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Qué ven mis ojos

Se llaman Robin Hood, pero son Robin Judas

Publicada 19/04/2016 a las 06:00 Actualizada 19/04/2016 a las 09:54    
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“Dime de quién reniegas y te diré qué fuiste...”.


Las personas estamos hechas a imagen y semejanza de los personajes, porque todo está en los libros; por eso para explicar cómo son algunos individuos o definir ciertos sucesos, transformamos los nombres de los escritores y de sus criaturas de ficción en adjetivos y cualquiera sabe qué queremos decir cuando hablamos de situaciones kafkianas, escenarios dantescos, hombres que se las dan de donjuanes o actitudes quijotescas. Hasta ahora, sin embargo, no se ha inventado un término que provenga de Robin Hood, pero ya urge, con tantos ladrones que se creen una versión contemporánea de él y afirman haber robado por puro altruismo o, en el peor de los casos, para otros y con su complicidad. Por eso cuando los acusan, los sientan en el banquillo o los conducen a prisión, muerden lo mismo la mano que los señala que la que les dio de comer, culpan por igual a los enemigos y a los cómplices, hacen cualquier cosa con tal de no rendirse o asumir sus responsabilidades y siempre amenazan con arrastrar en su caída a quienquiera que se les ponga por delante: la diferencia entre un delincuente que actúa en solitario y el que forma parte de una banda es que cuando les echan el guante, el primero tira la toalla y el segundo tira de la manta.

Un buen ejemplo de ello lo encontramos en la evasión de impuestos y el blanqueo de capitales, que también son una forma de desfalco, pero no sólo contra Hacienda, sino también contra todos los ciudadanos, porque lo que no declaran los habitantes fantasmagóricos de los paraísos fiscales es el dinero que hace falta para construir y mantener escuelas, institutos, universidades, guarderías, centros de salud y hospitales, pagar pensiones y sueldos de funcionarios, sufragar las prestaciones por desempleo, construir infraestructuras, mantener las fuerzas de seguridad… Tal vez Hacienda somos unos más que otros, pero quien la defrauda, nos saquea a todos. A pesar de ello, y como ejemplo del cinismo talla XXL que caracteriza al poder, no hay uno solo de los políticos con cuentas opacas en Suiza, las Islas Caimán, Luxemburgo, Delaware, Andorra o Panamá que no se sienta víctima de una conspiración, que no se presente como alguien a quien han traicionado los suyos. Por cierto, que lo de llamar a esos escondrijos para salteadores “cuentas opacas”, ya indica el cuidado con el que se tratan esos asuntos desde las altas esferas del poder y la economía. Es como si al zulo de unos secuestradores lo llamáramos igual, una “habitación opaca".


El expresidente del Gobierno del PP, José María Aznar, casi lo hizo cuando llamó a la ETA “movimiento vasco de liberación”, y ahora, al filtrarse que la Agencia Tributaria le impuso una multa de 70.403,96 euros y le obligó a realizar además una declaración complementaria por otros 199.052,19, ambas a causa de diversas irregularidades cometidas al utilizar una sociedad instrumental para ahorrarse el pago de la mitad de los tributos a los que estaba obligado, el jefe de la FAES montó en cólera, exigió ser recibido por el ministro y, según ha sido publicado, le dijo: “¡No me puedo creer que los míos me hagan algo así”. Hay gente que confunde a los camaradas con secuaces o encubridores y, por lo tanto, no entiende la diferencia entre mirarte con afecto y hacer la vista gorda. El dirigente, en cualquier caso, anunció este lunes que presentará una denuncia ante la Fiscalía General del Estado por revelación de datos tributarios, seguro de ser objeto de una cacería y de sufrir “injurias y falsedades” continuadas, es de suponer que por parte de sus correligionarios.

