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Los oficios más jóvenes del mundo

Publicada 24/04/2016 a las 06:00 Actualizada 24/04/2016 a las 11:26    
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Es inevitable vivir estos días con una situación de tristeza y de cansancio. La crisis económica, que es sin duda la más dura para la vida de una sociedad, está acompañada por una crisis ética muy grave y por una crisis política que se mueve entre la impotencia y la desorientación. Lo que parecía ser un tiempo de cambio puede desembocar en la grisura de unos años de plomo.

¿Es posible crear ilusiones duraderas atendiendo a uno solo de los factores de esta tristeza? Por detrás de la manipulación de las cifras, de las actitudes electoralistas y de los juegos con el déficit, la economía gobernada por los rumbos de la desigualdad sigue ahí. Se llama salida de la crisis a la perpetuación de una lógica que ha quebrado en España los modestos dispositivos de amparo social que se conquistaron a lo largo de la Transición. La ley del más fuerte suele dar buenos resultados para los fuertes, y esos resultados se confunden con una reactivación económica colectiva.

La crisis sigue ahí. Por eso una llamada al cambio ético y político no es asumible sin un proyecto que suponga de forma rotunda la transformación de la economía. Suenan a hueco las llamadas a la honradez y a las nuevas maneras, si no hay una apuesta por la lógica de la igualdad a la hora de pensar en la fiscalidad, la inversión pública y el cuidado de los amparos sociales.

Esto, claro, no significa que no tenga peso la corrupción en los sentimientos de tristeza y de cansancio. Aunque los escándalos sean tan frecuentes y ruidosos que puedan convertirse en costumbre, por debajo de la rutina queda una sensación de desaliento grave, como de respiración infectada, de gente obligada a vivir en el cieno. Y todo vuelve a mezclarse. Sería un error situar sólo el problema en la falta de ética individual, porque el espectáculo demuestra que es el sistema político y económico el que sostiene la lógica de la corrupción. Los paraísos fiscales son permitidos porque a las naciones les conviene que regrese en blanco el dinero que salió de ellas en negro. Nadie va a tomar medidas serias contra el chanchullo y el delito económico si no está convencido de que la tarea última de la economía y la política es la igualdad.

¿Hay autoridad ética para llegar a acuerdos políticos que propongan como discurso social la igualdad? La necesidad está ahí, desde luego. La crisis económica ha iluminado también un estado de cosas grave. La raíz de la sociedad son los oficios, porque el trabajo es el primer ámbito de compromiso y la principal energía a la hora de crear conciencia cívica. El maltrato no sólo se ha dado en el desprecio público a los funcionarios, con especial agresión a los médicos y profesores que trabajan para el Estado, sino también en el sometimiento a intereses corporativos o especulativos de oficios tan importantes como el de juez o el de periodista. ¿Es posible aquí la independencia?

La respuesta es que sí, que es posible, porque lo han demostrado casos singulares de jueces que actuaron con independencia frente al sectarismo político y periodistas que buscan la veracidad más allá de la lógica de los bancos y de los grandes inversores. Es importante, desde luego, esta actitud personal, esta vocación que convierte los viejos oficios en los oficios más jóvenes del mundo, en vocaciones que siguen creyendo en su razón de ser, en su trabajo como ámbito de compromiso cívico. Ahí está la profesora que se siente responsable de sus alumnos, el médico que respeta la dignidad de los enfermos, el albañil que no admite una chapuza o la funcionaria que no atiende a la gente en las ventanillas como si estuviese tratando con animales. Ahí están.

Pero la vocación y el oficio individual son sólo una alternativa individual. La sensación de orfandad es inevitable si las energías individuales no se ven amparadas en un discurso colectivo, es decir, en una apuesta política con autoridad, más allá del espectáculo de las coyunturas que acaban siempre desmintiéndose a sí mismas. Esta tristeza de las negociaciones fracasadas no tiene que ver con la incertidumbre, sino con el desamparo de los huérfanos.

Durante años se ha impuesto la idea del descrédito de la política, del todos son iguales, del se dedican a trepar en los partidos los que no tienen oficio ni beneficio. Una dinámica muy grave que desemboca en la indignación y después en los fuegos de artificio o en los estallidos irracionales. Pero la tristeza es otra cosa, tiene que ver con la orfandad, con el desamparo que siente la persona convencida de que la política es importante, mientras comprueba que la política no está a la altura. Más que soberbias, miedos o mezquindades, necesitamos una ilusión política que dé amparo y sentido a los oficios más jóvenes del mundo. Somos los más partidarios de la política los que empezamos a sentir que los políticos no están a la altura. Y eso es triste.
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