Perro no come carne de perro

 

 

 

 

Hace pocos días, un antiguo compañero de Telemadrid me interpelaba apasionadamente -todo en Gustavo es apasionado- sobre la profesión periodística: ¿Por qué, de una vez por todas, no denunciamos a la mala gente de este oficio? ¿Por qué tapamos las malas prácticas de muchos? ¿Por qué no denunciamos, con nombres y apellidos? Convine con él que así debería ser, pero…

Unas jornadas después asistí a la presentación, en la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense, de una novela-testimonio sobre periodismo, escrita por un profesor y antiguo compañero. Oficiaban como padrinos Fran Llorente y Ana Pastor, y el salón de actos, lleno sobre todo de futuros periodistas, formuló, más cerca de la extrañeza que del apasionamiento antes narrado, preguntas similares.

Desde que entré por primera vez en un periódico oí la frase “sagrada”: “Perro no come carne de perro”. Lo que la literalidad escondía -aunque todo el colectivo estaba al cabo de la calle- significaba que “periodista no denunciaba a periodista”. Al parecer, me explicaron los más veteranos, la máxima era la reacción a turbulentos años en los que eran habituales los duelos entre articulistas de medios enfrentados; de hecho, seguían relatando, en “El Debate” (antecesor del diario YA) se estipulaba la destitución del director si se batía en duelo. El novato que yo era -y que en tantas cosas sigo siendo- acató, con reservas mentales, la sentencia, por más que viera a compañeros redactar por la noche noticias del Gobierno, para volver a la mañana a su otro trabajo en los departamentos de prensa de uno u otro Ministerio; redactores de economía que volvían de juntas de accionistas de grandes empresas, que nada interesaban a la mayoría de lectores, escribir una amplia crónica, con resultados financieros y perspectivas a la izquierda de la máquina de escribir, y el valioso “regalo de cortesía” a la derecha.

Eran otros tiempos. Pero llegó el cambio, con menos pluriempleo y sueldos más acordes… y los periodistas “inventamos” esa costumbre tan denostada ahora entre los políticos de “las puertas giratorias”: muchos se acomodaran en bien pagadas “jefaturas de prensa” de los nuevos mandamases… para volver, al tiempo, a sus columnas desde las que proclamar su independencia y objetividad. Los ejemplos eran múltiples y, en casos concretos, escandalosos, pero nadie acusaba a nadie: “Perro no come carne de perro”.

Protegidos por silencios, solo comparables a la “omertá” de la mafia siciliana, los grandes líderes mediáticos entraban en conspiraciones para cambiar gobiernos, accedían a sillones académicos, a pesar de su magra e irrelevante producción literaria, arruinaban empresas con gastos e inversiones insensatas, recibían sobres de partidos políticos mientras cubrían información  parlamentaria para un diario, redactaban crónicas de jornadas de huelgas antes de que se produjeran, o se fotografiaban en fiestas como “los mejores manipuladores”. Unos y otros hacían gala y profesión de cinismo, de impostura, de desvergüenza. Aparecían en imágenes publicas, en amor y compaña de quienes les nombraba o financiaba, no se recataban -aunque de empresa de todos se tratara- de manifestar en sede parlamentaria que “eran y serían votantes de tal partido”, de su fidelidad a personas o formaciones por delante de la ética profesional.

Hoy, la mayor parte de los medios tradicionales, los más importantes noticiarios de televisión, carecen de credibilidad. Los periodistas -lo dice el Centro de Instigaciones Sociológicas- figuramos entre las profesiones más desprestigiadas y, somos, como colectivo, los primeros culpables. Denostamos a la Universidad por no preparar adecuadamente para la profesión, pero hemos dado la espalda a sus planes de estudios, a un profesorado mediocre, a una interrelación entre los profesionales y medios y quienes han de ser su futuro;  permitimos ofertas de trabajo gratuito o insultante en sus retribuciones; contemplamos en silencio -otra vez ese silencio culpable- a directivos de medios que hablan de “renovar y modernizar las redacciones”, para ocultar la sustitución de profesionales veteranos, curtidos, en muchos casos maestros del oficio, por jóvenes mal pagados, sumisos, y mal preparados; eliminamos presentadores, corresponsales, reporteros, en su mejor momento profesional para situar ante las cámaras a personas “que den un aire más moderno”, atractivas físicamente, en muchos casos de tan buena dicción como escasa credibilidad, justo lo contrario de la práctica habitual en las televisiones importantes del mundo, donde los veteranos conductores de los informativos se convierten en instituciones respetadas por público y poderes.

