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Publicada 14/09/2013 a las 12:22 Actualizada 14/09/2013 a las 13:03    
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La cadena independentista, a vista de pájaro

Miles de personas han participado en la cadena humana para pedir la independencia de Cataluña. La masiva afluencia se aprecia especialmente desde el cielo. Las imágenes grabadas desde un helicóptero muestra a los miles de ciudadanos colapsando los enclaves más importantes de Barcelona, o formando una cadena a lo largo de kilómetros y kilómetros.

ATLAS
Es una imagen de fiesta. De mucha, muchísima gente tomada de la mano que comparte algo. Intuyo en el breve recorrido que nos traslada la cámara, que el ánimo allá abajo no es de ira, sino de celebración. Como si lo que se pretendiera no fuera tanto exigir como demostrar, reivindicar como afirmar. Se transmite unidad y algo parecido a esperanza. En ningún caso uno podría en rigor encontrar mala fe, agresividad o abierta exclusión. Y sin embargo, hay quien se lo ha tomado como una afrenta. Porque también hay quien como tal lo ha planteado.

No soy nacionalista y jamás me he sentido cómodo en la exclusión que algunos practican a su sombra. Me sigue sorprendiendo que alguien que se reivindica de izquierdas practique el internacionalismo mediante algo tan escasamente internacionalista como el dibujo de fronteras. Pero qué sería de nosotros sin nuestras queridas contradicciones cotidianas. Por lo demás, eso de montar cadenas siempre me resulta desasosegante, ya sean comerciales o metálicas; las cadenas siempre atan y yo prefiero el riesgo de no atar a la posibilidad de unir, porque de lo segundo se goza y se gana y con lo primero te pierdes sin remedio.

Por eso, desde un punto de vista estrictamente dialéctico, una cadena montada por el nacionalismo siempre parte con grandes posibilidades de provocar heridas graves a mi sensibilidad.

Pero reconocido este prejuicio he de añadir que la sensación que esa cadena humana festiva y colorista me ha provocado esta semana ha sido de respeto y un punto de envidia. Todos compartían una identidad y un deseo. Cada uno, supongo, en diferente grado y con distinta aspiración, pero todos se sentían catalanes y querían serlo aún más y muchos parecían mostrar el camino a sus hijos.

He sentido y siento empatía ante esas imágenes.

Pero me incomoda el procesarlo cuando se cambia la perspectiva, y se ven algunas de las candilejas.

Yo me siento asturiano, y me ubico en ese sentimiento y defiendo mi historia, mi pasado y la lengua de los míos. Jamás me he planteado, pese a ello, poner una frontera a esa emoción de identidad porque es obvio que sellar el pasaporte es menos práctico que dar la mano al vecino, que tiene también su lengua y su cultura, y el derecho a conservarla, pero también a enriquecerse y enriquecerla con el trato mutuo, con la comunicación sin barreras, con la relación no excluyente. Caminar juntos es siempre mucho más rentable que darse la espalda. Es nuestra condición: el origen y el carácter tribal, la necesidad de identidad, es compatible con la colaboración y el desarrollo sólo ha venido con el mestizaje.

Los cientos de kilómetros de la cadena catalana son un dibujo de unidad y deseo común, pero si la fiesta es sólo para los de un color y una bandera, ya no será cadena que una sino que ate y limite. Y es evidente que a pesar de la perceptible sensación de fiesta y la esperanza de mejora que destilan las imágenes, el origen de la convocatoria y su utilización posterior, señalan un inquietante camino de arma arrojadiza, una voluntad de convertir la cadena en mecha de explosión de la liturgia de una suerte de independentismo abiertamente excluyente. Más difícil aún de aceptar si uno considera lo que eso puede tener de humo interesado o tinta de calamar.

¿No nos ahorraríamos mucho ejerciendo de verdad la democracia? ¿No arrebataríamos fuerza a la manipulación de los sentimientos populares dejando que se canalizase su expresión?

No creo que una Cataluña independiente vaya a elevar el nivel de vida de sus ciudadanos, del mismo modo que una España aislada jamás saldría de donde estamos. Pero acaso no fuera mala idea arrebatar su argumentario a quienes se trabajan la propaganda victimista, por la vía del estricto ejercicio de la libertad. De esa cuya grandeza está en abrirse a quienes no piensan como tú.

Yo nunca votaría por la independencia en un referéndum, pero sí creo que los catalanes, como todos los pueblos, tienen derecho a hacerlo, y los políticos que administran estas decisiones a aceptarlo con imaginación y valor. Sin mentir ni ocultar, ni manipular.

Defiendo y defenderé que se brinde esa posibilidad.

Aunque yo no la comparta.

Aunque sólo sea por los cientos de miles de personas que han vivido esa fiesta del pasado miércoles con la saludable confianza de un futuro mejor. Que no creo que llegue así. Pero yo también puedo estar equivocado.




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