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Plaza Pública

El otoño de la alcaldesa


Abelardo Muñoz Publicada 30/09/2013 a las 18:45 Actualizada 01/10/2013 a las 12:35    
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Rita Barberá junto a Alberto Fabra el pasado 25 de mayo.  EFE

Rita Barberá junto a Alberto Fabra el pasado 25 de mayo. EFE

Rita Barberá, alcaldesa de Valencia, celebrará contenta el Nou d´Octubre. El Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana (TSJCV) ha rechazado imputarla en el caso Urdangarín. Y aunque sus salas de lo Civil y Penal reconocen indicios de delito en feo asunto del Instituto Noós, no ve que alcancen a la veterana regidora. Ahora el juez José Castro lo tiene más crudo para aclarar el caso.

La alcaldesa está satisfecha, sus enemigos políticos han mordido el polvo, y sin embargo la reentré no va a ser cómoda para ella. Como buena fajadora que es, se defiende atacando: la semana pasada declaró su intención de seguir en el poder los años que haga falta para evitar el triunfo de su bestia negra: un inexistente tripartito de izquierdas. Siempre es un buen señuelo agitar el peligro bolchevique, delirante sambenito tan del gusto de la derechona hispana.

O ella o el caos, es su más acabada filosofía política. Y con todo este va a ser un otoño tormentoso pues los bolcheviques se la tienen jurada.

Un luminoso día de este verano que se fue, Rita Barberá sonreía feliz rodeada de periodistas y asesores, sobre un mapa de plástico extendido sobre el suelo a pocos metros de la playa del Cabanyal, el legendario barrio marítimo que ella se ha empeñado en hacer desaparecer del mapa de la ciudad.

Enfundada, como siempre, en su traje rojo pasión, Barberá presentaba la Marca España que ella promociona con entusiasmo, tan aficionada como ha sido, junto a su colega Francisco Camps, a la más que dudosa política de grandes eventos que han endeudado a la comunidad, agitada y sumergida hasta el ahogo en un maelstrom de corruptelas y despropósitos. Dos semanas antes el Ayuntamiento había negado el permiso para una asamblea informativa convocada por las asociaciones cívicas de los barrios marítimos, a pocos metros de allí, en el tinglado número tres del puerto. Acaso temiendo que los vecinos del Cabanyal, Malva-Rosa, Natzaret y el Grao la pusieran a caldo les exigió un seguro de responsabilidad civil, ¡por daños a personas!, en su propio barrio.

Para muchos de sus conciudadanos ese sería un ejemplo más del talante autoritario de esta mujer de sesenta y cinco años recién cumplidos, y soltera, que ha pulverizado todos los records y apuestas sobre la permanencia en la casa de la ciudad; lleva veintidós desenfrenadas fiestas falleras saliendo al balcón consistorial para presentar a la fallera mayor. Son sus idus de marzo.

En casi un cuarto de siglo de rodillo municipal conservador, la tercera capital del estado se ha convertido en un infierno urbano. Se ha triplicado la contaminación acústica y lumínica, la ciudad ha sido puesta al servicio del transporte privado y el casco antiguo y los barrios populares, atormentados por la indiferencia municipal, han pagado las consecuencias de inversiones ruinosas en los conocidos eventos y en construcciones faraónicas y en muchos casos inútiles.

Ahora, por fin, se vuelven contra ella por el desagradable caso Nóos. Una nadería: entre tres y cuatro millones de euros públicos presuntamente entregados a cambio de nada a Urdangarín y socios.

Y a pesar de la oportuna decisión del TSJ de devolver la patata caliente de la imputación a los juzgados de Mallorca, poniendo el Mare Nostrum de por medio, algo que le beneficia sobremanera, la reentré ha congelado la risa expansiva y campesina que tiene la alcaldesa.

Barberá consiguió el poder municipal casi de manera rocambolesca gracias al llamado Pacto del Pollo, como se conoce a este sainete político. A principio de los noventa, el PP y el minúsculo partido regionalista de derechas Unión Valenciana se pusieron de acuerdo para descabalgar a la izquierda del Ayuntamiento. Los conservadores engatusaron a los ingenuos regionalistas valencianos con la murga secesionista de “la personalidad valenciana”. El intento de convertir en dos lenguas, el valenciano y el catalán, lo que sólo es una y de enfrentar a dos comunidades. Tras este inmenso favor, luego el PP abandonó a su suerte a UV.

Perversa política que ha envenenado las relaciones entre Cataluña y la Comunidad Valenciana y que aún colea, pues ante cualquier llamada al sentido común estalla la histeria “anticatalanista”, utilizada con gran habilidad por los dirigentes del PP valenciano para echar mucha más leña al fuego en cualquier circunstancia y lugar. Hasta ahora la fórmula ha funcionado y la alcaldesa, dotada del don del populismo, acaso a la manera de Hugo Chávez pero en el bando opuesto, ha conseguido renovar la alcaldía gracias al voto devoto de la gente sencilla.