Pero, ya se sabe, “Perro no come carne de perro”; incluso algunos medios nacidos en esta década, batallan contra el silencio con seudónimos. Yo mismo suspendo por unos instantes la escritura y pongo nombre y apellidos a cada caso relatado, pero no me atrevo a subirlos a la red. Busco coartada en que son famosos, indebidamente respetados, tienen poder, y yo soy -siempre he sido- “un periodista con p minúscula”. Quizás precise del apoyo de muchos más como yo para escribir los nombres. Por ahora, me limito a romper el silencio, tal y como me pedía Gustavo: Estoy dispuesto a comer carne de perro.

 

RTVE: La hora de los políticos

Los trabajadores de Informativos de TVE han protagonizado este jueves la repulsa pública a la deriva negativa de la radio y televisión pública estatal. En el escrito del Consejo de Informativos se pide la destitución del actual presidente de RTVE y la regeneración ética de unos medios que, en tan solo cuatro años, han logrado que los ciudadanos, legítimos dueños de lo público, los observen como ajenos y despreciables. La declaración es, tan solo, la última de una serie de iniciativas de denuncia ante la evidente servidumbre al gobierno del PP, que se ha traducido, a más de una fuerte bajada de audiencia, en una pérdida de credibilidad: entre 2012 y 2016 ha dejado de ser el medio de referencia, para convertirse en la tercera opción y marcar, mes a mes (con contadas excepciones), mínimos históricos. Una realidad que no han dejado de señalar los representantes sindicales del colectivo, que han contemplado como, a pesar de sus protestas, el gobierno de Mariano Rajoy disminuía año a año el presupuesto llevando a la corporación al borde de la quiebra.

No obstante, ha sido la información el terreno que ha marcado la diferencia. Conviene aclarar que TVE, desde su fundación, hace casi sesenta años, ha estado de manera habitual al servicio de los sucesivos gobiernos, que la han usado como instrumento de propaganda. Lo ha sido con los de la dictadura, con UCD, con el PSOE y con el PP; tan solo, a partir de 2004-2005, se iniciaba una etapa de independencia profesional, con la dirección de Fran Llorente, impulsada por Rodríguez Zapatero a pesar de las reticencias de buena parte de su compañeros de partido y gobierno. Fueron esos casi ocho años de pluralismo en los Informativos, los que mostraron a los ciudadanos que desde un medio público se podía -y se debía- hacer telediarios que contaran la verdad, con errores y defectos casi inevitables, pero dominados por criterios periodísticos al margen de presiones económicas y políticas.

Fue precisamente esa etapa -llena de premios internacionales, pero, sobre todo, aplaudida por los espectadores- la que ha permitido mostrar con toda crudeza la obscena manipulación promovida por la dirección impuesta en solitario por el Partido Popular. Ha sido precisamente esa etapa la que ha provocado de pantalla hacia fuera la pérdida de credibilidad de TVE, y la que, en el seno de la redacción y de todo el colectivo involucrado en los Informativos, ha movilizado las denuncias contra las continuadas malas prácticas informativas.

A la cabeza de los reproches a la dirección se han situado desde el principio los sucesivos Consejos de Informativos. Elegidos por el conjunto de trabajadores que intervienen en la emisión, se han convertido durante esta etapa en el organismo fundamental para señalar los incumplimientos de los principios de pluralismo, veracidad e independencia profesional que consagra el Estatuto. Lejos de la crítica destructiva, sus acciones se han centrado siempre en la defensa de unos Informativos profesionales e independientes. Para ello han buscado en primera instancia, y en cada ocasión, el dialogo con la dirección, han explicado el fundamento de sus criterios, y han conseguido en múltiples oportunidades paliar manipulaciones, censuras y omisiones. Pero no ha sido suficiente en muchas otras, que han abocado a las sucesivas denuncias ante la opinión pública, organizaciones profesionales, y representantes políticos.

Me consta que han vivido -que viven- una situación ingrata: puestos en la picota por los portavoces del PP, acusados de pertenencia a una u otra ideología, recriminados por “poner en peligro a la propia empresa”, sometidos a continua desconfianza del equipo de dirección, y ninguneados -hasta en sede parlamentaria- por el propio presidente de la Corporación. A su lado, eso sí, han contado con la mayor parte de sus compañeros, que han protagonizado actos de apoyo y reivindicación de manera continuada, que han votado -como este mismo jueves- de manera prácticamente unánime cada una de las iniciativas que, en el fondo, partían antes del colectivo que del propio Consejo.

