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Muros sin Fronteras

América (ataca) primero

Publicada 13/04/2017 a las 06:00 Actualizada 12/04/2017 a las 21:00    
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El ataque estadounidense contra una base aérea siria con 59 misiles de crucero Tomahawk (el 10% de los empleados el primer día de la invasión de Irak en 2003) deja más preguntas que respuestas, más allá de la primera sobre su legalidad: no contó con el apoyo del Congreso ni del Consejo de Seguridad. Fue una acción unilateral con un mensaje cifrado: ‘hemos vuelto’.

 

¿Ha cambiado Donald Trump su política en Siria, si es que tenía una más allá de lo dicho en la campaña? ¿Ha dejado de ver a Basar el Asad como un presidente legítimo enfrentado a una jauría de grupos armados más o menos terroristas, adjetivo que se usa a discreción según los intereses de cada cual? ¿Se acaba de enterar de que Asad es el principal responsable de la mayoría de los 450.000 muertos de los seis años de guerra civil en Siria? ¿Comprende las posibles consecuencias de su cambio de posición?

Hablamos de Rusia, una superpotencia que se siente reemergente, gobernada por un presidente muy experimentado, frío e inteligente que rivaliza con Trump en toda la escala cromática del narcisismo patológico. Se trata de un juego peligroso. Bajar la tensión depende ahora de la diplomacia, del nuevo secretario de Estado, Rex Tillerson, supuesto amigo de Putin.

El ataque de la semana pasada tiene letra pequeña: señalar a Rusia como cooperador necesario del ataque químico que mató a más de 80 personas, la mayoría civiles, entre las que había niños.

 

Hay muchas más preguntas, claro. ¿Qué fue del América First y de plegarse a la defensa de sus fronteras hartos de defender las de los demás? ¿Esta dispuesto a atacar de manera unilateral a Corea del Norte aunque suponga meter a China en el tablero?

Habrá que esperar para saber si lo ocurrido la semana pasada es una muestra de la imprevisibilidad del presidente o es que la cultura política de siempre, la que ha gobernado EEUU desde los años 50, se hace con el mando de una Casa Blanca que parece navegar sin rumbo.

 

Una primera teoría, no excluyente con ninguna otra, es que el ataque tiene tres objetivos domésticos:
 
  • Distraer la atención de la cada vez más preocupante pista rusa, que apunta a que miembros del equipo de Trump se apoyaron en los servicios secretos del Kremlin para desprestigiar a Hillary Clinton e impedir su llegada a la Casa Blanca.
  • Demostrar que el presidente tiene autonomía: no le debe nada a Putin y trabaja solo a favor de los intereses de EEUU.
  • Mostrar que no es como Barack Obama, cuya política de amenazar (líneas rojas) y no dar terminó por envalentonar a Asad. Trump culpa a un presunto timorato Obama de lo ocurrido la semana pasada. Recuerden que en campaña acusó a Obama y Hillary de crear el ISIS. Se refería a esto, a darles alas con su inacción, pero pasado por el barniz de un lenguaje simple, para que lo entiendan todos.

 

Una  segunda teoría es que el equipo anti ruso, por llamarlo de alguna manera, se está imponiendo en el Consejo de Seguridad Nacional. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la Guerra Fría, EEUU generó un pensamiento, y unos funcionarios, basado en dos pilares: la URSS es el enemigo global y una guerra nuclear no se puede ganar. En el Moscú de Stalin llegaron a una conclusión parecida.

De ahí nace el MAD: Mutual Assured Destruction: cualquier duelo nuclear aseguraba la destrucción mutua. Sobre este equilibro del miedo se construyó la paz principal dejando el duelo entre ambos mundos a manos de una serie de guerras periféricas llevadas a cabo por terceros. El mundo se redujo a un enorme tablero sin personas, solo con materias primas, estadísticas, buenos y malos.

