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Plaza Pública

Recuperar el espíritu del asilo

Chema Arraiza Publicada 30/06/2014 a las 06:00 Actualizada 30/06/2014 a las 18:23    
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La capital de Kosovo, Pristina, el día de la bandera albanesa.

La capital de Kosovo, Pristina, el día de la bandera albanesa.

CHEMA ARRAIZA
Hace poco más de diez años presencié una historia de terror. Estaba en Kosovo. Tres días después de nuestro 11-M, las minorías serbia y gitana de la exprovincia serbia vivieron su 17-M (en realidad el desastre duró tres días, del 17 al 19 de marzo del 2004). Todo comenzó cuando tres niños se ahogaron mientras jugaban a orillas del río Ibar que separa el norte serbio del sur albanés. El niño superviviente, acongojado por la culpa, contó una historia fantástica en la que los niños habían sido perseguidos por paramilitares serbios con perros de presa. El rumor se extendió como el fuego gracias a periodistas con ganas de calentar los ánimos contra la minoría serbia.

Al día siguiente hordas de albano-kosovares atacaron los enclaves serbios, los monasterios ortodoxos y los barrios gitanos. Al igual que en 1999, los tanques y los soldados de la OTAN, sin formación ni materiales antidisturbios decidieron priorizar el salvar las vidas de los desplazados y el evitar una escalada a proteger las propiedades. Mas de cuatro mil personas fueron desplazadas de sus hogares. Algunos, como los habitantes de Svinjare, vieron arder sus aldeas desde su refugio en las bases militares.

Pocos días después, yo conducía un todoterreno blindado de la OSCE entre Pristina y Mitrovica, en Kosovo, acompañado de mis traductores serbio y albanés. Íbamos a entrevistar a un grupo de gitanos del pueblo de Vushtri/Vučitrn que se habían refugiado en un destacamento de la OTAN después de ver –mientras huían a pie– cómo la muchedumbre robaba y después quemaba sus casas. De camino pasamos por el barrio serbio de Obilić, cerca del lugar donde en 1389 se libró la “batalla del Campo de los Mirlos” entre tropas otomanas y un ejército cuya composición se disputan diferentes narrativas nacionalistas (Ismail Kadare lo plasma bellamente en su libro “Tres Canciones por Kosovo”).

Paramos el coche para fotografiar los restos de un barrio calcinado. Los muros habían caído pero las chimeneas seguían en pie, las baldosas coloridas de los baños asomaban extrañas entre las cenizas y el viento hacía volar trozos de papel y tela semi-quemados. Entonces un anciano se nos acercó. Era una figura entristecedora de ropa polvorienta y andar cabizbajo. Tenía los ojos enrojecidos bajo una gorra de tela, la piel acartonada. Podría venir directamente de la Primera o la Segunda Guerra Mundial, de las dos guerras balcánicas, de la noche de los tiempos. Podría ser serbio, albanés o gitano. Podría ser de Murcia, Siria o cualquier parte del mundo. Su nacionalidad era el ser víctima: una identidad universal.

Nos rogó que le lleváramos a su casa, recién quemada para ver si podía recuperar algo entre las ruinas. Un álbum de fotos, quizás más ropa, cualquier cosa que quedara de valor para ayudarle a afrontar su nueva vida de desplazado. Creo que es la imagen más triste (dejando aparte otras mucho más felices) que recuerdo de Kosovo: la de una persona a la que le habían robado la calma que merece la vejez. Un octogenario obligado a vivir aventuras más intensas que las que vive cualquier joven en la seguridad de la Europa occidental.

Porque la guerra te roba eso: la posibilidad de aburrirte, de tener un día vago e insulso. Le roba una mañana lenta de primavera a un anciano en un pueblo como Obilić, en la que quizá se sentaría a tomarse un rakia con sus colegas o a cuidar de su huerto casero, y la convierte en una historia de terror. Roba los juegos, las risas y las disquisiciones de una Ana Frank y los convierte en el diario de una niña escondida. Destruye algo que pocos saben apreciar en toda su magnitud: la rutina. Obliga a las personas a dejar detrás sus vidas y arriesgarse a rehacerlas en otros lugares. Es como cuando en Doctor Zhivago un oficial pregunta al protagonista que a qué se va a dedicar en su refugio en la estepa y él responde “¡a vivir!”.

