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Qué ven mis ojos

Cómo hacer pasar un cuchillo de carnicero por una batuta de director de orquesta

Publicada 21/03/2017 a las 06:00 Actualizada 21/03/2017 a las 10:52    
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“Hay quien vota esperando que le den de beber los mismos que le exprimen”.

Ayer fue el Día Internacional de la Felicidad y hoy son dos días, o al menos uno con dos nombres, el Día Internacional de la Poesía y el Día Internacional Contra la Discriminación Racial. Para las personas con las que mejor se lleva uno, hay un nexo entre las tres cosas, un sistema de vasos comunicantes que las pone en relación y las define, porque son gente que cree que una sociedad puede ser sana si es justa, si nadie es descartado ni invadido y todos disponen de alimentos para el cuerpo y el espíritu, es decir, de las tres ces: comida, casa, y cultura. El mundo en el que vivimos es un lugar donde el sueño de la sinrazón neoliberal ha producido monstruos como el presidente de los Estados Unidos, capaz de decirle a la canciller de Alemania que “la inmigración no es un derecho sino un privilegio”, y por eso tantos se reían del rey de Bután cuando presentó en 2012 en la ONU su idea de la Felicidad Nacional Bruta, un plan que proponía convertir el grado de bienestar de sus súbditos en un índice de la calidad de cualquier Estado. Pero al final, el asunto siguió adelante y hoy en día el FNB no será el PIB, pero sí que es considerado un indicador del nivel de vida de los ciudadanos, que se calcula en ese territorio midiendo nueve puntos, entre ellos su salud, su equilibrio psicológico, su educación, su reparto del tiempo o su confianza en el Gobierno. Ni que decir tiene que lo que ha hecho en los últimos años Europa con las mujeres y los hombres que la habitan la haría suspender en todas esas asignaturas, y lo que no ha hecho con quienes trataban de cruzar sus fronteras, sólo podría calificarse con un cero. “La felicidad es el fin de la existencia”, decía Aristóteles, y Groucho Marx bromeaba sobre ella afirmando que “está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…” Una persona decente es la que desea fervientemente que el primero tenga más razón que el segundo. Pero el hecho es que somos víctimas de esta época de hipócritas, crisis inventadas y ladrones de guante blanco, y somos herederos de un tiempo desaprovechado “que pareció poder construir la utopía, / lograr que el hombre no explotara al hombre, / implantar la justicia, / terminar / con el ordeno y mando, / pero que fracasó, y aunque dio pasos, / reculó, se viró, malbarató / todo lo adelantado”, como dice el poeta Jesús Munárriz en su último libro, Los ritmos rojos del siglo en que nací. Un cuento triste, recién publicado por la editorial Hiperión.


Tiene razón, la Tierra está en poder de los avaros, de los cínicos, los egoístas, que se han hecho con las riendas y tienen a su servicio muchos abogados del diablo que los justifican, por lo general para proclamarlos defensores de un sistema que ellos mismos destruyen, sin duda porque no creen en él: donde dicen democracia quieren decir aristocracia, dado que no creen más que en el dominio de los poderosos sobre los débiles, en la dictadura sin tanques donde “triunfa el fuerte, / el poder / es un frío asesino”, donde “los menos son los que más tienen” y nos obligan a vivir “cada cual con su renta, / cada cual en su puesto, como quieren / los que reparten las invitaciones”, continúa Munárriz. El resultado es una balanza rota, un sueño transformado en pesadilla y un despertar en el que “los miles de millones de habitantes / del planeta en el siglo XXI / sujetos a las leyes de la especie / luchan y mueren por sobrevivir / mientras los más rapaces / sobrevuelan el mundo / y se lo siguen apropiando”. Hoy es el Día Internacional de la Poesía, y conviene decirlo todo en verso.


En España, asistimos al combate feroz, a cara de perro y con uñas y dientes de los propietarios del país contra todos los demás. La amenaza continua es que sin ellos, todo se hundirá, algo que debería inquietar mucho más a los que están arriba que a los que ya están en el fondo, pero que misteriosamente no ocurre de esa forma sino al revés: aún hay quien cree que quienes mejor garantizan su seguridad son los mismos que le mandan al paro, lo desahucian, le hacen pagar las deudas de los bancos o tratan de limitar al máximo sus libertades. Y si los siguen, ellos no se van a parar, así que en sus discursos alertan contra el populismo los líderes del Partido Popular, algo que parece un chiste, y previenen contra la ruptura de su formación los mismos dirigentes del PSOE que lo cortaron en dos para librarse de su secretario general, lo que es querer hacer pasar un cuchillo de carnicero por una batuta de director de orquesta. ¿Se les puede tomar realmente en serio? Es recomendable hacerlo, porque ellos no se andan por las ramas, son capaces de cualquier cosa con tal de conservar sus despachos, su autoridad y, sobre todo, la llave de la caja fuerte. Me pregunto cómo pasarán hoy el Día Internacional de la Poesía y el Día Internacional Contra la Discriminación Racial, teniendo en cuenta que afectan a dos materias que ellos desprecian: la cultura y la solidaridad.


Pero hemos dicho que estamos en un día en el que conviene decirlo todo recurriendo a las sílabas contadas y los anhelos de igualdad, así que despidámonos con otro fragmento del libro de Jesús Munárriz, deseando que tenga razón y la esperanza todavía sea imaginable: “Están abiertos los caminos todos / para esta especie nuestra, / protectora / rara vez, destructora / casi siempre del mundo. / Entre todos, tal vez se consiga que elija / las metas adecuadas / y modere holocaustos y matanzas, / exterminios y guerras, / y equilibre y compense / nuestra voraz presencia en el planeta. / Aún podemos lograrlo”.


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