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Primavera turca

Publicada 05/06/2013 a las 13:51 Actualizada 08/06/2013 a las 13:24    
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Una de las últimas manifestaciones en Turquía.

Una de las últimas manifestaciones en Turquía.

¿Primavera turca? ¿Por qué no? Las protestas de Estambul y otras ciudades turcas son una explosión de vida y, en ese sentido, y no solo porque ocurran en esta época del año, son primaverales, portadoras de esperanza. Y ahora llega la siguiente pregunta: ¿qué tienen que ver los sucesos de Estambul con lo que hemos dado en llamar "primavera árabe", una sucesión de protestas juveniles que ya ha conseguido enviar al museo de los horrores a los autócratas egipcio, tunecino, libio y yemení, y lleva dos años poniendo en apuros al sirio? La respuesta es que ambas primaveras tienen algunas cosas en común y otras no.

Empecemos por las diferencias. La Turquía gobernada por el partido islamista moderado del AKP que lidera Erdogan no es, para empezar, un país árabe. Como Irán, Afganistán, Indonesia y tantos otros, es un país de religión mayoritariamente musulmana, pero que étnica, lingüística y culturalmente tiene de árabe lo que yo de eslavo. Además, la Turquía actual, con un nivel razonable de democracia para lo habitual en Oriente Próximo y una prolongada etapa de crecimiento económico, no es el Egipto dictatorial y empobrecido de Mubarak.

Vayamos a las similitudes. Como en Túnez y El Cairo, pero también como en el Madrid del 15-M y el New York de Occupy Wall Street, las protestas callejeras de Estambul nacieron en el seno de una juventud urbana, ilustrada, conectada con la globalidad y usuaria habitual de las nuevas tecnologías de la comunicación. Ya a finales de 2011, la revista norteamericana Time proclamó “personaje del año” al que llamó The Protester. Y no fue el único medio que encontró tendencias comunes en las manifestaciones juveniles que en los meses anteriores se habían desarrollado tanto en Túnez como en Moscú, en Madrid como en El Cairo, en Nueva York como en Atenas.

Ninguna persona o movimiento humano es exactamente igual a otro: esa es la maravilla de nuestra condición. Ningún lugar o momento es una fotocopia exacta de otro. Cada individuo, movimiento o fenómeno, es hijo de su padre, su madre y otras cosas. Y sin embargo, los seres humanos protagonizan fenómenos simultáneos que pueden ser emparentados. Por ejemplo, hablamos de las revoluciones democráticas europeas de 1848, aunque la Francia, la España, la Italia o la Alemania de entonces tuvieran circunstancias políticas, sociales y económicas diferentes. Por ejemplo, hablamos de la Primavera de 1968 o de Mayo del 68, aunque París, Berkeley y Praga vivieran circunstancias diferentes. Ahora bien, en uno y otro caso, 1848 y 1968, el rasgo común era la búsqueda de la libertad y la dignidad. Como ahora.

Cuando, a comienzos de 2011, arrancaron las revueltas juveniles en el norte de África y Oriente Próximo, hubo observadores que señalaron como uno de sus aspectos más interesantes el que evidenciaban cuánto se asemejan hoy los jóvenes de todo el mundo. Aquellos chicos y chicas árabes vestían con vaqueros, cazadoras y pañuelos, llevaban teléfonos móviles conectados a las redes sociales, soñaban con amar, expresarse, viajar y trabajar como ellos querían y no como les dictaban las tradiciones o los sátrapas. Dadas sus concretas circunstancias políticas, sociales y económicas, reivindicaban, para empezar, algo de oxígeno: un mínimo de democracia en los países árabes.

