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Economía a debate

Retos y tendencias del sistema agroalimentario

Franco Llobera Publicada 16/01/2014 a las 17:40 Actualizada 17/01/2014 a las 00:35    
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Solo por detrás del sector turismo en porcentaje del PIB, pero estrechamente vinculado a él, el sistema agroalimentario, entendido como el conjunto de las actividades extractivas, industriales y de comercialización, y de restauración, es esencial en la economía y la cultura española. El sistema alimentario tiene también una gran importancia geopolítica e internacional como muestran las adquisiciones de tierras por parte de china en Asia, África, América o incluso en Europa del este, o las revueltas de los años 2008-2011 relacionadas con la subida del precio de la energía y de los commodities alimentarios.

Las oscilaciones y alzas en el precio de los cereales, cuyos precios se deciden en la Bolsa de Chicago, han contribuido en gran medida a producir las revueltas que se han sucedido en el mediterráneo sur desde la primavera de 2011. Los retos globales de la soberanía alimentaria adquieren una mayor relevancia política si se analizan desde el conocimiento de los retos que la alimentación supondrá para una humanidad de 9.000 millones de personas a mediados del siglo XXI.

El sector turístico, principal sector económico en España, tiene un fuente esencial de suministros en el sistema agroalimentario, y este tienen a su vez la base de su producción en el propio territorio afectando a las condiciones ambientales de la mayor parte de la superficie del país y del planeta. A diferencia de otros sectores industriales concentrados, el agroalimentario es un sistema difuso por todo el territorio nacional, fundamentalmente rural, y con largas cadenas de suministro plenamente globalizados (aceites, leguminosas, cereales, carnes, pescado, etc.).

Pero a su importancia económica y social hay que sumar su no menos importante contribución al consumo de energía y a la emisión de Gases de Efecto Invernadero. Sus emisiones son equivalentes por kg de producto final a las de sectores concentrados y sujetos a mercados de emisiones como los materiales de construcción. Mientras una tonelada de cemento contribuye con entorno a 2 kg equivalente de CO2 por kg de producto, el sector cárnico aporta cerca de 8 kg, y una sencilla ensalada de cuarta gama entorno a 1 kg equivalente de CO2 por kg de producto final. La dependencia de la energía de los modernos sistemas de producción de alimentos, comenzando con la agricultura intensiva (maquinaria agrícola y fertilizantes de síntesis suponen más del 50% del total de consumo energético de un alimento), constituye uno de los grandes retos de eficiencia económica y ecológica que debe hacer frente un sector en un país ya de por si dependiente energéticamente.

Coyuntura y tendencia del sector agroalimentario en España.

Según el Ministerio de Agricultura en su informe 2012, el sector agroalimentario, incluyendo todas sus fases (producción materias primas, transformación, comercialización y distribución), representó en 2012 el 7,8% del PIB nacional y genero 1,8 millones de puestos de trabajo, lo que supone el 10,3% del empleo en toda España,y actúa como un sector refugio para el empleo gracias a la estabilidad del consumo interno y a la vocación exportadora y la demanda de los socios europeos.
En 2012 la población ocupada en el sector agrario ascendió a 810.000 personas (datos seguridad social), con 471.000 asalariados (EPA) (y otros casi 400.000 eventuales no suficientemente profesionalizados). El conjunto de trabajadores que se emplean en el sector, y el total de empleo siguen creciendo con apenas variaciones desde hace más de una década.

El agroalimentario es el primer sector en la industria de manufacturas, aportando el 14% del PIB Industrial y el 17% del total del empleo industrial. Para el conjunto de las industrias agroalimentarias el numero de trabajadores supera los 1,25 millones de personas, y ascendiendo a 1,8 millones si se incluye la distribución alimentaria. La industria alimentaria representa casi el 20% del total del empleo industrial de España. La tasa de desempleo en el sector de alimentación es menos de la mitad que la tasa de paro global en el conjunto del país, con un 10,3% en el último trimestre de 2011. La industria de alimentación y bebidas empleó a 446.300, un 0,4% más que en 2010.

