Irán, año 2000…

En 1979, poco después de que el Sha huyera y las milicias islámicas certificaran a golpe de fusil el triunfo de la facción del ayatolá Rujolá Jomeini, al nuevo liderazgo iraní se le planteó un resbaladizo dilema: qué hacer con la costosa -y a priori innecesaria- central nuclear que el último de los Pahlevi construía con ayuda de Francia y Alemania en la provincia de Bushehr, a orillas del golfo Pérsico. Lego en la materia, el sañudo clérigo ordenó la formación de una comisión de cinco expertos que en pocos meses emitió un prolijo informe. Tres de ellos abogaron por suspender las obras y desmontar lo ya levantado. Los dos restantes subrayaron, sin embargo, que se trataba de una excelente inversión de futuro, interesante y muy beneficiosa a largo plazo. Uno de estos últimos era un joven científico formado en Beirut, vivaz y exquisito en el trato, llamado Alí Akbar Salehí. La guerra con Irak se cruzó en el camino y Jomeini pospuso la decisión. No sería hasta 1985, convencido por quien era entonces uno de sus consejeros más cercanos -el luego presidente Alí Akbar Hashemi Rafsanjaní- cuando el clérigo, de la mano de la Guardia Revolucionaria, aceptaría retomar un complejo y polémico programa que veinte años después atribula al país, divide a sus líderes y supone el principal foco de fricción con la comunidad internacional.

Expresada su opinión como científico, Salehí optó por eludir la política. Centrado en su actividad académica y al margen de las viciadas y cainitas relaciones que imbrican el restrictivo círculo de poder iraní, su nombre evitó la esfera pública hasta que en 1997 el nuevo e inesperado presidente, Mohamad Jatamí, le colocó al frente de la Asociación Iraní de la Energía Atómica (AIEA). Un puesto que parecía cortado a su medida y a la medida de lo que el mandatario reformista deseaba: un hombre con experiencia, versado en materia nuclear, acostumbrado a la diplomacia y suficientemente desligado de las luchas partisanas que envenenan el liderazgo iraní. En Viena, su trabajo entroncó con el del entonces director del Consejo Superior de Seguridad Nacional y asesor de Seguridad del Líder Supremo (actual presidente del país), Hasan Rohani. Sobre todo, a partir de 2002, fecha en la que oposición iraní en el exilió sacó a la luz los detalles del programa nuclear clandestino y Rohaní se convirtió en negociador jefe para el programa nuclear. Pese a que estampó su firma, Salehí criticó el acuerdo alcanzado con tres países de la UE, por el que Irán prolongaba la interrupción de su actividad atómica. Convencido como en los ochenta de que el programa nuclear constituía un as en la manga, abandonó el puesto y aceptó un cargo de responsabilidad en la antigua Organización de la Conferencia Islámica (OCI), con sede en Arabia Saudí.

Su regreso fue exitoso. En 2010, Ahmadineyad lo reclutó para que regenerara una diplomacia iraní desgastada y desprestigiada por él mismo tras casi un lustro de enconada lucha con la comunidad internacional. En aquellos días, el mandatario destinaba todos sus esfuerzos a la guerra que había desatado contra la vieja guardia, y necesitaba de alguien afín que se ocupara de la política exterior. Fluido en inglés y árabe, ilustrado en las reglas de cortesía occidentales y defensor del programa nuclear, su capacitación mejoraba, además, el rudo y limitado perfil de aquellos que secundaban al combativo jefe del Gobierno. Sus intervenciones, sus acciones, constituían un contrapunto frente a los anhelos de Ahmadinejad, cuya desmedida sed de poder y sobre todo, su afán por trocar los equilibrios en la cúpula del sistema, le granjearon la animadversión del líder supremo. En 2005, Alí Jameneí había aceptado de buen grado la tesis del inesperado presidente, que abogaba por arruinar la política dialogante y conciliadora que ejercía su predecesor, Mohamad Jatamí, y recuperar la hostilidad tradicional, con el programa nuclear y el holocausto como arietes, tal y como exigían los elementos más radicales de las castas militar y religiosa.