Además de Vietnam y Camboya, sufrieron esa paz guerrera América Latina, África y Europa del Este, convertida en rehén, en un colchón de protección psicológico. Todo se leía desde un código mental: comunismo-anticomunismo, sin grises. Los grises también eran comunistas.

En ese juego de comerse las piezas en un tablero, Siria siempre estuvo en el lado de la URSS.

La caída del Muro en 1989 desmontó el andamiaje de unos regímenes poscomunistas que en realidad eran la antítesis de las ideas proclamadas y de sus esperanzas originales, eran vulgares dictaduras, como la española, en las que primaba la mediocridad y el silencio. Después del hundimiento de la URSS, EEUU se quedó sin una herramienta para entender un mundo dividido entre azules y rojos, buenos y malos, un doctrina que les llevó a invadir incluso la isla caribeña de Grenada, noticia que la televisión rusa equivocó en sus mapas de acompañamiento con la Granada de la Alhambra.



El empuje del yihadismo tras la derrota soviética en Afganistán, a la que tanto contribuyó EEUU sin leer la evolución de la historia, y sus consecuencias, provocó el nacimiento de Al Qaeda y de otros grupos fanatizados. Ante la nueva realidad, EEUU desempolvó las doctrinas de la Guerra Fría; donde estaba escrito “comunismo” hizo un corta y pega y puso “islamismo”. En estos últimos siete días alguien en la Casa Blanca está haciendo un segundo corta y pega para introducir la palabra Rusia.

Cuando Trump llegó al poder había dos bandos en su equipo: los que parecían más próximos a Putin, como el general Michael Fynn, caído en desgracia, que favorecían un cambio radical en la política de enfrentamiento con Putin, del que Obama fue abanderado. ¿Recuerdan la foto de las miradas como si fuesen dos boxeadores antes de la campana? Creían que de la mano de Putin podrían recuperar Siria, Irak y Libia, y volver a los tiempos felices en los que todo estaba claro. No han pasado tres meses y parece que se imponen los viejos conservadores, los que colocan a Putin en el casillero de la URSS. No parecen buenos tiempos para los Steve Bannon.

 

Después de 77 días en los que Trump no ha dejado ni un minuto de ser el candidato faltón que tanto gusta a sus seguidores, el ataque le ha investido de súbita aura presidencial. Veremos cuál es el siguiente paso. ¿Corea del Norte? En esta semana en la que cambió casi todo, en apariencia, Trump puede haber descubierto para qué sirven los aliados que tanto desprecia. También sabemos que siente la necesidad de defender a los civiles sirios siempre y cuando no sean refugiados.

El ataque puede tener también lectura exterior: mostrarle a Asad los límites y empujar a Moscú a su sustitución por otra persona menos manchada de sangre, algo con lo que Putin ha coqueteado en el pasado. También busca decirle a Putin que no es Obama. John Kerry, secretario de Estado en el segundo mandato de Obama, se quejaba de sus limitaciones, de que sus amenazas no resultaban creíbles.



Si los motivos del ataque sirio son confusos, las declaraciones posteriores de varios altos cargos de la Administración Trump, lo son más: ¿se declaran defensores universales contra toda injusticia? ¿En cualquier país? Unos hablan de expulsar al presidente sirio, otro de mantenerlo. Y en inefable jefe de prensa de Trump, Sean Spicer afirma que ni Hitler se atrevió a usar armas químicas, obviando, claro, el pequeño accidente del Holocausto: 11 millones de asesinados, incluidos seis millones de judíos. Lo de Spicer no es solo incultura enciclopédica, es simple y llana estupidez.

Veremos cómo reacciona Putin ante el cambio de guión, escenario y papeles. Entramos en un territorio desconocido, tal vez peligroso. En medio de un eventual duelo al sol entre estos dos pistoleros nucleares estaríamos nosotros, los que miran y callan. Incluso tenemos nombre: víctimas colaterales.

 


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