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Plaza Pública

Podemos y Ciudadanos, ¿incompatibles?

José Sanroma Aldea Publicada 29/03/2016 a las 06:00 Actualizada 29/03/2016 a las 19:48    
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I

DEL 20-D A HOY

28 de marzo de 2016, El País titula así su editorial: "Cien días perdidos".

¡Falso! Dicho de otro modo: es una valoración política errónea que encubre un interés defraudado. ¿Cuál? El de todos cuantos han apoyado una investidura basada en el acuerdo del PP y del PSOE, en cualquiera de sus múltiples formas posibles: con o sin C's, con abstención del PP o del PSOE... (añada el lector cuantas especies pueda haber advertido y englobables todas en el género de gran coalición).


Entonces ¿qué es lo que ha ocurrido que permite decir que no se ha perdido el tiempo transcurrido desde el 20-D de 2015?

Lo más visible es la investidura fallida de Sánchez, como cuida de resaltar la editorial. Pero eso no es lo más relevante para el momento crítico presente.

La consecuencia más decisiva de lo acaecido hasta hoy se muestra con un doble contenido. Primero, la derecha –singularmente el PP– ha devenido –y sobretodo se ha mostrado– incapaz (a pesar de su minoría mayoritaria de 123 escaños) de ofrecer un candidat@ que se ofrezca al rey como candidat@ y se atreva a intentarla. Segundo, la posibilidad de un nuevo intento de investidura solo puede recaer sobre el candidato del PSOE, Pedro Sánchez, aunque ya lo haya intentado sin lograrlo.

En suma, ya ha desaparecido la posibilidad (primera en escaños) que abrió el resultado electoral del 20-D: la de un gobierno presidido por el PP; y, en cambio, sigue viva la de un gobierno presidido por el PSOE.

En torno a la actuación de su secretario general y candidato electoral gira la posibilidad de evitar la convocatoria de nuevas elecciones. En ausencia de una personalidad X, que ni está ni se debe esperar, aparece hoy como el único presidenciable, aunque el Jefe del Estado no haya comenzado la nueva ronda de consultas.

¿Qué factores explican que se haya producido esta nueva situación?

Al menos tres, cuya mayor o menor influencia en el resultado es debatible.

Uno, la actitud de Rajoy. Este, a pesar de ser un cadáver político viviente, sigue siendo el jefazo mandamás del mayor partido de España. Actitud que ha contribuido al mayor aislamiento de su partido, y que ha seguido dando muestras de su falta de respeto institucional: sobretodo al Congreso (negándose al control con el absurdo argumento de que está en funciones y no surgió de su confianza) y también ante el Rey (rechazándole indebidamente su propuesta como candidato presidencial; esta vez el cartero a él no le podrá llamar dos veces, aunque quisiera). El PP tiene para intentar seguir gobernando (solo ya tras la celebración de unas nuevas elecciones) una carta en la manga: cambiar de candidato (antes o después de celebrarlas). Ahora Rajoy no deja que se use, también la manga es suya.

Dice que él no se rinde: pantagruélico descaro. Tendría que salir pitando a defenderse de la acusación de haber continuado la obra de Aznar de convertir al PP en un partido corrupto (dicho así, salvando el respeto que merecen centenares de miles de sus afiliad@s) y desleal con el PSOE (en la lucha contra el terrorismo) . En cambio sigue arrastrando por los suelos, también en la Unión Europea, la dignidad de la presidencia del Gobierno de España; y debería avergonzar a todas las formaciones políticas presentes en el Congreso que no hayan sido capaces todavía de quitárnoslo de en medio. No huye porque no quiera, sino porque no puede ni huir: le paraliza el miedo. Necesita seguir gobernando. Desde esa posición se pueden alzar obstáculos a la acción –de la Policia, de la Guardia Civil, de la Inspeccon de Hacienda y, a la postre, de la Administración de Justicia– en pos de ajustarle las cuentas a su partido. Y sus adláteres en la cúpula (que no en el mando) se ven obligados a confiar en que quizás pueda ayudarles a ganar la batalla aunque esté cadaver. ¡Vaya Cid!