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Parapetado tras este talante combativo y retador, el polémico programa nuclear iraní progresó en apenas ocho años más rápido que lo que lo había hecho en las dos anteriores décadas. En 2009, el Gobierno Ahmadinejad anunció que había conseguido dominar por completo el complejo proceso de la energía nuclear y meses después desveló que sus científicos eran capaces de enriquecer al 19,75 por ciento, grado máximo del denominado Uranio Bajamente Empobrecido (LEU, en sus siglas en inglés). Además, aprobó una directiva parlamentaria para limitar la colaboración con la Organización Internacional de la Energía Atómica (OIEA), multiplicó el número de centrifugadoras -la mayoría de última generación-, anunció la construcción de nuevas centrales, admitió la existencia de una nueva instalación secreta en el desierto próximo a la ciudad santa de Qom y se involucró en un teatro negociador diseñado más para colocar obstáculos que para resolver desencuentros.

Han pasado apenas tres meses de la desaparición del poder de Ahmadineyad y su camarilla, e Irán parece dispuesto a abrir una nueva era de templanza, aunque sin abandonar el combate. Asido al rostro amable de su nuevo presidente, Hasan Rohani, -un hombre del sistema- ha retomado el pedregoso camino hacia el deshielo que emprendió hace más de una década el primer gobierno reformista y abierto la puerta a un eventual acuerdo con Estados Unidos y el resto de la comunidad internacional similar al que la Administración Clinton y el gobierno Jatamí sellaron a principios del presente siglo. Cocinado en secreto, aquel proceso propició el levantamiento parcial de las sanciones y despejó una vía de entendimiento que enseguida anegó el hallazgo del programa nuclear clandestino, revelado en 2002 por la oposición iraní en el exilio. Más allá de la impronta de Rohani, un clérigo de largo recorrido político, revolucionario de primera hora, jomeinista pragmático y conocedor de las alcantarillas del sistema teocrático, otros elementos confirman el cambio de actitud, al tiempo que azuzan cierta esperanza.

El primero de ellos, la decisión de colocar a Salehí al frente de la AIEA, encargada de negociar las cuestiones científicas. Durante los últimos años, una de las quejas recurrentes de los responsables europeos y norteamericanos aludía a la incapacidad del anterior negociador nuclear, Saeed Jalili, quien además de no entender los detalles técnicos -y enredarse en polémicas bizantinas- carecía de competencia lingüística en inglés. Algunos le acusaban incluso de obrar para que el diálogo fracase. Salehí -cuyo nombre sonó como candidato a la presidencia- repara ambas deficiencias. Su condición de experto nuclear y su trabajo al frente de la diplomacia persa colman las expectativas de los pares que le esperan en Viena.

El segundo, la total renovación de la diplomacia iraní, ahora bajo el mando de un funcionario de aquilatada experiencia y mejor reputación como Mohamad Javad Zarif. Bregado en los pasillos de la ONU hasta la llegada Ahmadinejad, los orígenes de Zarif invitan al optimismo. Entre 1992 y 2002, fue viceministro de Asuntos Exteriores en los gobiernos de Rafsanjaní y Jatamí, precursores de las aperturas económica y política respectivamente. Durante esos años, Estados Unidos e Irán llegaron al acuerdo ya mencionado, que no solo mejoró las relaciones entre dos enemigos enconados sino que ayudo a forjar una esperanza de futuro en un pueblo -el iraní- aislado, condenado a tres décadas de pobreza, tiranía y guerra. A su vera Zarif ha colocado, además, a otros actores relevantes de la diplomacia iraní, hombres de mayor empaque propensos a la flexibilidad como Abbas Araqchi (viceministro de Exteriores para Asuntos Exteriores), Majid Takht Ravanchi (viceministro para Asuntos Europeos y norteamericanos), Eshaq Ale-e Habib (antiguo ministro Consejero en la misión iraní ante la Naciones Unidas) o Hamid Ba´idinejad. Todos ellos formarán el equipo que se reunido ya con el 5+1 (los representantes de los países miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania) con el objetivo de enderezar una relación caracterizada por la desconfianza mutua.

