Estado Islámico (año II): el puerto de Mos Eisley

A mediados de mayo, efectivos del servicio de aduanas del aeropuerto de Túnez interrogaron durante más de once horas a Walid al Qalib, ciudadano libio llegado a la capital norteafricana procedente de Turquía. El incidente, como otros muchos de la misma naturaleza, habría pasado desapercibido si su posterior detención y aprisionamiento no hubiera desatado una ola de arrestos de emigrantes económicos tunecinos en los alrededores de Trípoli.  Emparentado con el ministro de Justicia del gobierno considerado rebelde establecido en la capital libia, Al Qalib respondió sí a dos de las preguntas del juez: una, que era líder de una de las katibas que integran “Fajr Libya” (Amanecer Libia), una plataforma de grupos armados, en su mayoría de ideología islamista, leales al citado Ejecutivo cesante; y dos, que mantenía lazos con la rama libia del autoproclamado Estado Islámico (EI), aunque su abogado, Wisem Said -que relató el encuentro a los periodistas- declinó revelar en qué grado.

Negó, sin embargo, las otras dos acusaciones que el togado levantó en su contra: que se dedicaba al tráfico de armas; y que su presencia en Túnez estaba relacionada con una práctica que desde hace meses tiene en vilo a gran parte de la comunidad libia exiliada en ese país: el intento de secuestro de una persona que desempeñó un cargo de responsabilidad durante la derrocada dictadura de Muamar al Gadafi. Sentado en un café de la capital, un miembro de los servicios de Inteligencia que prefirió no ser identificado, confirmó esa misma noche que la denuncia se sostenía en la declaración de un ciudadano tunecino afincado en Libia, donde trabajaba como herrero. Este último aseguraba que Al Qalib le había chantajeado para que le proporcionara información sobre algunos de los cientos de “gadafistas” que habitan en la capital y poblaciones aledañas como Cartago y La Marsa. Y que el miliciano utilizaba después esos detalles para perseguir y retener en “campos de internamiento” a los familiares de muchos de ellos. Una versión que refutó sin paliativos el abogado: “Mi cliente solo ha venido aquí, como muchos otros libios, por razones médicas”, afirmó. 

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El incidente y la polémica han dejado al descubierto las complejas relaciones que mantienen Libia y Túnez y el peligro que supone su porosa frontera. Por el paso de Ras Jdir transitan a diario miles de personas en las dos direcciones: tunecinos que buscan el trabajo que no hallan en su tierra y libios que dejaron hogares y negocios atrás, y que años después tratan de conservarlos o recuperarlos. Pero también, matureros de todo pelaje: desde comerciantes dedicados al estraperlo a contrabandistas que se enriquecen con la compraventa de armas y la desesperanzada miseria de aquellos que arriesgan su vida en las pateras. Entre ellos, se camuflan cientos de yihadistas que circulan con aparente libertad a través del Sahel, desde Mali a Mauritania y Marruecos, rumbo a Oriente Medio, y que tienen en las montañas de Chambi, un agreste área de la frontera entre Túnez y Argelia convertida en zona de combate desde 2011, uno de sus principales puntos de encuentro y escala. Fuentes de Inteligencia admiten que muchos de los que parten a la yihad lo hacen en vuelos que aterrizan en Estambul o en Ankara, y que la mayoría de los tunecinos que regresan -según los expertos, Túnez es el primer “exportador mundial” de yihadistas al EI, con más de tres mil voluntarios- se refugian en ese área; otros se aventuran a cruzar la frontera este para sumarse a la rama libia del EI, donde suelen asumir puestos de mando.

Y ha puesto de relieve, asimismo, el papel protagonista que ha adquirido el territorio turco -desde el que voló Al Qalib-, en el incesante y creciente trasiego de yihadistas que se desplazan por el Mediterráneo. Asentado en las ciudades de Raqqa y Mosul, con la guerra empujada hacia los territorios de la periferia, el Estado Islámico asemeja un enorme panal de rica miel que atrae radicales de todo el mundo, principalmente de las repúblicas ex soviéticas, la península Arábiga, Oriente Medio, el norte de Africa y la propia Europa. Hombres y mujeres movidos por la frustración, la falta de integración o el simple idealismo que en muchos casos convergen en el corazón del antiguo imperio otomano, cuya frontera meridional ha devenido en algo parecido al mítico puerto espacial de Mos Eisley. Un especie de territorio sin ley en el que pululan traficantes de toda cañala, espías de numerosos países -incluidos los del propio Estado Islámico-, intermediarios de empresas armamentísticas, reclutadores, mercenarios, proxenetas, capos de la mafia y otros sujetos sin escrúpulos que contribuyen a engrasar la maquinaria que alimenta las ambiciones de Abu Baqr al Baghdadi y sus secuaces.

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“Las críticas hacia Turquía son injustas”, rebate el periodista local Ayse Sahin, para quien su gobierno supone la primera barrera en la lucha global contra el EI. “Pese a la poca colaboración (que recibe de) parte de los servicios de Inteligencia de sus aliados, Turquía sigue arrestando y deportando a los combatientes extranjeros que vienen del Oeste, y que llegan para sumarse a las filas de Siria e Irak, países en guerra”, denunciaba en un encendido artículo -cerca de 1.100 deportados de 74 países en los últimos meses, según su cálculos. Una queja que no comparten diplomáticos y agentes occidentales, que en privado insisten en que si Ankara optara por aplicar una política de control de fronteras más estricta, el EI –que llena sus arcas con el contrabando de petróleo y el comercio a ambos lados de la divisoria– perdería gran parte de sus recursos y fortalezas. “Quizá desde las cancillerías europeas, y desde Estados Unidos, se debería exigir más a un país que a la postre pertenece a la OTAN y que durante años se ha postulado como socio de la UE”, señalan.