Ser refugiado o desplazado interno no es una opción, como lo puede ser para el inmigrante. Es una lucha inevitable por la vida. Como lo expresa brillantemente el personaje de Zero, el botones, en la película Gran Hotel Budapest cuando su jefe le recrimina el haber venido a su país a ganarse la vida: "No soy un inmigrante, soy un refugiado”. Sus padres fueron asesinados, su casa quemada y él mismo perseguido. No está de botones en un país extraño por gusto.

Estas ideas son las que refleja el lema de la nueva campaña de ACNUR de promoción de los derechos de los refugiados y concienciación sobre la institución del asilo: “La rutina es fantástica”. La campaña contrasta imágenes rutinarias de personas en Europa con las mismas imágenes en campos de refugiados. No es lo mismo hacer la compra que hacer colas para conseguir una minúscula ración de comida.

Hoy en día hay más o menos el mismo número de refugiados y desplazados que durante la Segunda Guerra Mundial. 51,2 millones de personas en situación de desplazamiento forzoso a finales del 2013, según el informe de “Tendencias Globales” recién publicado. El dato en sí no tiene en cuenta el crecimiento demográfico mundial, por lo que la proporción es menor. Pero siguen siendo cincuenta millones de personas en una situación límite, inaceptable. Cincuenta millones de injusticias intolerables.

Para una persona que disfruta de las comodidades de la vida en países como el nuestro (quiero decir, agua corriente, electricidad, servicios sanitarios y educativos –si es que estos últimos sobreviven a los recortes y la privatización–) difícilmente puede ponerse en el lugar de los refugiados, los desplazados internos y otras personas que necesitan protección internacional como las víctimas de trata. Pero es necesario hacer tal esfuerzo. Recuerdo una campaña promovida por Emma Thompson titulada Viaje en la que una persona podía experimentar lo mismo que experimenta una víctima de trata cruzando un túnel instalado en la calle y consistente en los diferentes escenarios de la trata: el viaje escondido cruzando la frontera, el burdel, la comisaría… Quizá lo mismo podría hacerse algo parecido para que viviéramos lo que experimenta, por ejemplo, una refugiada siria.

De hecho, es importante que una sociedad tan solidaria como la española recupere el espíritu del asilo (tal y como mostró durante la crisis de Kosovo, por ejemplo). La necesidad de dar protección internacional a las víctimas que huyen de conflictos como el de Sudán del Sur, Siria, República Centroafricana y demás. Nuestro país, incluso dentro de la situación de crisis que vive, tiene capacidad para dar cobijo a mucho más de las escasas 4.600 personas actuales. Una minucia en comparación con los 187.000 que acoge Alemania, los 232.000 de Francia o los 114.000 de Suecia.

Al menos, debemos de cumplir con nuestras obligaciones mínimas: un sistema eficiente y justo de identificación y protección de los potenciales refugiados que llegan a nuestras fronteras (especialmente Ceuta y Melilla). Ofrecer menos que eso sería desatender nuestras obligaciones legales y peor aun, cometer el error de permitir que se repitan los horrores contra los que se ha construido el sistema internacional de derechos humanos. Como Ana Frank escribió, “que maravilloso es el que nadie tenga que esperar ni un segundo antes de mejorar el mundo”.
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Chema Arraiza fue durante 8 años asesor en derechos humanos para la OSCE (Kosovo y Alto Comisariado sobre las Minorías) y en la actualidad colabora con diferentes ONG
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1 Comentarios
  • 1 Copito 30/06/14 13:16

    Estupendo artículo. Se trata de humanizarnos, ese es el auténtico progreso.

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