Las recientes declaraciones del líder supremo también alimentan -aunque menos- cierto grado de esperanza. Taimado, Jameneí ha dado su bendición al proceso, pero se ha cuidado al mismo tiempo de enfriar la euforia inicial. Cualquier avance o retroceso está en sus manos, ya que su poder es omnímodo. Y aunque parece que ha abierto el puño que aún le queda sano, ha querido dejar claro que las líneas rojas apenas han cambiado y que cualquier negociación será ardua y compleja. Una de ellas es la propia negociación con Estados Unidos. Irán exige el levantamiento total de las sanciones, pero se mantiene reticente a pedir perdón por lo sucedido en la legación. En el entorno del líder, la sensación es que aún no es posible aligerar uno de los pilares que sostienen el régimen desde su nacimiento: la hostilidad a Estados Unidos, inoculada en la sociedad a base de eslóganes que se repiten desde el jardín de infancia y de murales que aún decoran las calles de Teherán.

Renovado el gobierno, la pregunta recurrente es si el propio régimen está finalmente preparado para un giro de timón al que se ha resistido en los últimos veinte años, y al que los sectores más conservadores y retrógrados se oponen con pertinaz obsesión. Y si lo está, por qué elige ahora alterar un rumbo que ha mantenido con brazo firme desde 2005. En este sentido, es necesario recordar que lo referente a la cuestión nuclear, lo cierto es que la República Islámica apenas ha variado su postura, aunque ha moderado el tono. Tanto Rohaní como Zarif mantienen la estrategia aplicada a principios del presente siglo -que incluye el derecho de Irán al desarrollo de la energía nuclear como país firmante del NTP- e insisten en que jamás renunciará al enriquecimiento de uranio para uso civil. Salehí ya ha precisado, en varias ocasiones, que su país solo está dispuesto a negociar el nivel de pureza, algo con lo que ya jugó en los años de Ahmadinejad.

Ahí reside el meollo de la cuestión. El régimen iraní necesita cartuchos de combustible con uranio enriquecido al 19,75% para alimentar el reactor médico que posee en Teherán, dedicado a la generación de isótopos usados después en la lucha contra el cáncer. Según los expertos, en los últimos dos años, los científicos persas han enriquecido unos 240 kilogramos de uranio para alcanzar esa pureza, de los que cerca de 100 se han usado ya y el resto permanecen almacenados. Aunque es cierto que suponen una cantidad insuficiente para armar una bomba si se traspasa el límite de enriquecimiento permitido y se alcanza el 90 por ciento -grado necesario para el uso bélico, que Irán parece estar en disposición técnica de alcanzar- el denominado grupo 5+1 insiste en que los 140 kilogramos restantes queden bajo supervisión internacional, condición que el régimen observa con reticencia. Pese a que Ahmadinejad escenificó un principio de acuerdo con Brasil y Turquía para guardar ese uranio en un tercer país a cambio de recibir el combustible del exterior, lo cierto es que en la práctica, en la intimidad de su gabinete, nunca se avino a una solución que aún permanece sobre la mesa de diálogo.

Sobre estos mismos parámetros se moverá la nueva tentativa negociadora, cuyo éxito dependerá del grado de flexibilidad que muestren las partes. Obligados ambos a presentar el resultado como una victoria, deberán conciliar la exigencia internacional de que Irán suspenda el enriquecimiento con el derecho que la República Islámica reclama al uso de la energía nuclear y las garantías absolutas demandadas al régimen de que controlará a sus elementos más radicales y no cederá ante la tentación de la proliferación. En compensación, Irán demanda el fin de las sanciones, una exigencia difícil de satisfacer a corto plazo por la complejidad de las mismas. En este sentido, un primer “armisticio” -un acuerdo de mínimos similar al hace una década- sería ya un triunfo.

