Librepensadores

Autoestima excesiva

Rafael Santana

No sé por qué me ocurre, que cuando hablo con personas que son importantes en sus ámbitos, en las disciplinas en las que son especialistas, cuando son alguien en los temas en los que sobresalen, y voy yo y me pongo en contacto con ellas, ya sea en encuentros, en tertulias, o simplemente a través de las diferentes redes sociales que hay a nuestro alcance hoy día y que facilitan —en alguna manera—que esto sea así, voy y me tropiezo con los egos.

A veeerr... Voy a explicar esto un poco más.

¿Pero qué es un ego? ¿Todos tenemos egos? ¿Acaso no tenemos todos y todas derecho a expresar nuestros pensamientos? ¿Se entrechocan los egos como si de escudos se tratase en una lucha grecorromana?

Definir ego no es fácil. En el Diccionario de la Lengua Española encontramos que nos dice: “Parte de la personalidad, parcialmente consciente, que se reconoce como yo, y actúa como intermediaria entre los instintos, los ideales, y la realidad”.

Más adelante y en sentido coloquial nos dice que es una autoestima excesiva.

Pues sí. Todos tenemos ego. Yo el primero, ¿eh? Que yo sepa lo tengo más grande que una casa de cuatro plantas, donde cada planta está ocupada por uno de mis egos. Sí, sí, he dicho bien. Porque tengo más de uno. Todos tenemos unos cuantos cohabitando nuestras cabezas. Diciéndonos cada uno ellos, qué tenemos que hacer cada vez y a cada momento, cuando no lo hacen todos a la vez, y entonces resulta un galimatías ininteligible.

Así pues, yo voy por el mundo con mis “egos”, y de cuando en cuando, me topo con otros egos, en encuentros singulares, con personas singulares, con grandes personas, por otra parte.

Me refiero a encuentros literarios, por ejemplo, a mí que me gusta escribir. O visitas, que por esperadas, resultaron totalmente decepcionantes, cuando la imagen que uno tiene de esas personas, a través de sus atalayas desde donde alzan su voz, resultan ser decepcionantes, digo... Otras veces, el encuentro se entabla por medios virtuales, telemáticos, por las redes vamos, y ¡zas! tortazo que te llevas en toda la cara, con respuestas que no sabes muy bien qué quieren dejar claro. ¿Nuestras diferencias tal vez?

Porque sííííí... ¡Hay diferencias! Vamos que las hay. Como dice mi amigo G. (lo denomino así porque quiere permanecer en el más absoluto anonimato), son de otra división (utilizando el término futbolístico que tan bien entiende la mayoría).

Juegan en otra división. Y claro, ahí se produce el conflicto. Yo soy de una división menor (en fútbol podría ser regional preferente, ¿o eso ya no se dice así?... Es que yo de fútbol no entiendo). El caso es que los niveles desde donde parten los egos en el encuentro, en la visita, en la charla, son de diferentes divisiones. Y en la división de dónde vengo, no nos enseñaron a ser hipócritas.

¡Ojo! Y no quiero decir con esto que las personas a las que me refiero, en la realidad, no sean excelentes personas. Ni mucho menos, faltaría más. Las sigo admirando, casi... como el primer día (Bueno, estoo... ya un poco menos, la verdad).

Y es que todo esto me trae de cabeza este año, en el que por fin publiqué mi primer libro, Palabras nacidas de la espuma. Que ha sido como mi heraldo, como mi mensajero Hermes, que he paseado de embajada en embajada, allí hasta dónde me han dejado llegar y yo me he permitido ir. Y que me ha reportado muuuchas alegrías (como he dado en llamarlas), y también unos cuantos choques con otros egos, mayores que yo, con los que me he topado en el camino, de diferentes ámbitos de la cultura, literarios, naturalistas y del mundo de la sexología. (Sí, que pasa, también a mí me gusta el sexo, y mucho).

Y la impresión que me voy llevando de todos estos “desencuentros” es que ¡me queda mucho que aprender! Pero muchoo... Y también que tendré que empezar a pasar un poco más de darles tanta importancia a las personas, que aunque la tienen en sus respectivas parcelas, en lo demás son tan personas como tú y como yo. Y que como dijo un famoso dramaturgo: Todos terminamos yendo al retrete.

En fin, qué se le va a hacer. Yo creo que es una cuestión de autoestima excesiva, como apunta bien el diccionario. Y debo confesarlo aquí y ahora, mi autoestima no pasa por sus mejores momentos. Vamos, de hecho, está bastante bajita, como la libido, que tampoco sé por dónde andará.

Definitivamente, me sumo a una tuitera, de la que leí en internet lo siguiente: “El éxito está en mi esfuerzo, no en lo que los demás opinen de mi”. ____________

Rafael Santana es socio de infoLibre

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