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Qué ven mis ojos

Calumnia, que algo queda; privatiza y te lo quedas todo

Publicada 18/04/2017 a las 06:00 Actualizada 17/04/2017 a las 20:59    
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“Esa gente que va con la verdad por delante a modo de parachoques”.

La política es igual que todo, puede verse como una rampa de despegue o como un trampolín, usarse para iluminar o para ennegrecer, como faro o como madriguera, dependiendo de si quienes llegan al poder son un equipo o una banda, forman un partido o una cuadrilla de repartidores que se reparten el país sin dejar ni los huesos, porque hasta el rabo todo es toro. No son mosqueteros sino en todo caso navajeros que roban el trigo mientras predican, truhanes vestidos de personas serias y aburridas, defensoras del gris y rivales de los colores, que les hacen frente con mareas blancas, azules o verdes, y defensores de la monotonía, el sopor y la falta de brillantez, porque eso les ayuda en su trabajo, que consiste en adormecer a la gente para que no se mueva y porque el principio de la rutina es que el fin justifica los tedios.


Hasta hace un cuarto de hora, aquí a señor de fiar no le ganaba nadie al por entonces todopoderoso Rodrigo Rato, vicepresidente del Gobierno con más ministros corruptos o sospechosos de la historia de nuestra democracia, que es el de Aznar, ese presidente con una foto en la cartera de él, Bush, Blair y Barroso, que sostiene que es la imagen qué más le gusta, tal vez porque sus lugares predilectos son los que empiezan por az, lo  mismo que su apellido, o porque hay dos tipos de personas: las que buscan la verdad y las que se enorgullecen de sus mentiras. Y la Guerra del Golfo fue un acto de cinismo difícilmente superable.


En sus días de gloria, Aznar y Rato eran famosos por su labia afilada, por la ferocidad con la que ejercían la oposición en el Congreso, en el Senado y en esas mismas calles que luego quisieron enmudecer con su ley mordaza. En parte, nada inusual si hablamos de la lucha parlamentaria, donde los golpes bajos siempre forman parte del combate. Menos común era su tendencia a la calumnia, ayudados por algunos medios afines, que era tan aguda que llegaron a calumniar hasta a ETA, que ya es decir, atribuyéndole machaconamente los atentados del 11 de Marzo, quizá porque después de repetir hasta el infinito, y con toda la razón del mundo, que no había terroristas malos y buenos, calcularon que había unos que podían hacerte perder las elecciones y otros que te las podían hacer ganar. La miseria alcanzada en aquel momento, por una vez y sin que sirviera de precedente, fue castigada con severidad en las urnas.


Ahora vamos conociendo algunos detalles de quién era en realidad aquel hombre que ha pasado de Rodrigo Rato a juguete roto y que antes de caer en desgracia fue célebre por sus odas a la austeridad y su dureza con el enemigo, aparte de conocido con el alias de creador del milagro español. Después, vino un derrumbe de estatua con pies de barro y el estruendo que hizo al precipitarse desde la cumbre más alta, se escuchó en las cuatro esquinas del país. “Cuando Ícaro cayó / era primavera”, se dice en los primeros versos de una de las obras de William Carlos Williams que se incluyen en su Poesía reunida, que acaba de publicar la editorial Lumen. Y el resto dice así: “un granjero araba / su campo / la estación / celebraba / sus fastos / y bullía / a la orilla del mar / concentrada / en sus cosas / sudando al sol / que fundió / la cera de sus alas / insignificante / en la costa / sonó un / chapuzón / era Ícaro / ahogándose”. En la realidad, que es más el ámbito de la prosa que el del verso, el agricultor de esa historia es fácil que se arruinase, se quedara sin empleo y lo desahuciaran los mismos que estaban arruinándolo todo para llenarse los bolsillos al venderlo de saldo.

Hoy sabemos, gracias a una investigación del periódico El Mundo, que al tiempo que era ministro de Economía y, un poco más tarde director gerente del Fondo Monetario Internacional, se dedicaba a blanquear dinero negro; y que, según la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil, creó una sociedad expresamente constituida para evadir capitales entre 1998 y 2013. Su negocio, por llamarlo de algún modo, facturó más de treinta millones de euros cuando estaba en el Ejecutivo y ochenta y dos en total a lo largo de esos catorce años. Y lo peor de todo es que el 90% de los ingresos procedían de empresas privatizadas, para las que llevaba a cabo campañas publicitarias: Telefónica, Endesa, Repsol Aldeasa, Paradores Nacionales... Una buena pregunta sería: Si eso es lo que se llevó él, ¿cuánto se llevaron sus jefes, sus compañeros y el resto de la tripulación del PP? ¿Les tocaría una parte del botín? Si fue así, ¿qué tanto por ciento se pudo haber dedicado a financiarse ilegalmente? Ésa es la espada de Damocles que hay sobre la calle Génova. Para que caiga, la izquierda tiene que tirar de la cuerda. Toda la izquierda. Como dice William Carlos Williams en el último poema del libro, “Tarde o temprano / llegaremos al final / de la lucha / para restablecer / la imagen de la rosa”.


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