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Plaza Pública

En memoria de Manuel Fernández-Cuesta

CHRISTIAN SALMON Publicada 15/07/2013 a las 23:57 Actualizada 16/07/2013 a las 13:18    
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Escribo estas líneas unas horas después de la muerte de Manuel Fernández-Cuesta. Él era mi editor en España. Se había convertido en mi amigo. Él fue quien me pidió que escribiera La ceremonia caníbal y suyos son sus derechos mundiales. Una elección que me enorgullecía y me convertía en un escritor casi español, por así decir. Sin él, este libro no existiría, lo cual no tiene ninguna importancia, preferiría mil veces que existiera él, Manuel. Porque él tenía una fuerza de vida y de estímulo que ningún libro podrá tener nunca. Dirán de él que se trataba de un gran editor pero creo que puedo decir que a él le importaba un pimiento. La edición, para él, era como el compromiso político, una empresa de transformación activa. Algunos piensan que se escriben libros porque la vida no basta para realizar nuestras expectativas. Mediocres vividores. Estoy convencido de lo contrario, es porque la vida nos desborda por su hermosura, por los deseos que despierta, por sus dolores también y sus ideas, por lo que nos obliga a escribir. “Hay más ideas sobre la tierra, decía Michel Foucault, que las que los intelectuales a menudo imaginan. Y estas ideas son más activas, más fuertes, más resistentes y más apasionadas de lo que pueden pensar los políticos. Hay que asistir al nacimiento de las ideas y a la explosión de su fuerza. Y esto no en los libros que las enuncian, sino en los acontecimientos que manifiestan su fuerza, en las luchas que se llevan a cabo para las ideas, por o contra ellas. No son las ideas las que mueven el mundo. Porque justamente el mundo tiene ideas (y porque produce muchas continuamente), no es conducido pasivamente según los que lo dirigen o los que querrían enseñarle a pensar de una vez para siempre.” A Manuel le gustaba este texto que puse en exergo en mi blog de Mediapart.

Los libros no son otra cosa que este arrebato, este entusiasmo. El hacha, decía F. Kafka, que rompe el mar helado que hay dentro de nosotros. También podríamos decir la ola que se lleva el dique erigido para contenerla. Los libros no son nada sino los mueve ese desbordamiento. Manuel por su historia familiar, por su inteligencia y su sensibilidad tenía dentro esa fuerza de desbordamiento. Desbordaba de ideas, de proyectos, de amor a la vida. No publicaba sólo libros, creaba mundos posibles y los poblaba a su antojo como buen gigante. Nuestros libros son ese pueblo.

Tenía una novela familiar que escribir, una ficción mayor que la historia dividida de España, franquista por el lado paterno, comunista por el materno. Francomunista. Yo le apremiaba a escribirlo. Rechazaba la idea con un gesto cansado. Algo demasiado personal. Me llamó por teléfono la víspera de su muerte para anunciarme el fin de la aventura Península. No se quejaba. Me dijo que por fin tenía un poco de tiempo para ver venir las cosas.

Convinimos seguir juntos, pasara lo que pasara.

París, 11 de julio de 2013.

Publicado originalmente en francés en Mediapart. 

Traducción: Inés Bertolo.



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