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Plaza Pública

España y Gibraltar: ¿Qué quedará cuando baje la marea?

ALEJANDRO BARÓN Publicada 14/08/2013 a las 06:00 Actualizada 14/08/2013 a las 10:16    
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Placa de la Calle Gibraltar Español en Torrijos (Toledo)

Placa de la Calle Gibraltar Español en Torrijos (Toledo)

Decía Erasmo de Rotterdam que lo que caracterizaba a los españoles en su época era su habilidad para hacer la guerra, y para ganarla. No es de extrañar: para cuando escribía el Elogio de la Locura, en 1511, las coronas ya unidas en la península ibérica estaban en plena expansión territorial por toda Europa con una notable determinación estratégica. Además, esta estrategia encontraba un refuerzo en la política de matrimonios llevada a cabo por los Reyes Católicos para ganar peso en Europa, entonces tablero de juego de la geopolítica global. Pues bien, para bien o para mal, esos tiempos han pasado. Ninguna de estas dos ideas –visión estratégica y refuerzo del papel de España en la política global– han sido determinantes en las acciones del Gobierno respecto de Gibraltar. Más bien al contrario.

Al margen del momento en el que se ha llevado a cabo (que no es casual), el fondo y la forma de las declaraciones e ideas lanzadas por responsables de la política exterior española durante estos días supone un cambio del rumbo seguido en los últimos años por España con respecto a Gibraltar. Lejos quedan las declaraciones prudentes y tamizadas del verano pasado ante hechos también graves, y aún más lejos los cómplices apretones de manos y los coqueteos sobre la co-soberanía entre Aznar y Blair. Mirando al futuro, lo más importante es ver qué pasará cuando baje la marea y el conflicto se normalice, quedando algunas preguntas sobre la mesa.

En primer lugar, qué ganarán los realmente afectados en el fuego cruzado, es decir, los trabajadores y, más especialmente, los pescadores del Campo de Gibraltar. De momento, los trabajadores encuentran más dificultades en su día a día, y de producirse un enconamiento mayor y un cierre de la verja, perderían su sustento vital. Paradójicamente, los pescadores locales no han visto su situación sustancialmente empeorada, puesto que ya eran sistemáticamente disuadidos de faenar en aguas próximas al peñón por las patrulleras gibraltareñas, a las que sumó la lamentable práctica del lanzamiento de bloques de hormigón al mar para alejara los peces de los caladeros de la Bahía de Algeciras. La de los pescadores es la reclamación más urgente a la que ha de atender el gobierno.

En segundo lugar, qué puede sacar España en claro de la escalada. Tampoco mucho. Querer arrastrar a Londres a la mesa de negociación imponiendo medidas que afectan principalmente a ciudadanos españoles no parece una idea excesivamente ingeniosa. Además, el afirmar que se va a aplicar la normativa española a los gibraltareños a este lado de la verja nos da la medida de cómo no se estaba aplicando con anterioridad, lo cual no es un problema relativo a las relaciones exteriores de España.

Volviendo al conflicto, habría sido mejor usar los cauces diplomáticos, que a diferencia de lo que dice el Gobierno, nunca han estado enterrados desde que Fernando Morán los reanudara allá por 1982, y cuya reformulación es perfectamente posible sin grandes alharacas entre dos países que son miembros de la Unión Europea y la OTAN. La coerción no está sirviendo: tras la primera salva de cañonazos, Picardo y sus old boys siguen enrocados en sus posiciones (nunca mejor dicho). Es su juego favorito. Por el contrario, la diplomacia podría haber traído más resultados, sobre todo en dos temas centrales: pesca y medioambiente. Cameron y Rajoy se comprometieron el año pasado a encontrar puntos de encuentro sobre ambas materias, y si las conversaciones no han avanzado, las culpas son compartidas. 