Al final de la cadena de los alimentos el consumo en los hogares esta creciendo. El canal de la restauración y la hostelería ha visto reducir su contribución a las ventas finales de alimentos, con un 33% en 2012 y una caída del 4% respecto al consumo en los hogares solo en el año 2011.

El sistema agroalimentario presenta una doble característica que le aporta especial salud e importancia estratégica: por un lado la fuerte demanda interna poco flexible, con crecimientos y decrecimiento sensiblemente inferiores a la media del PIB, por lo que contribuye a mantener la actividad económica y a reducir el carácter ultracíclico de otros sectores. Presenta además una clara tendencia a la exportación (que creció un 15% en 2012) lo que contribuye a compensar la desequilibrada balanza de pagos de nuestro país. En el difícil año 2012 las exportaciones de alimentos crecieron un 2,5% y un 8,5% la exportación de bebidas (especialmente vino). El sector alimentario constituyó el 13% de las exportaciones totales, y un crecimiento en 2011 respecto a 2010 del 89% (¡!). El 30% de la producción no transformada de alimentos y el 22% de los alimentos transformados se exportan.

También es destacable, como luego analizaremos, la baja contribución de los alimentos al IPC, cinco décimas por debajo de la media. En estos aspectos del consumo interno y del comportamiento inflacionista podemos considerar que es un sector socialmente estratégico.

La importancia social de lo agrario y alimentario se confirma en el hecho de que es la Política Agraria Común es uno de los pilares de la Unión Europea, y que dispone desde hace 50 años, de un Fondo Estructural Especifico, que sigue suponiendo casi el 50% del presupuesto de la Unión. Las ayudas suponen de media cerca del 20% de los ingresos que tienen los agricultores (titulares de explotaciones), que miran a esta política común más que a la propia evolución de los precios de venta, o el coste creciente de los insumos agrícolas que están básicamente acoplados al precio del petróleo.

El trabajo agrícola constituye una bolsa de marginación laboral, con una eventualidad (contratos por días), que supera el 80%, una difícil y escasa presencia de la figura de contratación fija discontinua, y un subsidio agrario circunscrito a Extremadura y Andalucía.

Un proceso de concentración vertical: el auge y poder de la Gran Distribución.

Otra característica del sistema agroalimentario, desde el punto de vista financiero, es que al ser la demanda de alimentos más segura y estable que otros sectores más sujetos a fluctuaciones de demanda, esta resultando especialmente atractivo para las grandes inversiones. El interés inversor en el sector alimentario y de la distribución no ha estado exento de la tendencia a la concentración, y en la ultima década se ha confirmado una clara tendencia a la formación de oligopolios, especialmente desde 2008 en que se inicio una guerra de precios entre las grandes cadenas de la distribución, fundamentalmente entre el Grupo Carrefour-Dia y el Grupo Mercadona, que juntos agrupan ya casi el 60% del suministro de alimentos en España

Este fenómeno de concentración-integración y el poder sin precedentes que ha adquirido la Gran Distribución en la conformación de los precios, esta presionando los precios a lo largo de la cadena de valor o del ciclo de vida, los reduciendo notablemente los márgenes en la industria y en las actividades agrarias lo que afecta de modo directo a los salarios. El informe de marcas blancas que realizó la Federación Agroalimentaria de CCOO en 2009 advertía de descensos en las condiciones salariales superiores al 40% en una serie de productos básicos (lácteos, cervezas, cárnicas).

La Gran Distribución que ha centrado su poder en la captación y fidelización de los consumidores a partir de una táctica de competencia en precios aprovechando su posición de “final de cadena”, esta consiguiendo abaratar o contener los precios de los alimentos, presionando a los eslabones más alejados. Los agricultores han perdido cerca de un 20% renta en los últimos ocho años, y las condiciones laborales de los trabajadores asalariados más de 800.000, se han visto empeorar todavía en mayor medida.

El Ministerio de Agricultura y la Dirección General de Agricultura y la Comisión Europea insisten en la necesidad de integrar el sector agrario, la industria y la distribución. Prueba de ello es la reciente Ley 12/2013 de Integración de la cadena alimentaria cuyo objetivo fundamental es luchar contra los abusos desde ciertas posiciones de fuerza que permite la concentración de la Gran Distribución.