Tanto los ciudadanos-espectadores, con su repulsa explicita, como los órganos de representación, con sus denuncias,  han cumplido los deberes. Ha llegado, por tanto, la hora de los políticos. Son los diputados y senadores elegidos en diciembre, y el gobierno que se pueda conformar, quienes tienen ahora la responsabilidad de salvar RTVE como medio público de comunicación al servicio de la sociedad. La mayor parte de ellos firmaron antes de acudir a las urnas un compromiso en ese sentido; alguno, incluso, ha presentado ya iniciativas para la vuelta al consenso como método que salvaguarde la independencia profesional en RTVE; esperemos que más pronto que tarde, todos coincidan en rescatar a la corporación de esta negra etapa. Pero, antes de iniciar el proceso que culmine los solicitados cambios legislativos, el actual e insoportable deterioro exige una medida urgente: eliminar de la cúpula de los medios públicos a quienes les han puesto al servicio exclusivo del PP. Tras los resultados electorales, y por higiene democrática, deben ser inmediatamente destituidos. Esa es ahora la responsabilidad de los políticos: devolver a la ciudadanía una RTVE libre de quienes la han tenido secuestrada.

Pablo Iglesias sudó (en exceso) la camiseta

 

 

Cada lector-espectador tiene opinión propia sobre el ganador y el perdedor del debate. Se sintió, en todo o en parte, identificado con los argumentos de uno de los contendientes, y reafirmó su voto para el día 20. Al margen de los contenidos,en este tipo de encuentros tienen una gran importancia las formas, desde aquel primer duelo televisado entre Nixón y Kennedy hasta el de este lunes. Sánchez y Rivera aparecieron con chaquetas oscuras más o menos clásicas, camisa blanca, y corbatas más o menos rojas; atuendos formales, válidos para ir de visita, a trabajar, o de cena con amigos. Iglesias se despojó del chaquetón con el que llegó a la emisora, para quedarse con los vaqueros de siempre y la camisa remangada como siempre: es la imagen que ha ofrecido desde que se le comenzó a conocer, y es obvio que no ha querido cambiarla para la ocasión; en su caso, el estilo indumentario es ingrediente esencial del personaje que representa. Sáenz de Santamaría no se quitó el chaquetón, que resultó un armazón demasiado compacto para tan larga estancia, y junto a los altos tacones contribuyó a ofrecer una imagen de una cierta incomodidad.

En cuanto al lenguaje gestual, Sánchez se mostró con frecuencia hierático, con ademanes contenidos, como si se reprimiera a si mismo para no ofrecer una imagen agresiva; Rivera (sobre todo en la primera parte) movía en exceso las manos, adelantaba el torso, se mostraba más serio que de costumbre; perdía esa imagen, sonriente y cercana, que le ha mostrado en los últimos meses como un gran comunicador; en mi opinión no dio muestras de sentirse cómodo ni relajado en ningún momento, aunque fue de peor a menos malo en la segunda parte. Iglesias, por contra, asentó sus pies con firmeza, se aferró al bolígrafo, y trasladó (real, o muy bien representada) una sensación de confianza en si mismo a prueba de bombas; la sensación es que creía lo que decía y hablaba desde convicciones muy sentidas; no obstante, dejó ver formas más habituales de discusión de bar, o asamblea en la universidad, que de este tipo de debates: las apelaciones a que sus contrincantes no se pusieran nerviosos, la redundancia en que estuvieran tranquilos, rozaron la falta de respeto, error que trasladaba al espectador un atisbo de soberbia, tan aplaudida por los incondicionales, como rechazada por el resto. Sáenz de Santamaría, asumió con entereza el papel de sustituta, pero ofreció un impresión poco relajada; dentro del chaquetón y sobre sus tacones (más de dos horas así encorsetada debieron ser un tormento) utilizaba brazos y manos para reafirmar datos y argumentos, pero la expresión de su rostro expresaba una cierta incomodidad. Por cierto que, en ese terreno de la comodidad, Pablo Iglesias cometió un error de calculo sobre las consecuencias de dos horas largas bajo tensión dialéctica y presión de los focos que, dejaron huella en su camisa; si se puede decir que los cuatro invitados sudaron la camiseta, en su caso la prueba era evidente.