Además, habría que empezar por asumir que las cuestiones de soberanía están fuera de cualquier negociación que se lleve a cabo en el futuro próximo, a pesar de las castizas exclamaciones de Margallo en Bruselas el año pasado clamando por un "¡Gibraltar Español!". Precisamente, el ataque preventivo verbal que está ejerciendo el ministro de Exteriores tampoco da la impresión de tener base estratégica, sino que sigue la lógica de enviar más salvas al aire para ganar tiempo, y ver qué pasará cuando se disipe el humo. Cuando se afirma que se va a estudiar tal o cual medida para ver si se puede aplicar, se incurre en un error que otras diplomacias (como por ejemplo la británica) no suelen cometer. Primero sopesan la viabilidad de las opciones jurídica, política y económicamente, como mínimo, y luego, amenazan con aplicarlas, y no al revés, lo cual da una gran sensación de improvisación en una situación que no es nueva.

Tercero, corolario del segundo, ver qué posición va a tomar cada una de las partes y si esto va a afectar a las relaciones mutuas. En este apartado nos encontramos con dos escenarios, que pueden combinarse y alternarse. En el primer escenario, el menos probable, el Reino Unido enseñaría los dientes, elevando el tono de los métodos coercitivos (como por ejemplo, realizar maniobras navales largamente preparadas casualmente durante estos días mientras un portaaviones americano surcando el mediterráneo) hasta hacer retroceder al Gobierno de España. Paralelamente, jugaría sus cartas en los foros internacionales para desacreditar a España, y presentar a su Gobierno como anacrónico y corrupto. En este escenario, quien tiene las de ganar es Londres, y no Madrid.

El escenario contrario, con un Gobierno de España abierto al diálogo y con voluntad de acuerdo, sería más beneficioso –sobre todo para España, como ya se ha señalado–. Con el finiquito del foro tripartito, las reuniones serían bilaterales o a cuatro bandas, como sugirió el secretario de Estado de Asuntos Exteriores Gonzalo de Benito y ha recogido Mariano Rajoy en los últimos días, contradiciendo la posición oficial que él mismo mantuvo en la Asamblea General de la ONU en 2012. Esta opción es la más positiva y realista para hallar soluciones inclusivas. Este es el escenario más probable de aquí a un año, y no es descartable que la UE medie detrás de los focos para que ello se produzca.

En cuarto lugar, enmarcar este incidente en un contexto mediterráneo e internacional. Aunque los casos sean diferentes bajo muchos parámetros y España y Marruecos vivan un momento dulce en sus relaciones, la existencia de Ceuta y Melilla es una espina clavada para la opinión pública marroquí que puede volverse en contra de España si el tono vociferante continúa respecto de la roca. Todo lo que acontece en torno al peñón se escruta en Marruecos. Además, España lleva tiempo queriendo jugar a ser potencia influyente en un mundo árabe en transformación, con pingües resultados de momento. El hecho de que el gobierno no salga airoso de esta escalada, la debilidad para los países de la ribera sur, que difícilmente aceptarán como modelo político a un país que prefiere la pataleta a la seducción con sus convecinos en los temas más sensibles.

Por otro lado, también Washington toma nota de estos rifirrafes. La situación en el norte de África, la Península Arábiga y Oriente Medio no está como para que Estados Unidos se permita bromas en el Mediterráneo occidental. Lo último que querría Obama es una desestabilización en la ribera norte, especialmente en un enclave estratégico para su flota como el estrecho de Gibraltar, y más teniendo en cuenta la presencia de un destacamento de marines y aeronaves de combate americanas en dos bases andaluzas.

Aunque nos encontremos en un mundo cada día menos westfaliano, uno de los principios inspiradores de las relaciones entre Estados soberanos que continúa vigente es que en materia de política exterior, la prudencia es una virtud y la continuidad, un valor. Ni uno ni otro han inspirado las relaciones entre España y Gibraltar en el pasado reciente, y menos a la luz de lo sucedido en los últimos quince días. Es necesario sentarse en la mesa de diálogo para avanzar en la resolución de un problema que, en el fondo, se antoja secundario en el contexto geopolítico mundial que está conociendo un reequilibrio hacia el este, y en el cual España y el Reino Unido deberían de concentrar sus fuerzas en no importar cada día menos.

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(*) Alejandro Barón es investigador junior en política exterior de España y de la UE en la Fundación FRIDE.



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