Un reciente informe de Análisis y Prospectiva del Ministerio reconoce la necesidad de un enfoque sistémico y la existencia de un Sistema Agroalimentario que incluya desde la producción de las materias primas hasta la distribución y comercialización de los alimentos.

Tanto el concepto de trazabilidad y seguridad alimentaria como la integración bajo el liderazgo definitivo de la Gran Distribución convergen en el hecho fundamental o trasfondo ultimo de las mutaciones de integración que se esta confirmando en el sector agroalimentario: se ha producido una superación del concepto tradicional de sector primario, secundario y terciario o de servicios. El concepto tradicional de “sectores de actividad” ha cambiado y es más apropiado hablar de sistema integrando: la producción de materias primas alimentarias, ya sean agrarias pecuarias o pesqueras, las industrias de transformación de alimentos y bebidas, la distribución alimentaria, e incluso la restauración y la hostelería que reducían hasta un 33% la venta final de alimentos en España en 2012, son un único sistema que debe transparentar la formación de precios, las condiciones ambientales de producción y las condiciones sociales y laborales.

Esta peligrosa dinámica de concentración vertical, especialmente acelerada e intensa en el caso de España, aunque por detrás de otros países nórdicos o el Reino Unido, ha tenido sin embargo algunos efectos positivos a corto plazo; así por ejemplo es notable la contención del IPC de los alimentos, especialmente si se compara con el IPC de los alimentos en los otros países de la Unión. Esta contención de precios ha coincidido precisamente con el despegue de las grandes cadenas de distribución nacionales, y con el inicio de una paulatina degradación de las condiciones salariales de los trabajadores en la mayoría de eslabones de estas cadenas de valor.

Por otro lado, y tras los graves reajustes productivos que ha supuesto la sólida integración vertical de la distribución, si este sector se internacionaliza podría contribuir de modo muy notable a tirar de la demanda industrial agroalimentaria en España. Porque efectivamente, la relación calidad precio es buena y una plataforma de distribución europea podría ser una potente maquinaria de exportación.

Nuevas tendencias, y las apuestas de futuro en la estrategia agroalimentaria.

Llama especialmente la atención entre las ultimas tendencias de los mercados la evolución de algunos subsectores de especial potencial de generación de empleo y con especial capacidad para generar cambios profundos en el modelo productivo:

Según el informe del MAGRAMA de 2011, mientras el conjunto del sector agroalimentario decreció 0,3% en 2011 y 0,2% en 2012 (menos de la mitad de lo que lo hizo la economía del país), la agricultura ecológico creció en facturación y un 11% y en empleo un 17% interanual. Esta producción tienen un alto potencial de exportación (el 85% de la producción ecológica certificada se exporta), y es además más efectiva en creación de empleo. Con este crecimiento del 17% del empleo en 2011, y mantenido esta tendencia en el tiempo como así parecen indicar su fortalezas, podríamos duplicar la población activa agroecológica antes de 2018. El potencial de crecimiento interno y externo de este subsistema ecológico es muy grande en España.

En lo relativo a los grandes retos, el sector Alimentario es responsable según el IPPC del 17% de las Emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI). La reducción de riesgo de Cambio Climático es una de las prioridades en la agenda europea para 2020 y uno de los objetivos fundamentales de la PAC y en consecuencia la reducción de emisiones es uno de los criterios de asignación de las ayudas greening (el 30% de las futuras ayudas agrarias). Es importante entender el papel que la agricultura juega en los equilibrios de la atmósfera. Por un lado los cultivos leñosos (muy importantes en España: olivar, viñedo, frutales) contribuyen a la remoción de carbono, pero igualmente importante entender las emisiones vinculadas a la fabricación de los fertilizantes de síntesis, sustancias que además son muy inestables y volátiles, lo que las convierte es importante causa de emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI). El balance no es de remoción, pero podría serlo si se aplicaran como fertilizantes residuos orgánicos (que son importante sumidero) en sustitución de los fertilizantes de síntesis.