Es la alcaldesa de los mercados por antonomasia, y su presencia siempre rotunda y excesiva en ellos, con los lujuriantes colores de los puestos de verduras de la legendaria huerta enmarcando su terno rojo y su permanente vintage, han hecho historia.

Rita es, para unos, más valenciana que nadie, de hecho es un icono valenciano, en cambio para otros es la maldición de la huerta.

Esta señora de aspecto imponente y correosa voz, ídolo de tías marías y falleros, tiene más fondo de lo que aparenta. Ya sea ataviada con peineta y mantilla en la procesión del Corpus o en la inauguración de un evento para pijos, como cortando la cinta de la Copa de América 2007, de la que debe un préstamo millonario, Rita es resultona y renueva su carisma de superwoman del cap i casal.

Después de ser una alumna aplicada del muy burgués y confesional colegio Domus, en 1971 se licenció en Ciencias Políticas por la Universidad de Valencia. Su padre era periodista y falangista y ella siguió sus pasos en lo primero aunque algunos malintencionados sospechan que tiene el corazón también en lo segundo pues hasta hace nada su Ayuntamiento se negaba a retirar el título de alcalde honorario al dictador Francisco Franco y lo tuvo que hacer por sentencia judicial. Pero el enterrador de la República sigue como hijo predilecto.

En los tumultuosos años sesenta, Barberá era una joven periodista que hacía información institucional en la emisora Radio Valencia. En los setenta hizo tribunales para el diario Levante, con una sección semanal de urbanismo (¡) Es de la vieja guardia porque se afilió por entonces, 1976, a Alianza Popular y tiene el carnet número tres. Pese a su trabajo de reportera y articulista Rita no pudo ocultar sus ambiciones políticas, que eran muchas, pues aspirando a presidir la Generalitat Valenciana en 1989 se enfurruñó bastante cuando el hoy senador Pedro Agramunt le frustró sus deseos, según cuenta el sociólogo Josep Sorribes en su irónico libro sobre la regidora subtitulado “El pensamiento vacío”.

Frustrado este intento, y quizás como compensación, el PP la puso como candidata al Ayuntamiento y arrasó. Así que el 5 de julio de 1991 tomó posesión de su cargo que dura la abstracta eternidad de un cuento de Borges, o de Poe. En 1993 Aznar la metió en la Ejecutiva y ahí sigue. En la cumbre.

Barberá no deja indiferente a nadie. Los que la conocen dicen que es ingenua y se deja encandilar con facilidad. Pero en su perfil público es agresiva con sus enemigos políticos y muy beligerante. En ella, el derechismo es una espada ideológica.

La malograda intención de la Fiscalía de imputar a la alcaldesa y su correligionario Camps por el caso Nóos, acusándoles de contratar al Instituto de cara a impulsar el Valencia Summit (otro dichoso evento) por cuyas tres ediciones la entidad percibió tres millones de euros públicos “sólo para doblegarse a las exigencias de Don Iñaki Urdangarín”, según la instrucción, (para hacer la pelota, hablando en plata), podría marcar el principio del fin del largo reinado de la simpática y racial mandataria valenciana.

Y pese al rechazo del TSJ valenciano, siempre está el dicho popular de que cuando el río suena, agua lleva. El otoño de la matriarca popular que si, en un futuro incierto, da un respiro a su agresiva política, y se pone, pongo por caso, a escribir sus memorias, podrá hacer un recuento de lo que para muchos valencianos será una herencia muy dolorosa.

Acaso el pecado más grave sea su complicidad al cerril rechazo por parte de la mayoría absolutista del PP, a investigar, pedir responsabilidades y reparar con humanidad el accidente del metro urbano de 2006, el más grave de la historia de España con 43 muertos y 47 heridos y cero responsables políticos. Pero hay mucho más, la negativa a revelar el dinero gastado y derrochado en la visita del papa Benedicto XVI, justo meses después de la tragedia.

El escandaloso contraste de las cesiones de suelo público a la Iglesia y la muy privada universidad católica mientras muchos niños valencianos siguen estudiando en barracones. Y una corrupción de infarto en el caso de la depuradora Emarsa. De ahí que un importante sector de la ciudadanía y no digamos la oposición comienzan a pensar que Rita Barberá, pese a su arrogancia política y sus dedos amenazadores contra la izquierda ha carecido siempre de una idea sobre su ciudad. Así que la antigua columnista de temas urbanísticos se ha convertido en una urbanicida aplicada.

Sobre su posible responsabilidad política en el caso Nóos, Barberá ha dicho que en el auto “hay falsedades” y tuvo para un diario local unas declaraciones un tanto poéticas: “todo eso se va acumulando sobre todo en el subconsciente y parece que al final yo me haya saltado a la torera cualquier legalidad” y sobre todo el “yo no firmé nada”. Sin embargo el daño a su imagen puede ser irreparable, pues se cierne sobre su gestión la sombra de la sospecha.

Rita Barberá, la alcaldesa periodista, la dama jovial de los mercados, la alegría de la huerta durante dos larguísimas décadas, empieza a temer, como el coronel de Gabo, no tener a nadie que le escriba.


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