Frente a esa imagen – a saber si error, o naturalidad, para los ojos de cada espectador- Iglesias utilizó como nadie el último minuto. Sánchez, Rivera y Sáenz de Santamaría usaron entre 60 y 59 segundos para resumir sus posiciones; dieron la impresión de haber preparado y ensayado el uso del minuto una y otra vez cronómetro en mano. Iglesias, no. el líder de Podemos se enfrentó a la cámara con unos primeros segundos de apasionada denuncia, y unos postreros de futuro y esperanza. Su reiterado “sonreíd” (con toda seguridad tan ensayado y medido como el parlamento de sus adversarios) sonaba en directo como una apelación sincera y espontánea y entroncaba con frases históricas de Martin Luther King, de Kennedy, o del primer Adolfo Suárez. A Pablo Iglesias le sobraron 10 segundos, pero convirtió los otros cincuenta en un tiempo de oro, durante el que nadie reparó en las huellas que la tensión había dejado en su camisa.

RTVE: presente desolador, futuro incierto

Que, a pocas horas de comenzar la campaña electoral, las principales formaciones políticas debatan sobre la radio y televisión pública en España es noticia. Una noticia positiva, ya que muestra como la inquietud sobre su papel se expande desde los profesionales implicados y estudiosos de la comunicación a la sociedad civil. La ciudadanía, tantos años resignada al fatalismo de que fueran propiedad exclusiva de los gobiernos, comienza a sentirse implicada, interesada; la critica, sí, pero porque comienza a verla como suya.

Este jueves, en el encuentro organizado por la Universidad Carlos III, el colectivo Teledetodos e Infolibre, no hubo sillas vacías; los partidos nacionales con representación parlamentaria, y los que tendrán protagonismo tras el 20-D, contrastaron sus visiones de pasado, presente y futuro de los medios públicos con ardor, incluso con pasión en algunos momentos, que se trasladó al auditorio, que intervino una y otra vez hasta agotar el tiempo previsto.

Una primera paradoja se produjo ya en la introducción, cuando Jesús Maraña afirmó que “el debate sería impensable en los grandes países de nuestro entorno: Ni en Alemania, Reino Unido, Francia, etcétera, se pone en duda la necesidad de una radio y televisión pública relevante y de calidad”. Sin embargo en este terreno España también es diferente ya que aquí se ha producido, en palabras del catedrático Enrique Bustamante un  “deterioro del servicio público” que exige “una auténtica regeneración democrática”. Una opinión que, con matices diferentes apoyan todas las fuerzas políticas, excepto el PP, tal y como demostró su representante en el encuentro, cuando, a la pregunta de si apoyarían que la dirección fuera elegida por dos tercios del Parlamento, en propuesta de los Consejos de Informativos de RTVE, PSOE, IU, UPyD, Ciudadanos y Podemos contestaron afirmativamente, mientras que la portavoz del Partido Popular dijo que su formación “PP no se plantea cambiar elección presidente de RTVE hasta ver cómo queda el nuevo Parlamento”.

Aunque el debate estaba estructurado en bloques específicos sobre “gobernanza”, “financiación”, “el reto digital”, y “participación y derecho de acceso”, las intervenciones y respuestas a las preguntas de los presentes se centraron en la grave situación actual de RTVE, tanto en términos de audiencia como de credibilidad, tras el cambio de legislación dictado por el actual gobierno en solitario, y en los planes de futuro para revertir esa situación y evitar que los medios públicos estén dominados por el gobierno. Divergencias y matices sobre el método de elección del presidente de la Corporación, dejaron sin concretar la propuesta más sustantiva del colectivo Teledetodos: que el Parlamento tenga presencia minoritaria en los órganos de decisión, para que sean representantes de la sociedad civil quienes tutelen las decisiones.

RTVE, a la espera de la cita electoral, vive un presente desolador, y se enfrenta a un futuro incierto; la esperanza reside en que debates, como el de este jueves, se trasladen al conjunto de la ciudadanía, para que pueda reclamar a los partidos unos medios públicos que debieran estar exclusivamente a su servicio.

Tú con Bertín, y yo de Champions

La noche del miércoles produjo dos noticias que en más de un medio no sabían en que apartado situar. Políticas eran, ya que estaban protagonizadas por Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, pero ambos candidatos no prestaron demasiado interés por explicar sus respectivos programas; quizás el lugar natural pudiera ser el dedicado a espectáculos o deportes, ya que el primero acudió a la COPE para comentar en directo la jornada de Champios, y el segundo apareció en el programa de entrevistas de Bertín Osborne, habitualmente dedicado a personajes famosos por cualquier actividad ajena a la política.

