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Muy fan de...

Muy fan de la comunidad internacional


Publicada 14/09/2015 a las 06:00 Actualizada 18/09/2015 a las 20:11    
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Bienvenidos a La Nave del Misterio. Hoy hablamos de un ente enigmático. Hay quien asegura con total convicción que existe, aunque millones de seres humanos en todo el mundo jamás lo han visto ni lo verán... La comunidad internacional: ¿mito, realidad, leyenda urbana? Muy fan.

¿Qué tipo de fenómeno sobrenatural es esa entidad a la que tantos se dirigen en abstracto como si se tratara del espíritu encerrado en un tablero de Ouija? “Niñas sirias cantan a la comunidad internacional”, “Apelamos a la comunidad internacional para que tome medidas urgentes en la crisis humanitaria”, “La foto de un niño sirio ahogado en Turquía conmociona a la comunidad internacional”.

Podríamos decir que es un espectro tan reacio a hacerse presente que lleva a la desesperación a quienes lo invocan: “¡¡¡Comunidad internacional, si estás aquí, manifiéstate!!!”. Bueno, aunque esta sería la fórmula adecuada y educada para la petición, lo que realmente piensan los que apelan al fantasma escurridizo es: “¡mueve el vaso, coño, que a este paso no vamos a vivir para contarlo!”.

Expertos en el campo del misterio aseguran que en algunas ocasiones concretas, el ente sí ha dado claras muestras de su existencia con admirable rapidez. En estas sesiones, cuentan los allí presentes, el cubilete recorrió ágilmente el tablero y fue señalando, sin vacilar, una letra tras otra “p, e, t, r...” hasta completar la palabra mágica: P-E-T-R-O-L-E-O.

Otros afirman que si te metes en el cuarto de baño a las doce de la noche y repites frente al espejo tres veces la palabra “INTERESES”, la comunidad internacional aparece muy sonriente y te guiña un ojo.

Hay ilusos que han probado con otras palabras: sátrapa, población machacada, violación de derechos humanos, pero ante este tipo de vocablos, lo único que se refleja en el espejo es la cara de idiota que se le queda al invocador.

La comunidad internacional también podría ser como ese misterioso calamar gigante al que hay que ir a buscar a las profundidades de los océanos –algunos se ahogan en el intento–. Y uno de sus más visibles tentáculos, la “Unión” Europea.

Resulta hipnótico ver cómo se mueve el apéndice europeo del internacional cefalópodo: tardo, lánguido, ralentizado, como si su modo de proceder respondiera al lema creado por el ilusionista argentino René Lavand, “No se puede hacer más lento”, pero en versión desilusionante. Sus miembros son capaces de convocar un 30 de agosto reunión de urgencia para el 14 de septiembre. ¡Olé tus huevas!

Hay imágenes, sin embargo, capaces de acelerar milagrosamente la velocidad del movimiento de este parsimonioso molusco, la del pequeño Aylan muerto en la playa, por ejemplo. Representación gráfica y vergonzante de los miles de niños que pagan con su vida –a diario– el resultado de la maldad de unos y la indolencia de otros.

Claro, acostumbrados al habitual silencio ante el desastre, el sonido de alguna de las voces más representativas de la comunidad –Jean Claude Juncker– con un discurso alejado de la impasividad y cercano a la empatía y la compasión, que le devuelve el sentido a lo que significa ser humano, pone los pelos más de punta que una psicofonía del mítico Jiménez del Oso:

“Si fueran ustedes, con sus hijos en brazos, los que vieran cómo el mundo se deshace, no habría muro que no fueran a subir, no habría mar que no fueran a atravesar o frontera que cruzar para huir de la guerra o del Estado Islámico. Debemos acoger a los refugiados en la UE".

Pasará el tiempo y los dramas individuales de cada una de las víctimas de la injusticia en el mundo tendrán diferentes finales, siempre ha sido así a lo largo de la historia. El drama colectivo, sin embargo, nunca desaparecerá del todo, siempre ha sido así a lo largo de la historia.

Todos sabemos que al cabo de un tiempo aparecerá un nuevo conflicto o reaparecerá el mismo de antaño, insistente y perseverante como las caras de Bélmez, pero la comunidad internacional no se inmutará. Tampoco le temblarán las piernas si un día, en alguna curva de alguna cumbre de Estado, se aparece ante sus miembros una figura espectral, recordando los viejos errores y advirtiendo de un nuevo desastre: “En esa crisis humanitaria me maté yo”.

El ente seguirá viviendo en otra dimensión, en su mundo paralelo, con sus ritmos, sus pactos, sus fotos de familia, sus amigos y enemigos –que podrán pasar de una categoría a otra con extrema facilidad, as usual–. Y cuando le pidan ayuda, seguirá aplicando su tan socorrido slogan publicitario:

“Una solución distinta para cada problema”
 
Que nunca será lo mismo si la crisis se produce en Sudán, o en Etiopía, o en Bosnia, o en Ucrania o en Palestina, o en Venezuela, o en Irak...

“Llame al teléfono de atención al sufridor y le pediremos que pulse uno u otro botón dependiendo del país desde el que llama. Gracias, estamos aquí para ayudarle”. (RISAS ENLATADAS)

Entretanto, el resto de los habitantes del mundo continuará preguntándose si ese misterio llamado “la comunidad internacional” existe, o si nos tenemos que aplicar la máxima del mentalista Anthony Blake: “Todo es producto de su imaginación, no le den más vueltas, no tiene sentido”.
LA AUTORA


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