LA TENTACIÓN DE LA CASILLA CERO

 

Alicia Miyares

Cuando la democracia comienza a perfilarse en la última mitad del siglo XIX como la forma de gobierno posible y deseable, tres serán  las teorías políticas que contribuirán a su cimiento ideológico: el liberalismo, el socialismo (entiéndase éste con todos los matices) y el feminismo. Qué modelo de sociedad es el más deseable, cuáles han de ser las condiciones mínimas para garantizar la autonomía de las personas, qué tipo de estado es el más eficaz para resolver los problemas de la ciudadanía, fueron y siguen siendo cuestiones inherentes a la propia democracia y las diferentes, y en muchos casos antagónicas,  respuestas estuvieron y están determinadas por la teoría política a la que se recurra.

La cohabitación de las distintas ideologías en el escenario democrático no ha sido fácil, pero lo que distingue a la democracia de otras formas de gobierno como dictaduras, teocracias, etc. es que es la forma de gobierno que da cauce al desacuerdo, garantizando, a su vez, la convivencia pacífica de ideologías enfrentadas. En esta pugna ideológica le correspondió al feminismo la peor parte, puesto que en el decurso histórico ha sido considerada una teoría política, indeseada, inmoral y antinatural por el pensamiento conservador y ha sido incomprendida o “aparcada” por el pensamiento político de izquierdas. Muchas han sido las razones por las cuales al feminismo se le desprecia o ignora, pero me limitaré a indicar las claramente ideológicas.

El pensamiento conservador desde Locke a nuestros días siempre ha utilizado la idea de la Familia como metáfora política, por la cual se concibe el Estado  como una gran familia: en ambas instituciones “la natural-tradicional” y la “publica-imaginaria” ha de haber una última autoridad que “por costumbre” (expresión de Locke) reposa en el varón. Así pues,  la irrupción del discurso feminista que subvierte el “orden natural” del mundo, que cuestiona la idea de una “familia natural” jerarquizada, que afirma el igual derecho a la autoridad de mujeres y varones y que reniega de la existencia de roles diferenciados le ha de parecer al conservadurismo político una seria y repugnante amenaza a sus posiciones políticas. Ello no está reñido con que en nuestros días, sean muchas las mujeres que ostenten representatividad en la esfera de lo público-político siempre y cuando el sustrato ideológico no se cuestione.

Por otra parte, contradictoria ha sido la relación del feminismo con el pensamiento político de izquierdas, ya que ambas teorías políticas desde su origen vincularon la idea de justicia social con igualdad. Sin embargo, en el pensamiento político de izquierdas se dio una especial relevancia a los conceptos de “clase social” y  “explotación”, afirmando con ello que combatir la desigualdad dependía de la aplicación de políticas equitativas de distribución de la riqueza. El feminismo, por su parte, a este planteamiento le añadiría un matiz de hondo calado al señalar que la desigualdad no residía únicamente en desigualdades materiales, sino también en desigualdades normativas y culturales para las que la aplicación de criterios distributivos eran claramente insuficientes: la desigualdad no era sólo explotación y carencia de oportunidades, sino también todos los rasgos de opresión que se confabulaban en torno a la categoría “sexo” y que afectaban a las mujeres por el hecho de ser mujeres: subordinación, carencia de poder, marginación, violencia e imperialismo cultural (androcentrismo). Ahora bien, este matiz feminista fue y sigue produciendo resistencias a su aceptación: en el binomio mujer-varón que las mujeres representen al proletariado  y los varones a la burguesía, en feliz expresión de Engels, no parece implicar contradicción alguna para afamados izquierdistas. La no aceptación del feminismo o la resistencia a sus vindicaciones sólo puede responder a la creencia, aunque no se haga pública, de que realmente hay un “orden natural” de los sexos.

Pese a estos antecedentes históricos y  resistencias actuales, el feminismo y las corrientes políticas de izquierda estaban llamadas a entenderse y limar las desconfianzas. Este tender puentes comenzó en el último tercio del siglo XX y en muy buena medida contribuyó a ello, en las sociedades democráticas, el afianzamiento del modelo de sociedad basado en el “Estado de bienestar”: la idea de mejorar, completar y consolidar ese modelo social llevará al cruce de caminos entre el feminismo y la socialdemocracia. Surgió de todo ello una agenda política nada desdeñable por lo que sería inadecuado tildarla de “intraagenda” feminista: el feminismo no opera como un lobby o grupo de interés. Su agenda política es una agenda colectiva, puesto que el feminismo al promover cambios en los modos de vida de las mujeres indefectiblemente promueve cambios en los modos de vida de los varones.

En el caso de España, por ejemplo, la agenda política feminista fue llevada a término, en algunos de sus puntos, por el último gobierno socialista. Se legisló en materia de derechos sexuales y reproductivos, en violencia de género, en la necesaria representatividad de las mujeres, en el reconocimiento de las tareas de cuidado,  en cambios en los contenidos curriculares en el aula, en mecanismos preferenciales de acceso de las mujeres al empleo etc., pero a la par no se articularon los suficientes diques de contención a la reacción que día a día   en los púlpitos, en sectores o administraciones educativas, en instituciones académicas y en medios de comunicación lograron generar un estado de opinión en contra sin precedentes.  El objetivo del pensamiento reactivo conservador se centró básicamente en instalar en la opinión pública que un grupo de interés, las feministas, pretendía imponer una agenda indeseada. Se importó de los grupos “neocon” estadounidenses el uso del  término “feminazi” para criticar a los colectivos de mujeres feministas. La campaña de descrédito de aquellos años ha llegado a nuestros días traducida en dos versiones: impunidad o desconfianza.

Así por ejemplo, el conservadurismo político está operando con total impunidad para desbaratar todo lo que tenga que ver con políticas de igualdad y con cambios normativos y culturales, confiados además en que no es esperable una campaña mediática y crítica de proporciones parecidas a las sufridas por el gobierno socialista. El pensamiento político conservador tiene como objetivo situar al feminismo, de nuevo, en la casilla cero. Por otra parte, en algunos sectores de izquierda  o de la nueva izquierda emergente se ha instalado la desconfianza. A ellos se debe la expresión “feminismo institucional” con evidentes connotaciones peyorativas para designar lo llevado a cabo por las feministas socialistas, feministas de otros partidos políticos y las organizaciones de mujeres. La expresión “Feminismo institucional” es de todo punto inadecuada por inexacta pues si pudiéramos remitirnos a una institucionalidad feminista no sería tan fácil alterar lo alcanzado en términos legislativos en materia de igualdad. Parece, por lo tanto, anidar en algunos sectores de la izquierda política la tentación de volver de nuevo a la casilla cero, en la creencia que desde esa posición originaria se podrán hacer las cosas de otra manera y mejor.

Ante esta situación corresponde al feminismo y a las feministas sobrevolar  la polaridad en la que parecen haberse instalado los partidos políticos. Si bien muchas feministas nos identificamos también con unos u otros partidos políticos, siempre hemos operado con la idea de la igualdad como reconocimiento lo que nos ha permitido no caer en la estrechez de miras del “y tú más”. Nada sería más desastroso para el feminismo que incurriera en la enfermedad que lastra a los partidos políticos, incluidos  los de nuevo cuño, las valoraciones alicortas y los juicios cínicos o cicateros. El feminismo tiene el suficiente camino andado para iluminar una democracia más plena.

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