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Plaza Pública

Michael Oakeshott vs Pablo Iglesias: la risa de hoy o la utopía de mañana

Aurora Nacarino Publicada 08/09/2015 a las 06:00 Actualizada 08/09/2015 a las 17:16    
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Cuentan que un día, durante una fiesta en la facultad donde era profesor, un alumno vestido de gótico, ropas negras, cadenas incluidas, acorraló a Michael Oakeshott llevado por los ardores del alcohol. El joven, visiblemente exaltado, acusó al filósofo de evadir deliberada y sistemáticamente el problema de la “existencia”. ¿Y qué problema es ese?, quiso saber Oakeshott, más divertido que acobardado por su siniestro pupilo. El muchacho miró al docente con severidad y le espetó: “¡Es la desesperación!”. Entonces Oakeshott entendió. Alzó los ojos hasta alcanzar los del apesadumbrado estudiante y le respondió sin gravedad: “Bueno, creo que te darás cuenta de que te acostumbras a eso”.

Hoy he recordado esta anécdota leyendo el artículo '¿Y si al final no pasa nada?', donde Ignacio Sánchez-Cuenca argumenta que, a pesar de las pulsiones de cambio que han sacudido tanto España como Europa desde que estalló la crisis, es probable que la aversión al riesgo de los ciudadanos les lleve a rechazar aventuras transformadoras. Señala Sánchez-Cuenca con atino que, “cuanto más tiene la gente que perder, más conservadora y medrosa se vuelve ante lo incierto”. Esta sería la razón por la que los partidos tradicionales se recuperan en las encuestas conforme se aproximan las elecciones generales, mientras las alternativas nacidas al calor de la indignación, con Podemos como referente, tienden a perder fuelle.

Al final, las personas simplemente se acostumbran, como advertía Oakeshott, a la desesperación. Puede sonar descorazonador, pero lo cierto es que el filósofo británico lo asumía sin un ápice de derrotismo. Al fin y al cabo fue el propio Oakeshott quien nos legó la definición de conservadurismo más maravillosa jamás escrita, que para él se trataba de “preferir lo familiar a lo desconocido, lo contrastado a lo no probado, los hechos al misterio, lo real a lo posible, lo limitado a lo desenfrenado, lo cercano a lo distante, lo suficiente a lo superabundante, lo conveniente a lo perfecto, la risa presente a la dicha utópica”. Y mucho de esto hay en los ciudadanos remisos a embarcarse en peripecias de dudosa arribada.

Oakeshott era, a diferencia de muchos de sus colegas coetáneos, un optimista. Sin embargo, eso no le hacía permanecer ajeno al contexto histórico que le había tocado vivir. El conservadurismo del filósofo, que por encima de todo fue un liberal (en el sentido genuino del término), ha de entenderse como un cinturón de seguridad frente a la política de masas, el auge del nacionalismo y el colectivismo autoritarios, y las dos guerras mundiales a sus espaldas. Hacia 1940 se había evaporado el triunfalismo que había caracterizado la Europa de principios de siglo, cuando existía una creencia generalizada en el progreso como algo inevitable. La expansión de la democracia y el desarrollo técnico habían contribuido a alimentar esta opinión que, sin embargo, pronto se vio frustrada en todo el continente.

Algo parecido puede señalarse en el caso de los ciudadanos españoles y europeos de nuestros días. Atendiendo a la cuestión doméstica, la crisis económica fue para los españoles un frenazo en seco después de varias décadas de modernización, de catching up con Europa y de crecimiento económico sostenido. La debacle financiera desató la indignación, y acaso la desesperación, de los ciudadanos, dando alas a formaciones como Podemos, que prometían una ruptura con el orden político del 78.

Pero, a la hora de la verdad, parece que serán de nuevo los partidos viejos los que protagonicen los próximos gobiernos. Sánchez-Cuenca se pregunta: “¿Y si al final no pasa nada?”, y yo me pregunto si alguna vez estuvo escrito en algún sitio que tuviera que pasar algo. Es verdad que, durante algunos meses, Podemos se alzó como primera fuerza en las encuestas, pero no es menos cierto que esas encuestas quedaban muy lejos de la cita con las urnas. Recogían un sentimiento de hartazgo creciente, sí, pero no podíamos inferir de él que todo el tablero político fuera a quedar patas arriba a finales de 2015.

Por otro lado, debemos recordar que en la configuración de un resultado electoral participan numerosas variables, que no todo queda al albur de un electorado caprichoso, ahora indignado, ahora conformista. Es seguro que la recuperación económica está jugando a favor de los partidos tradicionales, especialmente del PP, y es lógico que así sea: si la situación económica tiende a mejorar, menor será la tentación de los ciudadanos de romper con el sistema

Y tampoco puede el electorado ser indiferente a los aciertos y los errores comunicativos de los partidos. Hace solo unos meses, los medios presentaban a Pablo Iglesias y Errejón como dos genios de la comunicación política. Después vinieron más de un escándalo sobre su financiación y, sobre todo, Grecia. Podemos tomó partido desde el principio por Tsipras y Varoufakis, y se alineó contra Europa. La prudencia, la indefinición con la que tantas veces había planeado el partido sobre asuntos como el aborto, el pago de la deuda o la cuestión territorial dio paso a un torrente de entusiasmo por Syriza. Pablo Iglesias midió mal las probabilidades de éxito de Tsipras en una negociación con la Unión Europea. Y, sobre todo, no entendió que los votantes quieren estabilidad política, no pulsos constantes a las instituciones que todos nos hemos dado. Según una encuesta de Metroscopia, un 43% de los españoles considera que tiene más razón el Eurogrupo que Tsipras (25 %).

Por último, y a pesar de su intento de viajar al centro, Podemos es reconocido por los ciudadanos como un partido muy escorado a la izquierda, lo cual limita irremediablemente su capacidad de crecimiento, así como sus opciones de convertirse en una alternativa de gobierno. Su ubicación ideológica, sumada a los errores estratégicos y comunicativos cometidos por la formación, y los últimos buenos datos sobre crecimiento económico y empleo han contribuido a desinflar las expectativas electorales de los de Pablo Iglesias.

Todo ello, por supuesto, sin olvidar la aversión al riesgo de los ciudadanos que señalaba Sánchez-Cuenca. Después de todo, son mayoría los que, como Oakeshott, prefieren la risa presente a la dicha utópica; los que se conforman con cultivar su jardín en lugar de tomar el cielo por asalto.
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Aurora Nacarino es politóloga y periodista. También es miembro del colectivo Socialismo es Libertad.



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