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Qué ven mis ojos

En qué se diferencian la mayonesa y la ideología


Publicada 01/03/2016 a las 06:00 Actualizada 06/03/2016 a las 21:36    
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“Desconfía de las líneas rojas: suelen ser rayas que pintan en el suelo para separar las dos mitades de una doble moral”


Lo que no se sabe puede dividirse en tres: lo que se ignora, lo que se olvida y lo que se recuerda de un modo parcial. En esta época de pactos y compraventa, aquí hay muchas personas de buena fe que van de lo segundo a lo tercero, tal vez porque tienen la impresión de que desde que todo ha cambiado nada se mueve, y eso hace que perdamos de vista lo que distingue la ideología de la mayonesa: que la segunda vale igual para la carne que para el pescado, pero la otra no. Por eso y porque el mensaje de la transición sigue sonando de forma atronadora en todos los altavoces, se ha instalado en la sociedad española la idea de que todo es negociable y siempre hay un punto de encuentro o un cruce de caminos entre lo que va hacia la izquierda y lo que va hacia la derecha.

En qué se parecen un neoliberal y un socialista es el principio de un chiste que aún no se ha inventado y que va a hacernos falta para quitarle hierro a las negociaciones que estos días de naranjas y rosas hacen tres de los cuatro partidos que salieron de las últimas generales con el rabo entre las piernas pero aún con ganas de cazar. A río revuelto, ganancia de pescadores, y más en estos tiempos líquidos que la crisis ha llenado de agua estancada; pero cuidado, porque si miras en un diccionario de sinónimos la palabra “negociación”, encuentras “convenio” o “alianza”, que son magníficas, pero también “transacción” y “componenda”, y en estos instantes no se puede descartar ninguna de ellas, todos los personajes de esta historia son sospechosos y todos tienen un móvil: conseguir montar un gobierno y sentarse en un sillón azul.


No deberían tratar de lograrlo a cualquier precio, porque en ocasiones para lo único que puede servirle a alguien llevarse el gato al agua es para que se ahoguen los dos juntos.

A la hora de empezar la semana en la que todo podría llegar a su fin, el líder del PSOE y aspirante al palacio de La Moncloa, Pedro Sánchez, se ha decantado por comprometerse ante su Comité Federal a ofrecer “al resto de las fuerzas del cambio”, es decir, a Podemos y sus confluencias e Izquierda Unida, un acuerdo “que vaya más allá” del que ha cerrado con Ciudadanos pero sin alejarse de él; y su fórmula para estarse quieto a la vez que se mueve, es añadir en su nueva oferta ciertos avances “en materia laboral y social, de regeneración democrática, de lucha contra la corrupción y por la igualdad de género”, que sirvan “para propiciar la transición energética, buscarle soluciones a los desafíos del cambio climático y mejorar nuestra política de asilo y acogida a refugiados.”

Decía el dramaturgo y premio Nobel de literatura Samuel Beckett que “ser artista consiste en tener el valor de fracasar donde nadie se ha atrevido a hacerlo”, y eso es lo que trata de hacer Sánchez desde el centro del escenario. El menor de sus problemas es que sabe que las espadas están en alto, pero no si quienes las sujetan van a hacerle pasillo o a darle el descabello; el más grande es que si ocurre lo segundo y tienen que volver a ponerse las urnas en los colegios, le va a resultar difícil explicarle a sus votantes que él sólo quería ser como el ángel de ese cuento de Borges que volaba a un tiempo hacia el norte y hacia el sur. Porque a muchos les va a dar la impresión de que en un caso hacía de pájaro y en el otro nada más que de señuelo. Pablo Iglesias ya le ha dicho que no y se entiende, porque en el fondo, si se piensa bien: ¿de verdad es verosímil que todo sea susceptible de ser compartido, que hay un hilo capaz de coser todas las banderas y que existe un guiso en el que se pueden juntar todos los ingredientes sin que ninguno devore al otro, como nos dicen que ocurrió en 1977?

La editorial Acantilado acaba de publicar una hermosa novela de Franck Mauber, titulada La última modelo, en la que se recrea la relación entre uno de los creadores más admirados del siglo XX, el pintor y escultor Alberto Giacometti, y una joven prostituta llamada Caroline con la que tuvo una larga relación y a la que hizo numerosos retratos que hoy cuelgan en museos de todo el mundo. Al parecer, estaba tan encaprichado de ella que ni siquiera le hizo caso a Marlene Dietrich cuando la actriz fue a buscarlo a su taller y empezó a mandarle cartas en las que le pedía que se fuese con ella. Él le envió a su hotel de París un ramo de rosas dibujadas y un gato de escayola hecho para ella, pero no quiso pasar de ahí. A su musa, sin embargo, le regaló un coche descapotable de color rojo y cuando después de desaparecer durante meses volvió para decirle que se había casado con otro, no se lo tuvo en cuenta: al fin y al cabo, él tenía a su esposa, Anette, a la que llevaba a las cenas con Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Jean Genet, mientras con Caroline paseaba por los bosques y los clubes de alterne. Las dos mujeres se pelearon en más de una ocasión y hasta el final, incluso en la clínica de Suiza a la que había sido llevado Giacometti cuando la enfermedad lo dejó herido de muerte. Pero la amante salió perdiendo, a juzgar por lo que cuenta Maubert: cuando el narrador del libro la encuentra, está acabada, malvive en un antro y está en poder de un individuo que la maltrata. “El mejor servicio que Felipe IV le prestó a España y al resto de la humanidad fue haber posado para Velázquez”, decía Giacometti, y no es que Caroline lo discuta, porque guarda como un tesoro aquella experiencia, pero el caso es que ha perdido todo lo demás, y del pasado no se come.

La moraleja de esa historia es que hay que tener cuidado con qué o a quiénes se elige como modelo y que, sea cual sea, si no lo cambias te quedas atascado, te repites, no evolucionas. A la luz de la actualidad, lo mismo es que la transición de 1977 ya no sirve para hacer otro cuadro: hacen falta nuevos colores. Y por supuesto, necesitamos maestros, no copistas. Lo que valió para superar la dictadura de los militares sediciosos de 1936 no tiene por qué servir para hacerle frente a la de los mercados.


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