Dos. El acuerdo programático de PSOE y C's que implicaba el apoyo a la investidura de Pedro Sánchez y que a día de hoy se mantiene por ambos partidos. Este es un hecho político (no una mera actitud ni una mera declaración de voluntad) cuyos efectos no se han agotado. Fue logrado por iniciativa de Sánchez y con el apoyo de Rivera. Este acuerdo mantiene sentado en el rincón a Rajoy (grogui, pero aún no declarado KO ). No le deja salir a disputar la nominación como candidato a la presidencia; aunque quisiera, que no quiere. Su opción sigue siendo practicar el escapismo; y que vuelva a fallar Sánchez si este llega a intentarlo de nuevo.

C's sabe que no hay nadie en el PP que pueda atender a su llamada de que se sumen a este acuerdo programático, aunque sea discutiendo a quién se inviste; ni tampoco a la abstención frente a la investidura de Sánchez con apoyo de C's . Este partido tiene que dejar atrás su opción preferida, acuerdo a tres, excluyendo a Podemos, en el que hubiera ocupado una posición, imaginariamente, central .

Tres. La declaración de voluntad política de Pablo Iglesias en pro de una coalición de gobierno presidido por Sánchez; reiterada tras el fallido intento de investidura; y reiterada también la declaración de voluntad de este de mantener el acuerdo programático con C's y de acordar con el líder de Podemos. Toda la opinión pública está atenta a su entrevista del próximo miércoles. No podrá ser decisiva, pero todo el mundo sabe que tiene gran importancia. Tanta, al menos, como ha tenido y tiene el acuerdo Sanchez-Rivera.

II

LA TAREA DE ABRIL

¿Por qué no se le da el golpe definitivo a Rajoy con la investidura de Sánchez, evitando así las elecciones de junio y, en consecuencia, la posibilidad de la continuidad del PP en el Gobierno?

Es evidente que el PSOE no puede por sí solo. Podemos y C's son casi imperiosamente necesarios. Opino que les falta aún el convencimiento y la decisión necesaria para colaborar con el PSOE en cumplimentar la tarea.

Convencimiento porque ambos siguen siendo tributarios de la idea –ya envejecida y desvirtuada por el hoy– de que el bipartidismo fue la fuente de todos los males pasados y de los por venir. Ambos crecieron en el rechazo al bipartidismo.

Pero la realidad de hoy obliga a distinguir entre el PP de Rajoy, que ha gobernado ejerciendo con despotismo su mayoría absoluta durante toda la legislatura, y el PSOE de Sánchez, que ha optado por la confrontación con el PP y que, para mantener esta línea, ha tenido que ir superando, con relativo éxito, la oposición de sus baronías.

Le falta decisión a C's porque teme la merma de su electorado de derechas ante la eventualidad de unas nuevas elecciones, si se les ve ahora junto a Podemos en un intento de evitarlas que termine fracasando. Le falta decisión porque ha desaparecido la opción tripartita que le era más cómoda y gustosa, la que aislaba a Podemos y mantenía al PP.

Le falta decisión a Podemos porque su líder no estaba preparado para una estrategia (de ganar la hegemonía sobre el PSOE en el electorado de izquierdas ) que pasara por ser el tercero en las elecciones; y porque le frena el hecho de que una parte de los cuadros dirigentes de Podemos y de su electorado no son proclives al entendimiento. De ahí la contradicción, advertida en sus propias filas, entre su propuesta de coalición y el modo en que la hizo.

Doble paradoja que los envuelve: C's que eclosionó como un "podemos" de derechas para que el Podemos de "izquierdas" no monopolizara todo el frente de rechazo al bipartidismo se niega a colaborar con Podemos; con olvido de los elementos de renovación democrática y rescate social que este propone y significa. Y Podemos, que se lanzó a conquistar la mayoría apelando a la transversalidad, superando el eje derecha/izquierda, pasa hoy a hacer de esta línea de demarcación una frontera rígida e infranqueable para negar la colaboración con C's; con olvido de la derecha nacionalista, y del carácter objetivamente derechista, en términos sociales, del independentismo catalán en su reto presente.