Ese mismo año, en lugares como España y Estados Unidos, que ya disponían de ese mínimo de libertades y derechos, salieron a las calles multitudes de jóvenes de edad o de espíritu para reclamar la mejora de una democracia manifiestamente perfectible y un reparto más justo de los sacrificios de la crisis económica. Y no solo las formas de protesta –ocupación pacífica de las plazas- y los instrumentos de comunicación –redes sociales a través de Internet- eran los mismos que en El Cairo y Túnez, también lo era el impulso profundo de las protestas: la idea de que un mundo mejor es posible. A escala doméstica y a escala global.

Estambul es una gran capital europea. Geográfica, cultural y vitalmente. Habita allí una juventud ilustrada, laica y cosmopolita que los fines de semana se derrama gozosamente por las zonas de Ortakoy, Beyoglu y Taksim. En su seno surgió la semilla de las actuales protestas. El hecho de que arrancaran con una reivindicación medioambiental -la oposición a la destrucción de un parque por razones de especulación inmobiliaria- es otra prueba de la conexión de los sucesos turcos con la globalidad.

Y ahí es donde entra en escena Erdogan. Su reacción a las protestas ha sacado a la luz lo peor del personaje: la arrogancia y el autoritarismo. Una violenta represión policial y un público desprecio político fueron las respuestas del primer ministro turco a las primeras concentraciones de Taksim. Erdogan se creía muy listo, pero con ello solo arrojó gasolina al fuego. Las manifestaciones tomaron entonces la forma de un grito contra su gobierno, democráticamente elegido, cierto es, pero cada vez más mandón, más intrusivo, más conservador, más religioso.

Cuando los campus universitarios de Estados Unidos bullían contra la guerra de Vietnam, Richard Nixon soltó aquello de que “la mayoría silenciosa” estaba con él. Muy probablemente; como también es muy probable que la “mayoría silenciosa” del pueblo francés estuviera en 1789 del lado del “buen rey” Luis XVI y contra aquellos –una minoría- que asaltaban la Bastilla. ¿Y qué? En uno y otro caso, la Historia fue implacable. Estados Unidos tuvo que huir de Vietnam con el rabo entre las piernas, y los revolucionarios de la Bastilla, que no los partidarios de Luis XVI, marcaron el futuro de la humanidad con su reivindicación de los derechos humanos.

Nadie le discutió a Nixon que la “mayoría silenciosa” estuviera con él: sí, claro, había ganado las elecciones. Pero eso no legitimaba cualquier cosa que hiciera desde la Casa Blanca (de hecho, su pecado de abuso de poder con Watergate terminó llevándole a la penitencia de una humillante dimisión). Ni tampoco, en un sistema que se pretendía democrático, podía impedir la libertad de expresión de aquellos que no estaban de acuerdo con sus políticas.

Ahora Erdogan ha dicho una tontería semejante: él gobierna con el apoyo electoral de más de la mitad de los turcos. Sin duda. Las masas campesinas de la Anatolia profunda, conservadoras y religiosas, están con el AKP, y también lo están amplios sectores populares de Estambul. Nadie se lo discute al primer ministro turco. ¿Pero le da eso una patente de corso para hacer de su capa un sayo? La respuesta es rotundamente negativa en democracia.

Solemnizar lo obvio es una fastidiosa costumbre de los conservadores (aquí, en España, tenemos ejemplos diarios con esa cantinela de “el Gobierno hace lo que tiene que hacer”). Pero solemnizar lo obvio es un insulto a la inteligencia. Ya sabemos que los manifestantes de Estambul, Ankara y otros lugares no constituyen la mayoría electoral de Turquía. Pero, señor Erdogan, la razón histórica no está de su lado, sino del de los opositores.

En el caso turco, como suele decir Orham Pamuk, el destino del viaje colectivo secular es Europa, no el Asia originaria, recuérdelo, señor Erdogan. Y recuerde también que, al final, hasta la “mayoría silenciosa”, en todas partes, termina prefiriendo la primavera al invierno.

Revista Time



1 Comentarios
  • 1 jmk 06/06/13 19:13

    bassets se ha "basado" en  este articulo

    Responder

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