En este sentido, las emisiones de GEI puede situarse entre un 30-50% menos, para un mismo producto y sistema logístico, si esta producido en condiciones agroecológicas que en sistemas agroalimentarios convencionales. La clave de esta diferencia radica en la sustitución de los fertilizantes de síntesis, que además de emisores de GEI, son muy intensivos energéticamente, lo que contribuye a la importación de energía, y a empeorar la balanza de pagos país, a presionar a la baja el factor trabajo, y a la critica volatilidad del costes y precio de los alimentos.

El aprovechamiento de los residuos orgánicos, sea urbanos, agrícolas o forestales para fines energéticos o de fertilización sustituyendo estos fertilizantes de síntesis tiene un especial efecto sinérgico como paradigma del cambio de modelo energético y productivo: reduce la dependencia de energía importada y particularmente del petróleo, reduce las emisiones de GEI, y contribuye a valorizar biorresiduos y generar empleo local, mejorando además sensiblemente la salud laboral.

Además de los beneficiosos efectos sobre la exportación, la salud de las personas (trabajadores y consumidores), la conservación de los ecosistemas, o la calidad organoléptica de los alimentos, la agricultura ecológica es también más intensiva en empleo.

Estas amplias sinergias positivas son parte fundamental en la agenda de cambio de modelo productivo que debemos explicitar como estrategia país: una orientación agroecológica del conjunto del sistema agroalimentario lo hará más eficiente en términos económicos, sociales y desde luego ambientales.

Así convergen dos tendencia de cambio en el modelo productivo del sistema agroalimentario: hiper-concentración y verticalidad por un lado, y por otra producciones agroecológicas. Ambos son procesos en gran medida opuestos, pero los dos crecen como una más de la paradojas y fuerzas de digresión que afectan a este confuso y contradictorio inicio del siglo XXI.

De cara al diseño de políticas industriales agroalimentarias es muy significativa otra de las contradicciones que afecta al tejido productivo: el porcentaje de pequeñas y medianas empresas es del 98%, con enfoque de alimentos tradicionales de alto valor cultural; frente al segmento de las grandes industrias, muy intensivas en capital, en las que juega un importante papel el I+D, especialmente en alimentos biosaludables, y que se centran en proveer a la Gran Distribución.

En la última década se ha producido una creciente división entre las grandes y las pequeñas empresas, con una rápida desaparición de las medianas. Este escenario precisa de una clara especificidad en el diseño de políticas sectoriales. Mientras las grandes concentraciones, lideradas por la Gran Distribución, requieren medidas de control oligopólico y de transparencia en la formación de precios y en las condiciones ambientales y sociolaborales de producción a lo largo de todo el ciclo de vida; las pequeñas empresas de corte más artesanal y de alta calidad son las realmente fundamentales para aumentar el valor añadido de las exportaciones.

La pequeña, y o lo que queda de la mediana empresa alimentaria, precisan medidas de integración precompetitiva en cluster(agrupaciones empresariales) agroalimentarias de ámbitos subsectoriales para todo el Estado, bioregionales (no necesariamente autonómicos) o incluso en muchos casos provinciales o comarcales. Así una de las claves para la política industrial agroalimentaria es implementar incentivos a la cooperación precompetitiva: asociacionismo, compra conjunta de insumos o de servicios avanzados, compartición de investigación o exportación, y otras formas de agrupación productiva entre pymes. De cara a la gran industria es prioritario el fomento de sistemas participativos de calidad integrada en la gran industria (avanzar en el objetivo y las eficiencias de la democracia organizacional). Y para todo el sector en su conjunto labio-intensificación, aprovechando residuos orgánicos como fertilizantes, reduciendo el consumo de energía y las emisiones de GEI, son prioridades estratégicas para mejorar simultáneamente la viabilidad económica, la sostenibilidad ambiental y la calidad y la capacidad de exportación del sistema agroalimentario Español.
 
_________________________________________________________

Franco Llobera. Ingeniero Técnico Forestal.
Asistencia Técnica Federación Agroalimentaria CCOO.
 





1 Comentarios
  • 1 Bird Boe 20/02/14 08:37

    No es fácil encontrar en prensa un artículo que analice este sector de manera profesional, muchas gracias.

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