Podría concluirse que la mutua declaración de incompatibilidad conque se presentan ante la opinión pública es el mayor y más visible obstáculo ahora para la investidura de Pedro Sánchez y el consecuente envío a la oposición del PP. En ausencia de explicaciones convincentes de ese antagonismo, proclamarlo puede ser juzgado sobretodo como defensa de sus propias expectativas electorales inmediatas. Incluso aunque haya ámbitos de incompatibilidad clara hay que saber encontrar el modo de reducirlos; de postergarlos; de tratarlos de modo no antagónico... En suma de que opere una democracia representativa en una democracia política y socialmente pluralista; y aún más: dividida por antagonismos sociales y políticos.

No me extenderé en esto aunque el título de este artículo parezca obligarme. Esta mañana mismo oigo en la SER a Antón Losada, un analista político (creo que merecidamente acreditado en este medio libre), negando que haya tal incompatibilidad, o que no pueda superarse a los efectos de la tarea del presente. No es el único. Aunque no faltan quienes afirman lo contrario con ciertas razones. Y tampoco los que, duchos en el arte de intoxicar, la pregonan sin argumento alguno porque su interés es que ni los cien días ni los que restan sirvan para otra cosa que para la decepción sobre la democracia representativa.

Este Congreso la ha mejorado pero puede fracasar en la tarea que tiene: investir un presidente que gane su confianza con un programa político. Y este fracaso se pagaría caro. Me pregunto: ¿no dicen que estamos en un tiempo nuevo? ¿Por qué no están explicando por doquier sus señorías –todas, no sólo sus líderes– su punto de vista a sus representados?

Creo que ni Rivera ni Pablo Iglesias tienen fácil dar el paso necesario. Uno porque su electorado potencial parece más fácilmente ganable apelando al temor que les infunden los males que causaría un Podemos en el Gobierno que insistiendo en los males reales causados por el gobierno del PP. E Iglesias porque ha acentuado al extremo su crítica al acuerdo programático entre el PSOE y C's, calificándolo "acuerdo de derechas".

A ambos les ayudaría asumir de verdad lo que ha cambiado estos cien días: que la opción de un Gobierno dirigido, apoyado o consentido por el PP, ya no está viva políticamente. Aunque le pese a Rivera. Y pese a que Iglesias parezca no haberse dado cuenta, pues en su recientísima entrevista en CTXT afirmaba: "Sigo pensando que siguen existiendo las mismas dos opciones que señalábamos al principio: una opción de gran coalición, que seguramente es lo que desean los sectores delas élites económicas y las élites europeas... La otra opción que veo es el gobierno a la valenciana".

Ambos saben que, si quieren, pueden superar su incompatibilidad declarada y que pueden encontrar buenas razones para explicárselo a sus electores sin necesidad de ensalzar a Sánchez, ni de situarlo entre la espada y la pared, ni de creer al editorialista de El País que solo dibuja una "dinámica de callejones sin salida".

Que el acuerdo programático puede ser modificado está reconocido por su mismo texto en concordancia con que se presentó abierto a otras fuerzas políticas.

Que la posibilidad de acuerdo Podemos-C's existe la ha reconocido el propio Iglesias en la entrevista citada: "¿Un programa como el de Ciudadanos es compatible con un programa como el de Podemos para un acuerdo de gobierno? Yo creo que eso es muy difícil, y eso lo ha dicho Ciudadanos desde el principio?

Pues eso: muy difícil. Pero solo muy difícil para ambos.

III

LO VERDADERAMENTE DIFÍCIL SERÁ GOBERNAR

Lo verdaderamente difícil será gobernar. Sea cual sea el Gobierno que se forme. Asumir compromisos con la gobernación de España en estos momentos es difícil. Presumo tanto a Rivera como a Iglesias la conciencia de esa dificultad y creo que quizás ambos la tienen muy en cuenta a la hora de medir el modo de hacer posible el gobierno presidido por Sánchez y su grado de participación o colaboración con él.

