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Magreb

Libia, entre el caos de la guerra civil y el agujero negro del Estado Islámico

  • Los gobiernos occidentales y árabes no han sabido estabilizar la transición y en los últimos cuatros años se han multiplicado las fracturas sociales y los enfrentamientos armados en Libia
  • Cabe la posibilidad de que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, aproveche la autorización del Congreso de usar su poder militar contra el Estado Islámico para atacar objetivos yihadistas en Libia

infolibre Publicada 17/02/2015 a las 13:27 Actualizada 17/02/2015 a las 13:51    
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Un escenario de los enfrentamientos entre las milicias civiles en Libia.

Un escenario de los enfrentamientos entre las milicias civiles en Libia.

E.P.
Antes de que se difundiera el vídeo con las decapitaciones de los egipcios coptos, Libia estaba ya inmersa en una guerra civil. Antes de que el Gobierno egipcio reconociera que sus F-16 habían atacado en represalia campos de entrenamiento e instalaciones del Estado Islámico en Libia, ya se habían producido ataques de aviones árabes a favor o en contra de las partes que se enfrentan para ocupar el vacío de poder creado en Libia tras la desaparición del dictador Muamar Gadafi.

Los gobiernos occidentales y árabes no han sabido estabilizar la transición y en los últimos cuatros años se han multiplicado las fracturas sociales y los enfrentamientos armados.

Atentos a lo que ocurría en Irak y en Siria, esos gobiernos no han reparado en la capacidad de atracción e identidad que el auge del Estado Islámico iba a ejercer son las milicias de Ansar al Sharia, Amanecer en Libia y tantas otras facciones islamistas que han comenzado a emular la estética, tácticas y el extremismo violento del Estado Islámico para alcanzar notoriedad.

Ahora el problema más grave no es que las milicias locales y las fuerzas gubernamentales compitan por el poder, sino que los yihadistas acaben convirtiendo en califato el santuario que tienen en suelo libio. No están claras las conexiones de estas milicias islamistas con el Estado Islámico o con Al Qaeda, pero poco a poco todas se esfuerzan en presentarse como franquicias del yihadismo extremo, prestar juramento de lealtad al Estado Islámico y eliminar cualquier oposición interna en los espacios que ocupan.

Implantadas inicialmente en Derna, cerca de la frontera egipcia, han ido adelantando sus posiciones hacia Benghazi, Sirte y Trípoli. Su progresión podría ser mayor si el Estado Islámico no estuviera empantanando en Siria e Irak bajo los ataques aéreos de la coalición internacional y la creciente presión de las fuerzas terrestres kurdas, rebeldes sirias o chiíes.

Pero si consolidan sus posiciones como intentan, existe el riesgo de que algún día los combatientes yihadistas árabes, norteafricanos o europeos regresen a Libia –o a lo que quede de ella– para ampliar el califato que hayan establecido en el Levante o para intentarlo de nuevo si han fracasado allí.

Falta de Gobierno

Hasta entonces, los yihadistas locales se aprovecharán de la falta de gobierno y de la rivalidad entre las facciones islamistas y las fuerzas gubernamentales que sólo ahora comienzan a darse cuenta de que les está saliendo un enemigo mortal común.

El miedo al Estado Islámico es una baza que podría dar impulso a las conversaciones de paz donde el Enviado especial de Naciones Unidas, Bernardino León, lleva meses tratando sin éxito de sentar juntos a unas partes obcecadas en imponerse sobre las facciones rivales, incluso a costa de trocear al país, y que consideran a sus rivales locales más peligrosos que el que llega de fuera, lo que está dando al yihadismo una ocasión de oro (negro) para consolidarse en Libia.

Los yihadistas también se aprovecharán de la debilidad de los estados limítrofes. Egipto no está en condiciones de intervenir militarmente en Libia. Puede seguir realizando acciones aéreas o encubiertas de forma esporádica como hasta ahora para proteger su frontera occidental, pero no puede distraerse del riesgo que supone la presencia yihadista en la península del Sinaí o del apoyo que puedan prestar desde Libia a los grupos salafistas que siembran Egipto de inestabilidad y bombas desde el golpe de Estado del presidente Abdelfatá al Sisi.

Argelia dispone de mayor capacidad para luchar contra el yihadismo pero no es partidaria de emplearla fuera de sus fronteras –ni de que otros como Francia lo hagan para evitar nuevas "libias"– por lo que su papel se limitará a la cooperación con las fuerzas de otros países cuando el terrorismo se acerque a sus fronteras, tal y como hace en las montañas Chaambi en la frontera tunecina.

Túnez, por su parte, no tiene otra opción que mantener la neutralidad en Libia porque tiene menor capacidad militar que el resto de vecinos y la tiene que emplear en vigilar sus fronteras e infraestructuras críticas del acoso de Ansar al Sharia.

Ayuda aérea contra los yihadistas

El primer ministro libio, Abdulá al Thinni, ha pedido ayuda aérea contra los yihadistas. Algunas fuerzas aéreas árabes ya han actuado en Libia y podrían volver a hacerlo pero sólo ocasionalmente porque actuar simultáneamente en dos frentes supone una complicación logística y operativa para ellas.

Las fuerzas occidentales que combaten con las anteriores contra el Estado Islámico dentro de la coalición internacional también podrían operar puntualmente sobre Libia, como hicieron cuatro años antes. Incluso cabe la posibilidad de que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, aproveche la autorización que acaba de pedir al Congreso para usar su poder militar contra el Estado Islámico para atacar objetivos yihadistas en Libia.

Pero tanto Estados Unidos como sus aliados temen dar la impresión de que atacando al Estado Islámico puedan acabar implicándose en otra nueva guerra. Los países europeos –no todos– tienen razones para preocuparse por la proximidad de la guerra libia y de su agujero yihadista a sus fronteras, una preocupación que alimentan los miles de emigrantes incontrolados que reciben mensualmente, pero no se atreverán a intervenir sin el liderazgo y la participación directa de Estados Unidos. No están preparados para hacerlo en solitario y es muy difícil que encuentren candidatos árabes o africanos dispuestos a intervenir en Libia a los que puedan apoyar.

Fueron esos mismos países occidentales y árabes que se plantean intervenir ahora, quienes quitaron hace pocos años el tapón que contenía en Libia las aguas agitadas del yihadismo, la inmigración ilegal y los tráficos ilícitos. Ahora se ven obligados a y cuyos remolinos amenazan ya con engullir a otros países europeos, mediterráneos o de Oriente Próximo.


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