenía que dirigir (mandar nunca mandó, no hacía falta) a periodistas como Mariano Guindal, Pilar Cernuda, Berta Fernández, Charo Nogueira, Fernando Lusson o Pedro Conde Zabala (Kepa) con los que creó un espacio de periodismo irrepetible.

El despacho de “Manu” en Zurbano 41 se cubría de páginas de Le Monde, del Washington Post y del Correo Español el Pueblo Vasco a velocidad increíble. “Manu” leía, recortaba, separaba lo inútil. Lo aburrido, lo prescindible, volaba por los aires. En el despacho de la calle Zurbano llovían noticias. Volaban historias.

Su asistente para todo, bedel, intendente, asistente y amigo Epi se ponía enfermo. “Manu” tapizando el despacho de hojas de periódico y Umbral por llegar. Podía ser Francisco Umbral, o Maruja Torres, o Javier Reverte o Fernando Colomo. Alguien iba a llegar para hablar y tomar un whisky con el maestro.

Iban a hablar con Leguineche porque el maestro sabía mucho. De periodismo y de la vida. Lo compartía. A espuertas, a capazos, al por mayor. Atraía como un imán. A las personas, al talento y a los animales. 

En uno de sus viajes, un mono se le comió el pasaporte. En una de sus estancias, un gato callejero entró por la ventana de su despacho, entonces en un bajo de la Plaza del Niño Jesús y no se separó ya nunca de él. Lo bautizó con el nombre de una de sus aficiones: Mus. Fue feliz en la casa de la Calle Manuel Leguineche (Brihuega, Guadalajara) donde lo acogió "Manu".

Lo del mono y el pasaporte lo cuenta Leguineche en un magnífico libro, El Camino más Corto, en el que relata una vuelta al mundo de años que comenzó porque al comandante de la expedición, norteamericano, periodista, le gustó cómo cantaba Manu “Granada”.

Otras cosas quedan para que otro las cuente. Como la sorpresa que se llevó alguien al descubrir que el chaleco antibalas devuelto por Leguineche a Defensa tras cubrir uno de los conflictos de los que informó apenas pesaba. No tenía las placas de blindaje. Habían desaparecido. Pesaban y dificultaban el movimiento.

A “Manu”, mi amigo, no se le escapaba nada. Hace unos años, antes de que los fondos buitre metieran su pico en las entrañas de este oficio en el que me introdujo, hizo un diagnóstico preciso, acerado y cruel del futuro del periodismo. Tuvo, como siempre, toda la razón. Queda entre maestro y alumno.



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