Tambien presumo a quienes, dentro del PSOE y de sus ámbitos de poder, obstaculizan los esfuerzos de su secretario general que lo hacen, más que por afán de desplazarlo, por convencimiento de que el PSOE no puede en las actuales circunstancias asumir la dirección del Gobierno de España. Debieran darse cuenta de que su amagar y no atreverse a dar sólo perjudica a todo el PSOE.

¿Por qué tan difícil?

La crisis de la democracia española se inserta en la que atraviesan otros Estados de la Unión Europea que no avanzan en su construcción democrática.

Su crisis de legitimación está vinculada a una corrupción que ha degradado las instituciones; el coste económico de esta ha sido calculado y sus cifras son mil millonarias; su coste político en términos de minoración de las energías que vigorizan a una sociedad es incalculable. Además coincide con una crisis de los pactos generacionales (los que permiten un desarrollo y aseguramiento del Estado del bienestar, de la cultura política democrática y de la preservación de los recursos naturales) y una crisis territorial que, desde el independentismo en Cataluña, envía a la Unión Europea un mensaje contrario a la evolución de la Unión Europea que más necesitan los Estados del Sur.

Hay crecimiento económico pero siguen acentuándose las desigualdades y programas de emergencia social son imprescindibles, aunque la Unión Europea sigue pidiendo recortes ante una vigente ley de presupuestos generales para 2016.

La crisis estructural no la superará el próximo Gobierno. Bastante hará con planteársela en serio y comenzar a hacerlo con un cambio de rumbo progresivo en muchos ámbitos.

No es tarea para un solo partido. Ni para dos, aunque en términos hipotéticos fueran los dos más grandes y experimentados. Y menos aún para partidos a la baja en la confianza que inspiran a los ciudadanos en general y a sus electores en particular.

C's no se hará sólido como partido (ganándole terreno a un PP que aún expresa la fuerza que tiene la derecha) si no se atreve a colaborar en hacer lo que España necesita con urgencia: apartar al PP del Gobierno para que pueda regenerarse en la oposición o tener la suerte que le hace merecer largas décadas de corrupción en la cumbre.

El PSOE necesita un renacimiento, cuyo punto de partida pudo ser la elección por la militancia de su secretario general y puede ser ahora conseguir la investidura de Sánchez, a pesar de sus magros resultados de diciembre.

Podemos necesita consolidarse como partido de ámbito nacional-estatal (en la forma que su debate actual decida) para no defraudar su indudable éxito electoral.

Y la colaboración entre PSOE y Podemos (que no excluye la competencia por la hegemonía) tendría que ser no meramente circunstancial sino estratégica para que las izquierdas ganen la dirección de la salida a la profunda y pluridimensional crisis de la democracia en España. Pero si no se da ahora el futuro es oscuro para ambos.

La forma en que se resuelva el proceso en curso de investidura creo que marcará para bien o para mal a todos los partidos, incluso al PP, que ya clama escandalosamente contra todo lo que pueda contribuir a evitar las elecciones en junio.

Si sus señorías consiguen elegir presidente  –a través de cualesquiera combinaciones de votos a favor y abstenciones que den la mayoría necesaria y este forma el Gobierno con las diversas formas de apoyo y grado de implicación que son posibles – estaríamos solo en los comienzos.

Se habría resuelto con bien tan solo la tarea de abril.

La Unión Europea sabría que podemos gobernarnos y que debe oírnos de nuevo porque ya no nos preside un sordomudo político.

La ciudadanía sabría que hay voluntad política nacional, no sólo partidista, de recuperar un buen rumbo perdido hace más de una legislatura, en más de un ámbito de la vida pública en España.

¿Que todo es difícil o muy difícil? Vale. Pero, ¿A qué tener miedo?

Tan solo a que, como podría cantarnos Sabina, nos dejemos robar este mes de abril. Y a que nadie acertara, en medio del ruido y las sombras, a explicar con credibilidad quiénes lo hicieron.


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