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¡Pero qué torpes! Cinco lecciones muy básicas de comunicación de crisis a propósito de los escraches

Publicada 28/03/2013 a las 21:54 Actualizada 29/03/2013 a las 12:29    
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EL AUTOR
Llevan diez años atascados en primer curso de comunicación de crisis. Fue primero esa arrogancia con la que trataban a los miembros de la plataforma gallega Nunca Mais, que reclamaba más responsabilidad del Gobierno de Aznar tras el naufragio del Prestige. Inolvidables Cascos (cazando en Aranjuez), Trillo (las “playas esplendorosas”) y el propio Rajoy (y sus “hilitos de plastilina”), y esa suficiencia suya que tardaría poco en ser marca de la casa. Lo fue con la Guerra de Irak, por supuesto, cuando Aznar decide ponerse de cara frente al 90 por ciento de los españoles. La arrogancia encontró su máxima expresión entre el 11 y el 14 de marzo de 2004. ¿Recuerda la lectora o el lector qué dijo Rajoy –entonces candidato a la presidencia del Gobierno– el día de reflexión, en plena hora del Telediario de la noche? Que la manifestación que se producía ante la sede del PP en la calle Génova era “ilegal e ilegítima” y que los hechos eran “gravemente antidemocráticos”. ¿Recuerda o imagina el lector sagaz qué ha dicho Rajoy desde París justo antes de irse al fútbol? Que las manifestaciones de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) delante de los domicilios y lugares de trabajo de diputados del PP –los ya famosos escraches– son resultado de un comportamiento “profundamente antidemocrático”. Una década y no aprenden. Nos consta que el presidente tiene buenos asesores que las conocen bien, pero para el resto, aquí dejo estas cinco lecciones muy básicas, en forma de sumario. En unos días estaremos aplicándolas en un taller de comunicación de crisis en Madrid, Barcelona, Sevilla, Santo Domingo y Bogotá.

1. No debes atacar a las víctimas bajo ningún concepto. Y menos si esas víctimas están clamando por algo tan sencillo como el derecho de cientos de miles a que no las saquen de sus casas. Menos aún si en los últimos días ha habido personas que se han suicidado antes de que llegara el oficial del juzgado. Un poco de sensibilidad. Los espectadores en sus casas ven estas batallas como verán en la tele el episodio de David y Goliat en la serie La Biblia. Y el respetable se sentirá siempre más cerca del débil que del fuerte. Más cerca de la PAH que del Gobierno y del PP que lo sostiene. Así de claro. Incluso aunque la razón pudiera tenerla eventualmente el fuerte.

2. No llores. En la política –y en realidad en cualquier plataforma de poder– se viene llorado de casa. No puedes aparecer como un perdedor asustadizo y blandengue. Creo, de hecho, que ese tono de perdedor (“Soy Mariano Rajoy, candidato a la presidencia del Gobierno…”) fue precisamente el que clavó la puntilla al PP en 2004. Esas referencias al “ámbito privado” como límite para la acción de los manifestantes tiene toda la lógica, pero nuestros diputados están ahí con prebendas y privilegios. Deberían aguantar con más estilo que se les planten unos cuantos indignados frente a sus casas. Será más fácil para ellos explicarles a sus hijos qué hacen esos señores ahí, que a un desahuciado decirle a los suyos que tienen que empaquetar los juguetes en 24 horas. Ojalá no aprendan la lección, porque deseo todo el éxito a la PAH, pero lo mejor que podrían hacer es salir de cara y pasar de largo.

3. Cuidado con las comparaciones. Por lo explicado en el punto 1 y en el punto 2, lo último que debes hacer es identificar a los manifestantes con ETA (como la delegada del Gobierno en Madrid) o con los nazis (como Basagoiti). Sí, es verdad: el entorno de ETA marcaba con pintadas las casas de quienes en su locura consideraba enemigos. Y los nazis hacían lo mismo con los comercios y los domicilios de los judíos. Pero hombre, por favor, hasta ahí llega la coincidencia: ellos, los etarras y los nazis, tenían la pistola en la mano. Ellos eran los poderosos y los marcados los débiles. Esa relación se invierte con los escraches. Con estos y con los que dieron origen a la palabra, los que señalaban el domicilio de quienes habían colaborado con las dictadura argentina y que habían quedado impunes. El escrache es un recurso de los débiles contra la impunidad de los poderosos. Y es una estupidez por eso compararlo con otros señalamientos públicos asquerosos que son exactamente lo contrario: garantizar la impunidad de los poderosos imponiendo una espiral de miedo y silencio.

4. Apelar a la ley solo vale hasta cierto punto. Están siendo inteligentes Ada Colau y sus colegas de la PAH. Han pasado instrucciones para que en los escraches se moleste lo menos posible a los niños y los vecinos de los señalados. Y su inteligencia se verá del todo si mantienen al cien por cien el carácter pacífico y tranquilo de las manifestaciones, sin insultar y sin agredir, claro. Perdón por la frivolidad, pero en un viejo vídeo que recoge imágenes de un entrenamiento de activistas de Greenpeace, la entrenadora dice: “si se os acerca la policía, limitaos a repetir la consigna. A la gente le gusta que la policía nos pegue”. No me extrañaría nada que los torpes del Gobierno dieran instrucciones de actuar con contundencia para desalojar a los manifestantes, elevándolos al altar de los mártires. Incluso aunque las manifestaciones vulneraran la ley, cosa que por el momento no sucede, la mayoría probablemente lo entendería. Hay una empatía con los afectados con las preferentes que ilegalmente interrumpen un pleno municipal en Galicia, como la hay con quienes llenan el carrito de alimentos y pañales en un supermercado y se van sin pagar, con las mujeres saudíes que conducen su coche vulnerando la norma, o como la había en los 60 con los negros que en Estados Unidos se sentaban en los sitios legalmente reservados solo para blancos.

5. Estamos, en definitiva, hablando de emociones. Es la lección más difícil de aprender, porque si no hay voluntad, no se entiende. La gente observa y sentencia si sus gobernantes actúan con buena voluntad, del lado de la gente, o con arrogancia y del lado de los poderosos. Sospecho que visto el espectáculo de los últimos días, la mayoría de los españoles tiene clara la respuesta.


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