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Argentina

Videla, de un infierno a otro

Miguel Roig Publicada 17/05/2013 a las 06:00 Actualizada 18/05/2013 a las 00:10    
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Ceremonia de investidura de Videla el 24 de marzo de 1976.

Ceremonia de investidura de Videla el 24 de marzo de 1976.

EFE
La cuestión más habitual que un español le plantea a un argentino es la explicación del peronismo. Convengamos que no es una tarea sencilla, pero el tema principal para alguien nacido al sur del paralelo 22 es la construcción de sentido en torno a la última dictadura militar que comenzó con el golpe de Estado de 1976 contra un gobierno constitucional y acabó con la derrota en la guerra de las Malvinas en 1982.

Uno de estos intentos es interpretar el argumento del general Jorge Videla cuando expresaba hasta hace unos días que se encontraba al frente de un ejército que intervenía en una guerra interna, lógica que avala un sector que, desde el ámbito democrático, pretende aún hoy establecer la teoría de los dos demonios: los militares en el poder y la guerrilla en la resistencia armada. La paradoja o la confusión se apoderan de esta visión cuando el Ejército gana la autodenominada guerra a la insurgencia cuya desigualdad de fuerzas hace que se la encuadre, con un mínimo de lógica, en una cacería y no en una guerra. El absurdo llega con el fin, la única y real guerra, la de las islas Malvinas, que cuesta sangre y escarnio.

No es necesario describir, una vez más, los detalles que van desde el aporte de la figura del desaparecido al campo semántico de los derechos humanos, hasta el robo de bebés. Pero sí es interesante posar la mirada en la actitud de los ciudadanos frente al genocidio y la inquebrantable constancia del general Videla, hasta el último aliento, en su posición irreductible al justificar los hechos.

La sociedad civil, sin duda, ha hecho una catarsis a través de los canales de la justicia a pesar de los obstáculos, que no fueron pocos. El mayor, la amnistía que el presidente Carlos Menem otorgó tanto a los militares como a los insurgentes, avalando con esta medida la mencionada existencia de dos infiernos. ¿Cómo no se registró ningún caso de justicia por mano propia frente a estos despropósitos?

Situémonos a poco más de una década del fin de la dictadura, con las heridas morales abiertas y el duelo sin resolver, en el lugar donde un padre, la pareja o el hijo de un desparecido ven al general Videla regresar a casa. La conocida película El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella, cuenta este hecho desde la ficción y hasta donde sabemos, no se ha dado en la realidad. Ni Campanella ni Eduardo Alfredo Sacheri, autor de la novela, en la que se inspira la película, pueden haber ignorado este asunto al abordar su obra.

La cuestión es, como planteaba Sartre, no aquello que han hecho con nosotros sino qué hacemos con lo que han hecho de nosotros. Sin duda, en este caso, justicia. Esto habla de la salud de la sociedad argentina sin quitar validez a la ucronía creada por Campanella y Sacheri.

Esa misma justicia es la que no acepta el general Videla y se refugia en la propia hasta el final, acorazándose en un discurso que raya el relato esquizoide ya que no tiene ningún anclaje en lo real. Su sistema de creencias y fábulas legales solo es posible por la vía que lo llevó al poder: instaurando una razón paralela por la fuerza. Es increíble y a la vez perverso seguir su firme constancia en cada intervención pronunciada en estos años, su porfiada defensa de los delitos en una estructurada perseverancia sin fisuras. Tal conducta recuerda la lectura que hace Albert Camus del mito de Sísifo.

A Camus le importa el momento en que Sísifo ve caer la piedra después del esfuerzo que le ha costado subirla y comienza a descender hasta el pie de la montaña para retomar la tarea. Desde la cumbre y hasta el momento de llegar al punto de partida, en esa pausa, Sísifo vive la hora de la conciencia. “Si este mito es trágico, piensa Camus, lo es porque su protagonista tiene conciencia”. Y lo compara con el trabajador que emplea todos los días de su vida en la misma tarea, y aventura que su destino no es menos absurdo, “pero no es trágico sino en los momentos en que se hace consciente”. Se supone que en la lucidez se centra el mayor castigo porque allí se haría evidente su destino.

El general Videla, después de empujar la piedra de sus argumentos en cada juzgado, descendía hasta la celda, lugar desde donde volvía a emprender el ascenso haciendo rodar una nueva versión de su relato alucinado. En ese intersticio de conciencia quizás asumiera la tragedia en la que estaba sumido y en la que arrastró mortalmente a una generación de argentinos pero puede, también, que su desprecio por la vida se impusiera a toda culpa.

Miguel Roig es un escritor argentino residente en España. Su último libro es La mujer de Edipo (Península, 2012)



1 Comentarios
  • 1 ateo 18/05/13 10:31

    Videla ha muerto en una cárcel argentina y mientras tanto aquí en España los genocidas fascistas mueren en sus camas y además se les rinden homenajes y se pone su nombre a calles y plazas. http://diario-de-un-ateo.blogspot.com.es/2013/05/desgraciadamente-el-pp-sigue-anclado-su.html

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