De ambas intervenciones mediáticas dieron cumplida cuenta las redes sociales, donde durante horas figuraron entre los asuntos más comentados; para mí la noticia residía en su propia presencia y en las afirmaciones y comentarios que uno y otro realizaban fuera de su terreno cotidiano. Bueno, cotidiano hasta que comenzó esta precampaña; es decir, un minuto después de que los ciudadanos de Cataluña votaran en aquella convocatoria electoral a su parlamento, disfrazada a conveniencia -antes sí, después no- de plebiscito independentista.

En realidad, la cosa había empezado antes, en plena campaña autonómica, cuando Pedro Sánchez intervino por teléfono en el espacio de Telecinco “Sálvame”; aquel entrar en directo, hurtando el protagonismo a los personajes habituales, para no perder el voto del presentador, pareció despertar al resto de los candidatos a las elecciones generales inmediatas o futuras. ¡Ahí es nada afirmar presencia y cualidades ante públicos que jamás pisarán un mitín!

Pensado, y hecho: a principios de octubre la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, que cada viernes aparecía tras los Consejos de Ministros seria, circunspecta, casi regañándonos, se transmutaba en Soraya, esa mujer joven y menuda que bailaba en “El Hormiguero” de Cuatro. Albert Rivera (que la había precedido, pero al que no importó repetir), Pablo Iglesias y Pedro Sánchez, siguieron la estela  y se sentaron, aparentemente encantados, con Pablo Motos. Abierta la veda, Ana Rosa Quintana, reina de las mañanas de Telecinco, hasta el punto de nominar el espacio con tan solo su nombre, decidió pasar 24 horas -ya serían menos- con cada uno de los candidatos, que se apresuraron a aceptar la invitación, a pesar de las apretadas agendas que habían impedido durante meses (y años en algún caso) comparecer y responder a las preguntas de los periodistas.

La verdad es que la presencia casi continua en los medios de comunicación la había iniciado el líder de Podemos mucho antes; enseguida, Rivera se apuntó a no ser menos y buscó (y consiguió) su “cuota de pantalla”, con lo que los candidatos de los dos partidos consagrados se vieron obligados a seguir el ejemplo. El siguiente paso, ya iniciado, fue el público de la tercera edad, que congrega a golpe de nostalgia María Teresa Campos en su festivo ¡Que tiempo tan feliz!  Por allí ha desfilado Rivera, se espera a Iglesias, y Rajoy ha confirmado su presencia el día 12, ya en plena campaña electoral. Con esos precedentes, lo de este miércoles de Mariano Rajoy con Paco González en la COPE, o lo de Pedro Sánchez en la casa de Bertín Osborne, en la 1 (Rajoy será el próximo invitado), no debe extrañar a nadie.

Repito: ¡Ahí es nada! Llegar a públicos no demasiado interesados en conocer programas políticos y propuestas concretas y hacerlo de la mano y la voz de Ana Rosa Quintana, Pablo Motos, María Teresa Campos, Bertín Osborne, Paco González,… Profesionales consagrados y respetados… en lo suyo: distraer, divertir, interesar en los perfiles personales, humanos y familiares de los candidatos. Todo en un ambiente de cordialidad, de “buenismo” y sonrisas; un espacio en que poner en un brete al invitado, pedirle soluciones a los problemas ciudadanos, inquirir sobre posibles contradicciones, sería una grosería imperdonable.

Mientras tanto, ha costado Dios y ayuda concertar debates televisivos entre los aspirantes a La Moncloa: en el que organiza el diario El Páis, el PP dejará vacía su silla; en el de Atresmedia Sáenz de Santamaría ocupará la de un remiso Rajoy; la Academía de Televisión ofrecerá un cara a cara entre los candidatos de PP y PSOE. De IU y UPyD, ambas formaciones con grupo parlamentario en la pasada legislatura, las grandes cadenas pasan. En cuanto a la televisión pública, pocas noticias novedosas se esperan. Encorsetada por la trasnochada obligación de ofrecer bloques electorales que miran al pasado en formato y representación de fuerzas políticas, y con una dirección pendiente de instrucciones de la superioridad, se sume en una irrelevancia, que sus trabajadores y órganos de representación no paran de denostar.

Cierto que en países con democracias más antiguas que la nuestra, presidentes y primeros ministros no tienen inconveniente en acudir a programas de entretenimiento con formatos relativamente similares a los que he nombrado. Pero van SIEMPRE, no cuando las urnas se desempolvan; en las campañas y precampañas la agenda y las fuerzas se concentran en debates con TODOS, conducidos por profesionales que ejercen de periodistas en libertad, muy lejos de los presentadores habituales en España, tan pendientes de medir los tiempos de cada candidato, como de preservar los acuerdos a que los respectivos políticos han llegado sobre el contenido. En el fondo, pienso yo que piensan los aspirantes, ese tipo de debates solo convienen si vas muy atrás en las encuestas.