Las razones, sin embargo, se antojan más complejas y enraízan con la transformación que Turquía ha sufrido en su modelo de gobierno tras la llegada al poder del islamista Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP). Desde que en 2002 ganara las elecciones generales turcas, la formación tutelada por Recep Tayib Erdogan ha socavado de forma sostenida la trascedencia de las Fuerzas Armadas -bastión del laicismo en el país-, en favor de la Organización Nacional de Inteligencia, al mando ahora de la seguridad del Estado. Considerado uno de los ejércitos más grandes de la región, ha sido empujado hacia la irrelevancia política desde que en 2007, y con la excusa de que preparaba un golpe de Estado, el Ejecutivo fomentara una campaña judicial de hostigamiento que en los tres años siguientes permitió el encarcelamiento de cientos de veteranos oficiales y de numerosos líderes políticos considerados “laicos liberales”. En 2011, al tiempo que la guerra civil estallaba en Siria, la decisión del alto mando de dimitir en masa confirmó la supremacía que el AKP y Erdogan ansiaban.

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Es mismo año, el Gobierno se embarcó en una segunda aventura que multiplicó el resentimiento de la, a pesar de todo, todavía influyente cúpula militar. Tras treinta años de conflicto y miles de muertos sobre el terreno – la mayor parte de ellos soldados y oficiales de las Fuerzas Armadas- Erdogan abrió una vía de diálogo y entendimiento con el movimiento separatista kurdo, y en particular con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), a cuyo brazo armado se le atribuyen decenas de atentados contra objetivos castrenses. El proceso de paz -aún en marcha- dilató la brecha entre civiles y militares, religiosos y laicos, que dieron la espalda al presidente cuando este, embarrado en la cenagal sirio -que ha obligado a más de un millón y medio de sirios a buscar refugio en Turquía-, quiso recurrir a sus medios y recuperar su maestría sobre el terreno, sus contactos, y sobre todo su confianza. “En estos años de conflicto, los servicios secretos turcos no han dado la talla. Carecen del conocimiento necesario y han cometido fallos importantes, en especial en sus relaciones con los rebeldes sirios. Muchos colegas se quejan de que en demasiadas ocasiones no se sabe muy bien de que lado están”, explica una fuente de Inteligencia con experiencia en la región.

Los militares turcos desconfían, asimismo, del acercamiento de Erdogan al gobierno autónomo kurdo en Irak y su relación con los kurdos sirios. Y parecen poco dispuestos a unir sus armas a las de los Peshmerga y sus colegas sirios para enfangarse en una guerra contra el Estado Islámico y el régimen de Bachar al Asad en la que tienen más que perder que ganar.

Erdogan, preocupado sobre todo por su supervivencia política, actúa desde hace meses en clave electoral. Asido al poder desde que hace casi tres lustros, presenta por vez primera signos de fragilidad popular. Las encuestas vaticinan una victoria menor en los comicios previstos para el próximo siete de junio, y el hombre que revitalizó el islamismo, acotó el laicismo y sedujo al rudo nacionalismo kurdo confiaba en que el pueblo marginado de las montañas al que regaló guiños durante los últimos cuatro años recompensara su buena voluntad y contribuyera a paliar el desencanto que ha causado la incipiente crisis económica. Sin embargo, estos concurren a las elecciones por primera vez bajo las siglas del Partido Popular Democrático (HDP), y los sondeos apuntan a que podría lograr el diez por ciento necesario de los votos para tener representación propia en el Parlamento. Una posibilidad que desde hace semanas espanta a Erdogan, que también por primera vez atisba el vértigo irracional que sienten en la derrota aquellos que solo codician el poder. “Se dice que los kurdos favorables al AKP, incluidos los devotos musulmanes, se están marchando en masa al HDP. Las denuncias de que el gobierno apoyó en un principio al Estado Islámico en contra de los kurdos sirios en la batalla de Kobane es una de las razones”, apuntaba esta semana la periodista Amberin Zaman. 

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La veleidosa y frágil política de Erdogan respecto a la crisis Siria y la emergencia del EI son otras de las causas del desplome de popularidad del actual presidente. Presentado por los expertos como el posible modelo de Estado futuro durante las después fallidas primaveras árabes, la ambigüedad ha minado el prestigio y la influencia de Turquía en la región, superada y ensombrecida por Irán, Arabia Saudí e incluso Qatar y Emiratos Árabes Unidos. Un severo varapalo para un pueblo que hace apenas una década tenía a Bruselas llamando insistentemente a su puerta, era capaz de decir “no” a los planes estadounidenses de invadir Irak desde su territorio, sentía aún vivo el orgullo de ser el heredero de un gran imperio y que ahora ve como “esos árabes” a los que siempre consideró inferiores mueven armas y resortes políticos a escasos kilómetros de su frontera sur.

El insistente apoyo de Turquía al cambio de régimen en Siria ha sorprendido. Los rebeldes sirios de toda condición, incluidos los militantes islamistas del Ahrar al-Sham, viven en libertad en lugares como Urfa, Hatay y Gaziantep”, explica Zaman. “Y aunque el gobierno ha estrechado la seguridad a lo largo de los 900 kilómetros de frontera con Siria, los milicianos del ISIS continúan usando Turquía como ruta de tránsito para nuevos reclutas”. Un camino que transitan sin descanso y escasos obstáculos hombres oscuros como Al Qalib, y que se asemeja a los angostos callejones que Luke Skywalker y Obi-Wan Kenobi tuvieron que cruzar para contratar a Han Solo en una sórdida y peligrosa cantina del planeta Tatooine. FIN

www.javier-martin.org

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