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Los obstáculos son también los mismos que han dilatado el proceso en los últimos años. La ascensión de Rohaní y su diplomacia pragmatista ha endulzado el tono pero no ha acallado las múltiples voces que dentro del llamado “estado profundo” aún abogan por la beligerancia. La sensación de expertos como Juan Cole es que sus actuales responsables son sinceros cuando reiteran que no persiguen ensamblar la bomba a corto plazo. En su opinión, estos estarían empecinados en una estrategia de disuasión, cuyo objetivo sería similar al que indujo a Japón a progresar en el terreno atómico: lograr la habilidad para desarrollar armamento nuclear y utilizarla como baza política y chantaje frente a sus enemigos. Existen numerosos elementos que apuntan a esta dirección, que parece plausible. Sin embargo, los recientes avances en el reactor de agua pasada de Arak -una instalación que solo tiene sentido si lo que se pretende es desarrollar una bomba de plutonio- y la querencia de los iraníes por el ketman -la autorización moral para mentir si ello conlleva un beneficio para el individuo o el estado- prolongan las incertidumbres.

En la otra esquina del cuadrilátero, las disensiones en el seno de la comunidad internacional minan el espíritu conciliador por el que parece apostar el presidente norteamericano, Barack Obama. En un a muestra de cuales son sus deseos, el mandatario autorizó primero una reunión entre su secretario de Estado, John Kerry, y el nuevo jefe de la diplomacia iraní, en el encuentro bilateral de mayor rango desde que ambas naciones rompieran sus relaciones diplomáticas en 1980. Después, él mismo llamó a su homólogo Rohaní, que levantó el teléfono con la aquiescencia de Jameneí. Los presidentes de ambos países no admitían haber hablado directamente desde que en noviembre de 1979 un grupo de estudiantes fanatizados asaltara la embajada norteamericana en Teherán y retuviera a 52 personas durante 444 días.

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Obama colisiona aquí, sin embargo, con los intereses de sus principales aliados en la región -Israel, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos-, que observan a Irán con temor. Rusia -de quien Irán tampoco se fía por razones históricas- asume el conflicto como una ficha más de la nueva partida de ajedrez que juega con la Casa Blanca y China -necesitada de petróleo- se siente cómoda en su aparente inanición, que le ha permitido infiltrarse en la República Islámica hasta convertirse en uno de sus principales socios comerciales. Alemania permanece, por su parte, a la expectativa, preparada en la línea de salida para una posible relajación de las sanciones -es el primer socio comercial europeo de Irán- y Francia teme que los avances por el camino del diálogo coloque en portada la histórica exigencia iraní de que respete el acuerdo nuclear que firmó con Teherán en la década de los pasados setenta y que nunca cumplió.

Las razones son más más variadas y discutibles, aunque se pueden establecer algunas certezas. Pese a que cierto escepticismo persiste entre algunos expertos, lo cierto es que la última ronda de sanciones impuestas por el 5+1 y en particular por la Administración Obama han hecho mella en la frágil economía iraní. A este respecto, parte de la culpa es también achacable a Ahmadinejad, cuya desastrosa gestión económica y administrativa ha sumido al país en la precariedad. Desvinculado de los mercados financieros, con el crédito congelado y con una industria petrolera obsoleta, en continuo deterioro, el régimen acumula dificultades para mantener a flote la economía doméstica. Y por experiencia, sabe que un pueblo hambriento es más peligroso que un pueblo con la voz sometida.

A ello se ha sumado en los últimos meses una compleja y amenazante situación regional. Alejado geográficamente de Oriente Medio, Irán observa con desasosiego la guerra en Siria, su principal aliado en la zona. Una eventual caída de Bachar al Asad significaría la ruptura del denominado eje de la resistencia, ancla de la República Islámica en el que también participan grupos como Hamas y Hizbulá- y agudizaría su aislamiento. Un importante varapalo para un régimen que desde hace años pretende ser reconocido como potencia regional, y que ha hecho de su antisionismo y su interesada defensa de los derechos de los palestinos, uno de los pilares de un sistema al que treinta años después comienzan a surgirle arrugas y grietas. FIN

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