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Qué ven mis ojos

Los cómicos y los cínicos

Publicada 09/02/2016 a las 06:00 Actualizada 09/02/2016 a las 00:09    
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“Ten cuidado con las huellas que sigues: donde pisa el hipócrita no vuelve a crecer la verdad”.


En un país donde gracias a tres cuartas partes del PP y a algunos políticos de aquí y de allá hay tanto que esconder, tanto dinero negro, tantas deudas sin saldar, tantos cadáveres en los armarios y tantas facturas en el buzón, es difícil imaginar lo que se cuece en las cocinas de los partidos, pero sí que sabemos cuál es su receta para preparar un discurso: dos gotas de ideología, medio litro de cinismo, cuarto y mitad de demagogia y lo pones a hervir en los medios de comunicación, que en muchos casos y a fuerza de dar gato por liebre han pasado de negocio propio a franquicia y de restaurante de cinco tenedores a local de comida barata. No sabemos si el poder es una enfermedad de la lengua o de los ojos, si quienes mienten más que hablan no saben lo que dicen o es que la autoridad les nubla la vista, pero el resultado es el mismo: su mundo se divide en dos, a un lado sus negocios y al otro el resto del mundo. Que algo sea verdad o mentira es lo de menos, sólo les importa quién lo dice, en qué bando está y cuánto se llevan.


La actualidad va muy deprisa, pero ellos tienen las manos rápidas y la manipulan en cuestión de segundos. Fíjense en el asunto de los titiriteros a los que se ha encarcelado por hacer una farsa con sus marionetas que le resultará hiriente a ciertas personas e inoportuna y prescindible a casi todas, pero que cuesta aceptar que a nadie en su sano juicio le parezca motivo suficiente para meterlos entre rejas. Esas mismas rejas detrás de las que por ahora no están ni Rato, ni Blesa, ni Matas, ni Bárcenas, ni tantos otros que no habrán contado un chiste violento y sin gracia sobre la ETA, pero han hundido al país, han provocado desigualdad, hambre, paro, miedo, desahucios, sufrimiento, marginación, abandono... Que el ministro del Interior los acuse de enaltecer el terrorismo es un ejemplo de que un bastón de mando es una doble vara de medir: siguiendo sus propios argumentos, ¿a él lo podríamos acusar de enaltecer la dictadura y los crímenes de Estado por ir a meditar, según confiesa hacer a menudo, al Valle de Los Caídos? ¿Qué demonios hace un cargo público de nuestro país en la tumba de un criminal? Por supuesto, el eco lo devuelve todo, lo mismo un verso de Góngora que el relincho de una yegua, y la ventaja del que azuza una jauría es que los ladridos de los animales no dejan oír los gritos de auxilio de aquellos a quienes se persigue. Ya me entienden.


Se acaba de estrenar en Madrid, en las Naves del Español, Sócrates, juicio y muerte de un condenado, una obra de teatro dirigida por Mario Gas, escrita por él mismo y Alberto Iglesias e interpretada por José María Pou en su papel protagonista. El texto se basa en los escritos de Platón sobre su maestro y cuenta la historia de aquel filósofo casi anacoreta que después de convertirse en uno de los padres de la democracia fue condenado a muerte por quienes la habían usurpado, aunque fingieran ser sus guardianes. “Sólo sé que no sé nada”, parece que dijo alguna vez, pero mentía: en realidad estaba al corriente de todo y por eso se atrevió a denunciar los abusos de los oligarcas, la corrupción de las instituciones, el recorte de las libertades de los ciudadanos y el peso intolerable de la religión en la sociedad. Los hipócritas que fingían atacarlo para defender el Estado eran los mismos de hoy en otra época y otro lugar, y por ello fue acusado de burlarse de los dioses de Atenas y de corromper a la juventud de Grecia. Lo que no se parecía en nada, eso sí, era la categoría moral de aquel pensador del siglo V y la de los condenados o sospechosos de hoy: él era un ser íntegro, que bebió la cicuta por dignidad, por coherencia; una persona que no quiso huir y salvarse como le ofrecieron, para no ser indigno; alguien que en otro montaje, esta vez hecho por Adolfo Marsillach y Enrique Llovet en 1972, se atrevió a repetir una de las sentencias que se le atribuyen y al hacerlo produjo un terremoto en los periódicos del régimen, que lanzaron contra el actor a los esbirros del mismo general al que reza Fernández Díaz: “Es mejor sufrir la injusticia que cometerla”.

Como en La muerte de Sócrates, el famoso óleo de Jacques-Louis David, en el incisivo y aleccionador drama de Mario Gas y Alberto Iglesias también hasta el guardia encargado de llevarle el veneno a su celda, lloraba al despedirse del sabio al que van a mandar al cementerio unos senadores movidos desde la sombra por los canallas. Las últimas palabras del maestro fueron para pedirle a sus amigos que entregasen un gallo a una persona a quien se lo debía y para advertir de que tarde o temprano el futuro es para los inocentes y los honestos: “Sé que siempre habrá alguien para pasear a mi lado y denunciar a los corruptos, a aquellos que se llenan los bolsillos. Sé que siempre habrá alguien dispuesto a hablar de la traición, a señalar a los insensatos, a los viles, a los que se burlan de la justicia, a los que usan la democracia para llenar sus arcas de oro. Siempre habrá alguien dispuesto a plantar cara a la mentira y buscar la verdad.”

Según su discípulo Platón, Sócrates también dijo que el orgullo engendra al tirano y que un líder no es quien lleva un cetro sino quien sabe mandar. Y por si les sirve de algo a quienes hoy vuelven a exigir que se lleve a prisión a unos desafortunados titiriteros cuyas bromas desatinadas quieren usar contra la alcaldesa de Madrid sus rivales –que en eso de barrer para casa la sangre que derramaban los asesinos de ETA, como hicieron tras los atentados de Atocha, tienen una dilatada experiencia–, parece que también dijo esto otro: “Cuatro características corresponden al juez: escuchar con cortesía, responder con sensatez, ponderar con cautela y decidir con imparcialidad.” Ahí lo dejo.


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