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La decencia de un país

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Marcelo Noboa Fiallo

La riqueza de un país no se mide por el PIB ni por su capacidad de influir en el mundo, ni mucho menos por su poderío en armamentos. Se mide, entre otros valores, por su capacidad de ganarle terreno al oscurantismo, al fanatismo de todo signo que pervive en nuestras relaciones personales, emanadas y construidas desde una manera de entender el poder.

Los derechos civiles no son finitos. Evolucionan según evoluciona la sociedad. Son conquistas sociales que nacen desde abajo, desde el dolor, desde el sufrimiento de unas minorías que no sólo pretenden dejar de sufrir, sino elevar a categoría de normal lo que antes se vivía como una “rareza”, incompresible para quienes han basado sus valores y relaciones en torno a un determinismo “fijista”.

Rosa Parks (1955), con un solo gesto rompió con el fijismo de la sociedad estadounidensefijismo. Con su negativa a ceder el asiento a un blanco inició el fin del segregacionismo racial. Preguntados a quienes participaron en las marchas reivindicativas a partir de entonces, ¿cómo se sentían?, contestaban: “Mis pies cansados, pero mi alma liberada”. Un año después el gobierno federal abolió cualquier tipo de discriminación en los lugares públicos. La sociedad estadounidense empezaría a ser un poco más decente.

El actual Gobierno de coalición de España que lleva en el poder, escasamente año y medio, batallando contra una pandemia que lo arrasa todo, con apoyos parlamentarios frugales y a veces “líquidos”, pero con una oposición, que en palabras del periódico francés Le Monde, es nauseabunda; ha conseguido mantener la estela que inició José Luis Rodríguez Zapatero, de hacer de España una de las sociedades más decentes en materia de Derechos Civiles e Igualdad.

Después de sacar adelante en el Parlamento la Ley de la eutanasia, ha conseguido la aprobación del proyecto de ley trans con la única oposición de la derecha y los neofascistas (cada vez menos distinguibles). Nada nuevo bajo el sol. El PP ha gobernado este país durante 15 años (Aznar/Rajoy). Ni una sola ley sobre derechos civiles e igualdad salieron de sus años de gobierno. En la oposición se opusieron a todas ellas, pero jamás las derogaron porque la sociedad, mayoritariamente, las había incorporado en su modelo de convivencia y, los políticos de derechas, las han utilizado sin ningún rubor (Álvarez Casco, el todopoderoso secretario general del PP, ante la ley del divorcio de 1981: “Para mí la familia es indivisible, no a la ley del divorcio”…, el personaje ya lleva tres matrimonios y dos divorcios. Se opusieron al matrimonio de personas del mismo sexo, pero tras su aprobación, el mismo Rajoy apadrinaba la boda gay de unos de sus fieles escuderos, Javier Maroto, baile incluido).

Pero las sociedades decentes avanzan a pesar de los “tambores de guerra” que resuenan en la Hungría de Orbán y en la Polonia de Morawiecki que, poco a poco, están volviendo a sus ciudadanos a las catacumbas de la historia en materia de derechos civiles. Son la vergüenza de Europa.

Hace más de seis años, fue el Parlamento danés quien aprobó la primera ley que permitía a las personas trans cambiar de género de forma legal sin necesidad de contar con un diagnóstico médico ni someterse a una cirugía. Detrás vinieron Irlanda, Luxemburgo, Bélgica y Portugal, siguiendo las recomendaciones de la OMS, sacando definitivamente la identidad sexual del ámbito de las enfermedades. (La OMS, renovó en el 2018 la Clasificación Internacional de Enfermedades, ICD-11, desde entonces la transexualidad ha dejado de considerarse una enfermedad mental). Por ello, la nueva ley española prohíbe las “terapias de reconversión” (tan demandadas por la parte más ultra de la iglesia católica y de Vox).

En el proyecto de ley, la libre determinación se alcanza una vez se produce el cambio registral del sexo en los documentos oficiales, sin más condición que la propia voluntad de la persona interesada a partir de los 16 años. En cuanto a los menores entre 14 y 16, el cambio se hará siguiendo el mismo cauce de los adultos pero a través de sus representantes legales y, de los 12 a 14 años, con autorización judicial. Los menores de 12 años no podrán solicitar el cambio de sexo registral, pero sí de nombre.

En todo este trayecto legislativo, ha sorprendido la actitud y posicionamiento en contra de la nueva ley de una parte importante del feminismo reivindicativo que tanto ha aportado a la lucha por la igualdad. Me resulta triste e incomprensible el papel desempeñado en estos últimos meses por personas con quienes hemos ido del brazo todos los ocho de marzo y hemos celebrado cada conquista por la igualdad, por la decencia de un país. Especialmente doloroso e incomprensible ha sido el argumentario utilizado para denostar el proyecto de ley trans: “Una sociedad democrática que aspira a saldar su deuda histórica con las mujeres y a corregir la posición de desigualdad estructural que ocupamos en el orden social por el mero hecho de haber nacido con sexo femenino, no puede negar la existencia de la realidad material del sexo”. “El sexo es una realidad biológica inmutable, por lo que el cambio de sexo registral sólo puede ser justificada por una disforia o incongruencia de género certificada por profesionales”(Amelia Valcárcel). ¿Está pidiendo que la OMS y las sociedades científicas sexológicas vuelvan a contemplar la transexualidad como una enfermedad?

De un plumazo se cargan toda la investigación sexológica de los últimos 50 años y las propias recomendaciones de la OMS, hasta caer en las burdas y apocalípticas escenas que se ciernen sobre los espacios públicos “la potencial oleada de violencia sexual que causaría la supresión de espacios no mixtos en baños públicos, vestuarios, colegios, cárceles…”, expresiones y argumentos más propios de Vox que de una luchadora histórica del feminismo.

Es lo que tiene, cuando te “apoderas” de la bandera de una lucha justa, pero consideras que otras luchas, de otros derechos, amenazan la supervivencia del tuyo. Empiezas a resquebrajar la decencia de un país.

                                                                     Marcelo Noboa Fiallo es socio de infoLibre

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