Rajoy fracasa en audiencia y Ana Blanco salva a TVE

La entrevista a Mariano Rajoy en TVE fracasó en audiencia con un 11,5 y poco más de dos millones de espectadores. Fue la cuarta opción a esa hora y la entrevista con menos audiencia desde que el líder del PP llegó al gobierno. Frente a él, una Ana Blanco, profesional, e incisiva sin personalismos, representó a los auténticos periodistas de Informativos y demostró que la falta de credibilidad actual de TVE es responsabilidad de sus directivos, no de los trabajadores.

La dirección de la televisión pública se volvió a equivocar. Entrevistar al candidato del PP (y presidente del Gobierno) con preguntas grabadas de ciudadanos era un error, un gran error. Era inevitable recordar a “Tengo una pregunta para usted”; para mal. En aquel espacio se reunía la espontaneidad, el que importara tanto el cómo se preguntaba como el qué, el gesto del ciudadano mientras se produce la respuesta, la repregunta, el calor de la múltiple presencia de personas hasta ese momento anónimas…  Se conformaba así un escenario teatral en el que el interpelado se situaba en el centro de la escena, pero era “el coro” quien facilitaba al espectador creerse la representación, entrar en ella y olvidar que se trataba de un espectáculo televisivo.

Nada de eso se consiguió en esta comparecencia de Mariano Rajoy. El plano general, con el candidato y la periodista enfrentados, ofrecían al espectador sus perfiles, ya que lo frontal para cámaras y ojos era el plasma, por donde en su momento aparecería el collage de ciudadanos en plano congelado, que solo alcanzarían vida y singularidad -tras un extraño vuelo- al llegar su turno. El resultado era frío, desangelado; la práctica inexistencia de planos en que uno y otra miraran directamente a a cámara contribuía a que los espectadores no se sintieran implicados, no se les hablaba a ellos, sino entre ellos, sin traspasar la pantalla.

Frente a la fallida puesta en escena y a las repetitivas respuestas de Rajoy, emergió una periodista de los Informativos de TVE: Marginada en los últimos especiales electorales, y sustituida por personas “que gozaban de la confianza de la dirección”, Ana Blanco preguntaba y repreguntaba, matizaba afirmaciones del entrevistado, traía la realidad de la calle y el sentido periodístico sin dejarse envolver por el discurso triunfalista de su interlocutor. Habrá, sin duda, quienes critiquen que no ahondara en la llaga de las implicaciones del PP en la corrupción; que insistiera en su disposición a los debates electorales, o la existencia de un “impuesto al sol”, pero la periodista no debatía, preguntaba y daba paso a los ciudadanos. No era la entrevistadora “guerrera y agresiva”, pero sí la profesional seria, que cumple su papel sin concesiones, ni complacencias.

En contraste con la actitud de directivos que no se recatan en afirmar “que votan y votarán al PP“. la periodista no eludió preguntar por el futuro de TVE. “Estoy orgulloso de ella”, dijo el presidente-candidato, en el momento de mayor descrédito de ese medio. Claro que al inicio de la entrevista había afirmado que su principal adversario en las elecciones “soy yo mismo”. A confesión de parte. sobran apostillas.

Tengo un plasma para usted, señor Rajoy

La comparecencia de Rajoy en TVE marca, como si de un resumen de legislatura se tratara, la impronta del entrevistado, de su partido y de la actual televisión pública. Si la indemnización de un alto cargo del PP se puede hacer “en diferido en forma de simulación” (en gloriosa intervención de la secretaria general, Dolores de Cospedal),  si el presidente del Gobierno ofrece a través de plasma una de sus comparecencias más esperadas, es coherente que los actuales mandatarios -me cuesta llamarles responsables- de TVE dispongan que las preguntas de doce ciudadanos a Rajoy se hayan grabado previamente y se concreten virtualmente por medio de un plasma.

Cierto que, de ese modo, se pueden prepara mejor las respuestas; cierto, también, que se evitan posibles repreguntas, siempre con riesgo de provocar situaciones enojosas para el interpelado. Verdad es, que facilita medir tiempos, clarificar el mensaje que se pretende trasladar, evitar esos tics del ojo izquierdo ante momentos embarazosos, esos silencios mal resueltos por un extemporáneo “¿y en Europa?”. En resumen: preservar la imagen del entrevistado, que “quede bien”. En definitiva, intensificar la propaganda a favor del PP y de su líder.

