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Salud, dinero y las pipas del loro

Publicada 04/04/2015 a las 12:37 Actualizada 04/04/2015 a las 13:02    
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Los centros de salud atenderán a las personas en situación irregular

El ministro de Sanidad, Alfonso Alonso, rectifica a su antecesora y asegura que los inmigrantes irregulares volverán a ser atendidos en el ambulatorio.

Me parece muy bien que el Gobierno rectifique aunque sea parcialmente, como con miedo, en eso de la desconsideración sanitaria legal hacia los que no tienen papeles. Era un despropósito moral y humanitario que ni de lejos justificaba el argumento del ahorro para el erario público, porque la cantidad ahorrada bien podría ser considerada técnicamente como el chocolate del loro. Ese mismo loro que se había quedado sin pipas con los recortes en los salarios de los sanitarios y en su material de trabajo, que fue prácticamente lo único que hizo el ministerio de Sanidad de doña Mato: desanimar al personal y rebajar la calidad de los materiales para afrontar la gravísima crisis del Sistema Nacional de Salud. Por fortuna para todos, el pasado de doña Mato y su incapacidad manifiesta para gestionar lo del ébola –con la inestimable colaboración de un equipo de asesores que parecían empeñados en cavar su tumba– acabaron con ella fuera de la gestión de la sanidad en España.

Quien hoy ocupa su lugar parece querer enmendar algunos de sus muchos errores y ha empezado por el más evidente e inaceptable. Eso sí, con la limitación de seguir negando la tarjeta sanitaria y con ella una asistencia y un seguimiento constante y estable sin el cual en poco o nada queda esa atención ahora recuperada. Parece como si tuviera miedo de rectificar completamente y volver a la situación anterior. Quizá por eso, por quedarse a medias, es por lo que la medida tiene más rasgos de decisión electoral que de cambio real de orientación.

Nada de lo que se ha hecho hasta ahora en la sanidad pública española ha servido para detener la crisis del Sistema Nacional de Salud. Reducir los sueldos y las compras solo han conseguido, como en educación al cercenar las plazas de profesores, privar de motivación y de medios a un sector profesional español altísimamente cualificado, tanto como para que cualquier observador medianamente atento constate que es gracias a ellos que la Sanidad en España es o ha sido tan solvente. O, por precisar, la atención sanitaria.

Porque el problema no está en el gasto, sino en la gestión: lo importante no es recortar, sino racionalizar; no hay que eliminar, sino priorizar; privatizar, sino colaborar.

Lo que la Sanidad española necesita hoy es una Administración que otorgue autonomía a los profesionales y capacidad a los gestores, que no dependa más de las necesidades electorales que de las de la población. Y reformar para ello lo que sea necesario. Empezando por la propia Administración pública, necesitada de agilidad, disposición y engrase para servir de verdad a los ciudadanos. Resulta frustrante que Hacienda sepa absolutamente todo de nosotros y Sanidad sea incapaz de unificar las historias clínicas incluso dentro de las propias comunidades autónomas. Posibilidades de agilización hay, otra cosa es que se quieran explorar. Si duda, mejoraría notablemente la atención sanitaria general. Y la salud global también. Aunque para esto último acaso fuera también necesario que de una vez el Gobierno, cualquier Gobierno, todos los gobiernos, se tomaran en serio de una vez las políticas de salud pública, no solo en casos como el ébola y la colza.

Porque la asistencia sanitaria es solo una parte de la salud de una sociedad como la nuestra. Con una política adecuada de medioambiente, condiciones de trabajo, carreteras o prevención, se ahorraría mucho más que recortando atención a emigrantes o sueldos a doctores.

No estaría de más que en estos tiempos de petición de voto exigiéramos los electores compromisos de salud pública coordinada y eficaz con el objetivo de conseguir una mejor y más extensa salud para todos. Es vital, pero tengo serias dudas de que quien nos gobierna o aspira a hacerlo tenga suficiente amplitud de miras. ¿Verdad?


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