Noche de Paz para Javier, para Ricardo y para Marc

Estamos en esos días en que nos abrazamos con familiares y amigos para desearnos mutua felicidad. Hoy en concreto celebramos, seamos o no creyentes, la Noche de Paz por antonomasia, y es, pensando en esta noche, cuando recuerdo a tres compañeros -no soy tan fatuo como para atreverme a utilizar el término “colegas”- que tienen por nombre Javier, Ricardo, Marc; tres reporteros secuestrados por contendientes en la guerra inhumana -¿alguna no lo es?- de Siria.

No he tenido la fortuna de conocer a  Marc Marginedas, ni a Ricardo García Vilanova; leo de su dedicación y esfuerzo, de su profesionalidad y vocación reportera; veo sus fotos y sigo el apoyo que brindan los compañeros de sus medios. A Javier, por suerte, sí tuve la ocasión de conocerle; es más, de compartir con él días de trabajo, justo cuando se iniciaba en el oficio. Era el año 1987 cuando ese canario sonriente y discreto de 23 años llegó al diario Ya; del periódico, que diez años atrás era el más vendido de España, se habían marchado , en solo dos temporadas, una cincuentena de periodistas hartos de los continuos cambios de director, de los bandazos que imprimían los nuevos jefes, unos  buenos, otros mediocres, y alguno hasta funesto; a cambio, llegaban jóvenes recién salidos de la facultad, tan llenos de ganas, como huérfanos de experiencia. Recuerdo a Pilar Ruipérez, hoy cronista política en Antena 3, María José Manteiga, editora en la misma cadena, Cristina de la Hoz, dedicada a la información política primero en ABC, luego en VozPopuli y en tertulias varias, Manu Marlasca, hijo de Manuel Marlasca (“de casta le viene al galgo”), y uno de los más importantes y respetados reporteros de sucesos de España, Oscar Fonseca, dispuesto a seguir los pasos de su hermano Carlos… Y algunos más, de los que tengo vivo rostros y trabajos, pero a los que soy capaz de poner nombre, y que aportaron, junto a los anteriores, nuevos bríos a la redacción del viejo periódico. Con ellos apareció también Javier, Javier Espinosa, menos extrovertido, a primera vista, que sus compañeros. Serio, sonriente, afable, muy sencillo de trato, se instalo en la sección de “radio y televisión”, que yo dirigía, para cubrir el hueco de un joven y experto reportero –Javier del Castillo– que tenía excelentes fuentes en ese mundillo, y que había sido fichado por una revista semanal. Con todo el respeto profesional para el último, el recién llegado ocupó con solvencia el hueco; lo que no tenia de experiencia, lo suplía con desparpajo, seriedad profesional, y don de gentes. En pocos meses, ese Javier que llegaba a la mañana tan escaso de descanso -en aquellos ochenta la noche madrileña estaba llena de atractivos para el veinteañero canario- como dispuesto a sacar un reportaje de cada visita a TVE, o las emisoras de radio.

Poco después, salí del Ya, y mis contactos con Javier se hicieron esporádicos; supe que había llegado al diario “El Mundo”, y que se había convertido en reportero de guerra. Le leía; alguna vez hablamos por teléfono, y comprobé que era de esa casta de reporteros que, antes de la noticia sensacional, del titular llamativo, buscaba el testimonio fiel de lo que ocurría, el relato de desgracias y muerte de seres humanos sobre los que fijaba una mirada siempre compasiva; leer un reportaje de Javier Espinosa ha sido, todos estos años, enfrentarse al testimonio de un observador sincero, tan alejado del juez que dictamina, como del notario impasible. Lo que él cuenta es, nada más y nada menos, que las aristas más afiladas y crueles del ser humano sumido en el odio y el fanatismo, pero a, pesar de ello, hombres y mujeres que en otras circunstancias se comportarían como cualquiera de nosotros.

Hace pocos días, tuve noticia del llamamiento que su pareja, Mónica Prieto, también reportera con experiencia en la guerra de Siria, hacía a los secuestradores para decirles que “a pesar del riesgo hemos antepuesto vuestra tragedia a nuestra propia vida. Hemos dedicado los últimos tres años a dar voz a las víctimas pero vosotros los sirios también tenéis una responsabilidad hacia todos aquellos, árabes u occidentales, que os defienden. No son vuestros enemigos por eso hay que liberarles”. Poco se puede añadir; quizás, tan solo, unirnos al llamamiento de Mónica, y al de las familias del resto de reporteros, y anhelar que pronto disfruten de libertad, de esa libertad que ellos decidieron un día, vocacionalmente, dedicar a que todos conociéramos la desgracias y el horror de la guerra. ¡Que sea más pronto que tarde!; mientras, en este día especial, quiero acercarme a Javier, a Ricardo, a Marc, y pedir para todos, pero sobre todo para ellos, Noche de Paz.

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