¿Dónde queda la Información? ¿Hacía dónde camina el servicio público que la Corporación tiene por ley encomendado? Son preguntas que poco preocupan a quienes desde que fueron nombrados han transformado “el mejor telediario del mundo” -y el más visto- en un espacio denunciado ante el Parlamento Europeo por manipulación y malas prácticas informativas, con la lógica consecuencia de perdida de credibilidad y audiencia. Ahora, ya en tiempo electoral, quieren subirse al buen nombre y recuerdo de “Tengo una pregunta para usted”. Vano intento. Al espacio, puesto en marcha por Fran LLorente, se invitaba a TODOS los líderes políticos significativos, y allí se sumaban un centenar de ciudadanos que preguntaban y repreguntaban sobre el precio de un café, o por la cuantía de los ingresos del compareciente, y,sobretodo, lo hacían EN PERSONA Y EN DIRECTO.

Un formato con “demasiados riesgos” para el líder, que los peones situados al frente de TVE no están dispuesto a asumir. Por ello han abrazado las preguntas en diferido, las presencias grabadas. Así pueden ofrecer al máximo responsable de su nombramiento un espacio que debería llamarse “Tengo un plasma para usted, señor Rajoy“.

 

Soraya, 16, Rajoy, 12

He titulado así, como si de un combate, o duelo deportivo, se tratara para mostrar la victoria en audiencia de las respectivas comparecencias televisivas de la vicepresidenta del gobierno y  del presidente, ambas en Antena 3, ambas en horario de máxima audiencia. La diferencia, entre el 12,8 y el 16,5,  toma cuerpo en número de espectadores: no llega a dos millones de personas (1.963,000), el primero; más de tres millones (3.125.000) Sáenz de Santamaría, que se adjudicó, además el “minuto de oro” (los sesenta segundos más vistos del día) con 4.753.000 espectadores y un 24% de cuota de pantalla a las 10,31 de la noche.

Por cierto -y no se trata de un dato irrelevante-, ese momento se producía con el baile (bien ensayado) protagonizado por la vicepresidenta con parte del equipo de “El Hormiguero”. Y no es irrelevante ya que evidencia el mayor contraste entre ambas comparecencias: Rajoy no destaca, a pesar de anunciar (de manera excéntrica, en una entrevista televisiva, no en el Parlamento o en comparecencia abierta en la sede de gobierno) la fecha de las elecciones generales. Ambos se asoman a la televisión en plena ofensiva pre-electoral. El Presidente en espacio y con entrevistadora formal; Soraya en el marco y con interlocutor popular. El uno encuentra acomodo en la sucesión encorsetada de preguntas y respuestas; la otra en la sucesión de micro-espacios habituales de un programa volcado al espectáculo televisivo, que incluyen hablar con muñecos, o marcarse ese baile final colectivo. Rajoy se dirige al público habitual de informativos, con edades medias y altas, y un perfil conservador; Sáenz de Santamaría a otro más joven y que abarca a votantes de todas las  opciones.

Bien pensado, parece un buen tándem para divulgar mensajes directos o indirectos con vistas al 20 de diciembre: convencer a los habituales; empatizar con la mayor parte posible de votantes; y ambos lo hacen en la privada y comercial Antena 3. Hasta su llegada al gobierno, uno y otra hubieran elegido la cadena más vista, y los informativos con mayor audiencia y credibilidad: La 1 de TVE. Pero eso hubiera ocurrido en 2011; cuatro años de mandato “popular” en la cadena pública, la han dejado (como en el dialogo -terriblemente machista- del Tenorio, cuando Don Luis Mejía acusa a Don Juan de haber seducido a una doncella) “inservible para vos y para mi”.

Golpe mortal a Telemadrid

 

 

El PP gobierna la Comunidad de Madrid. Y el PP es un partido coherente con sus normas básicas, que le impiden ceder poder, por más que la Ley así lo disponga; en ese caso, se cambian las reglas sobre la marcha para acomodarlas a los objetivos. El último ejemplo se sustancia con Telemadrid: El último Consejo de Gobierno de agosto no pone en marcha la renovación del Consejo de Administración de la radio y televisión pública. No. Eso supondría -con la ley vigente- que el PP nombraría a tres consejeros, el PSOE a otros tantos; dos serían a propuesta de Podemos, y uno más por Ciudadanos. Resultado: mayoría de la oposición al actual gobierno. ¡Intolerable!.

Para evitar tamaño error, se pone en marcha un anteproyecto de ley que reduce el número de electos de nueve a siete. Y ahí sí salen las cuentas: tres para el PP,dos para el PSOE, y uno para Podemos y Ciudadanos. Mayoría absoluta para el PP con el apoyo de Ciudadanos.