En su día, Rodrigo Rato también se subió por las paredes, concretamente por las del Ministerio del Interior, cuando un juez se atrevió a dictar su arresto, y exigió ser recibido por el ministro Fernández Díaz: “¡No me puedo creer que nuestra policía me detenga y me meta en un furgón!”, tal vez clamase. La última noticia que hemos tenido de él tras las tarjetas black, la salida a bolsa de Bankia, la malversación y demás cuestiones, es que también recurrió a la compañía Mossack Fonseca para liquidar una fortuna oculta superior a 3,6 millones de euros. Ciertos sectores del Partido Popular mostraron entonces su malestar por el trato que se dispensaba al antiguo vicepresidente, más o menos como hoy con respecto a otro ministro, esta vez el de Industria, que acaba de caer del pedestal por sus operaciones fraudulentas en la misma Panamá. “Nadie que haya operado desde paraísos fiscales puede estar en el Gobierno", dijo Montoro, una declaración que ha hecho que los barones y otras especies venenosas lo hayan acusado de humillar a José Manuel Soria. Debe ser que para estas cosas existen unas normas de comportamiento y hay que guardarle respeto a quien no se lo tiene ni a su cargo ni a su país. Eso sí, por supuesto siempre y cuando se trate de “uno de los suyos”.

Para ilustrarme acerca de ese código ético del hampa de guante blanco que, por lo que parece, siguen a rajatabla los compinches de las diferentes tramas en las que se han visto envueltos cargos de los conservadores, de la Gürtel a la Púnica, pasando por su financiación ilegal y por los sobres con pagos en negro, leo fascinado el libro Bárcenas. La caja fuerte (Los papeles secretos del tesorero del PP), un trabajo hipnótico de la periodista Marisa Gallero, publicado en La Esfera de los Libros, que deja al descubierto la mentalidad de estos sinvergüenzas, por describir al protagonista de la obra con el calificativo que le dedicó hace muy poco la secretaria general de su partido, María Dolores de Cospedal. Él no se considera nada de eso, sino la víctima de una conspiración, pero lo que te deja la sangre helada es lo que dice sobre él uno de sus colegas, que también ha ocupado el despacho que fue suyo en la calle Génova, para afearle su actitud: “Tenía que haber actuado como en la mafia, haber negado los papeles y comerse el marrón, esa responsabilidad va implícita en su puesto”. Y después enuncia lo que, en su opinión, debiera haber hecho con esos documentos: “Primero, no tenía que haberlos escrito. Segundo, no tenía que haberlos guardado. Tercero, no tenía que haberlos enseñado. Cuarto, tenía que haberlos destruido. Quinto, tenía que haberlos negado. Sexto, no tenían que haber existido”. Dicho así, suena como si ése fuera el modo habitual de operar de “los suyos”. Así viven estos supuestos patriotas, con la mano derecha agarrada a una bandera y la izquierda metida en la caja de caudales.

En el libro de Marisa Gallero, Luis Bárcenas se justifica asegurando que “lo único” que ha cometido es un delito fiscal, dejando claro que a él ni se le pasó por la cabeza todo ese rollo de la solidaridad impositiva, las escuelas y los hospitales, porque para eso tienen la educación y la sanidad privadas quienes se lo pueden permitir. “¡Y qué español no intenta no pagar impuestos!”, añade, en su defensa. Todos los que son decentes y ninguno de los que se lleva su dinero a un paraíso fiscal, se le podría responder. Pero hay algo más y suena muy inquietante: cuando tras haberle sido tomada declaración, lo mandan a la cárcel, él confiesa que no se lo esperaba, y tiempo después, al salir en libertad, asegura haber pensado en su celda que había cometido un error, que “esa semana (…) me tendría que haber tragado mi orgullo y llamar a Mariano Rajoy. No escuché ninguna de las señales de alarma. Pensé que nunca se atrevería y seguí como si no fuera a pasar nada. Si le hubiera llamado, nos hubiésemos entendido y estoy seguro de que no se habrían acelerado los acontecimientos”. ¿Cómo? ¿Presionando a quién? No sería al juez, porque ellos, como queda claro, no son de los suyos. ¿Saben por qué? Porque justo en eso es en lo que consiste el Estado de derecho. Y no sé si el que la hace la paga, pero al revés seguro: el que no paga, no se rehace; y antes o después, lo pescan. O si no, que se lo pregunten a Mario Conde. En esta vida, ser un Quijote te proporciona aventuras y ser un Robin Hood, aunque sea de mentira, te lleva en línea recta a una mazmorra, que es el lugar donde acaban todos los salteadores. Y si para que lleguen allí hay que tomar un par de curvas, tampoco pasa nada. Y, por cierto, si hace falta inventar un término que describa a esta ralea, yo propongo uno que me parece que tiene la virtud de definir de un solo golpe lo que son y lo que dicen ser: ¿Qué les parece robinjudas? Ahí lo dejo.
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