Como la jugada, por más que legal, resulta escandalosamente ilícita, se adorna con parafernalia presuntamente democrática: Los nuevos nombramientos serán por mayoría de tres quintos de la Asamblea (esto es, un mínimo de 77 votos de los 129 posibles); el mandato será superior a la duración de la legislatura, o el director general será decidido entre los consejeros y no por el gobierno. Requisitos todos ellos de complicado cumplimiento con la actual composición del parlamento regional , por lo que se aventura una situación de bloqueo durante varios meses.

Esa es, justamente, la verdadera razón del cambio de normativa: Mantener Telemadrid. este medio de comunicación público sostenido por todos los madrileños, al servicio de la propaganda del PP. Que mientras tanto se defrauden las expectativas de cientos de  trabajadores despedidos por un ERE -declarado por la Justicia “no ajustado a derecho”; que los costosos equipos técnicos sigan arrumbados y se compre la producción a empresas privadas; que la oposición clame y denuncie la maniobra… Se trata de daños colaterales, minucias al lado del objetivo principal de mantener el control político, mientras se afirma reiteradamente buscar “la despolitización de Telemadrid“, como si se hubiera producido por generación espontánea, y no por la imposición del PP de Aguirre, González, y ahora Cifuentes. .

La jugada del PP, en forma de anteproyecto de ley, tan solo tiene un inconveniente: a Telemadrid, nadie la ve; nadie la cree. A la cola de las televisiones autonómicas, con audiencias que rondan el cuatro por ciento, y sin ninguna credibilidad en Informativos y tertulias, el peso de ese medio público en las opiniones políticas de los madrileños es irrelevante. Frente a esta realidad, los esfuerzos del PP están condenados al fracaso. Un fracaso, eso sí, que se lleva por delante a un medio que, antes de esta etapa, gozaba del apoyo mayoritario de los madrileños.

 

 

TVE hace el ridículo con Rajoy

 

Último viernes de julio, primera hora de la tarde, el presidente del gobierno, Mariano Rajoy comparece ante los medios de comunicación tras el Consejo de Ministros que ha aprobado el proyecto de Presupuestos Generales del Estado para 2016. Se trata de una ocasión excepcional, no solo por la tradicional alergia del Presidente a someterse a las preguntas de los periodistas, sino por el adelanto de las cuentas para el próximo año y la coincidencia del final del año político con el práctico cierre de la legislatura, y la cercanía de unas elecciones en Cataluña que pueden suponer un paso sustantivo hacia la independencia y separación del resto de España.

Del contenido de la intervención de Mariano Rajoy y de sus respuestas a los periodistas les informa extensamente Infolibre; aquí quiero referirme a la actuación de las principales televisiones: Tanto Antena 3 como Tele 5 han ignorado el acontecimiento y han continuado con la emisión de la programación habitual; cierto que ambos grupos han dedicado de manera prácticamente monográfica los espacios en directo de La Sexta (“Al Rojo Vivo”) y de Cuatro (“Las Mañanas”) a la comparecencia, hasta enlazar con los respectivos informativos.

Por su parte, TV1, la principal cadena pública española, terminaba a esa hora el espacio en directo “Amigas y Conocidas”, al punto que he llegado a pensar que iban a entrar en directo con Moncloa con algo de retraso. Pero no hubo tal. los responsables de TVE, la televisión que pagamos todos los españoles, debieron pensar que el hecho no era “de  interés general”, y centraron el foco en un programa grabado en Cambados y la cercana Ria de Arosa para que pudiéramos disfrutar de los ricos mejillones que se cultivan en la zona. ¿Rajoy? en el Canal 24 Horas y sus irrelevantes, casi testimoniales, audiencias.

Los Informativos de La 1, por hablar solo de esta semana, han minimizado y ninguneado los escándalos de corrupción  que afectan al PP en la trama Púnica; han realizado una torticera propaganda del futuro deposito de residuos nucleares en Villar de Cañas (sin dar voz a discrepancia alguna), han magnificado la creación de cada puesto de trabajo (por precario o temporal que fuera)… Han, en definitiva, realizado una intensa propaganda de los logros del gobierno del PP, mientras ponían sordina a sus desvaríos. Ante esa realidad, desviar un hecho noticioso indiscutible, como el de este viernes, al insignificante Canal 24 Horas, no disimula la evidente supeditación de los Informativos de TVE al Gobierno. Es, simplemente, hacer el ridículo.