Librepensadores

La ‘doctrina Horrach’

Gonzalo de Miguel Renedo

Que la infanta Cristina se siente en el banquillo es un signo de normalidad democrática. Horrach lo intentó evitar. Que una infanta de España vaya a ser juzgada por delito fiscal es un signo de normalidad democrática. Horrach hizo lo posible por impedirlo. Que una acusación particular acuse a la infanta por enriquecerse a costa de empobrecer a la sociedad es un gesto de lógica democrática, por mucho que quien acuse sea un pseudosindicato ultraderechista. Que Horrach, representante del ministerio Fiscal, se meta más a defensor privado que a acusador público no lo es tanto. Que la Abogacía del Estado tampoco meta el hocico, menos aún. Qué olfato más bien educado. Que no digo yo que no se pueda no acusar, pero llama tanto la atención que no lo hagan, y más con argumentos de tanto peso como que una costilla siempre se deja llevar por lo que hace el resto de su amado costillar. Por eso, para más cuidar a la oveja descarriada de la Casa Real, se recurre a subterfugios legales como la doctrina Botín, una doctrina ad hoc adoptada en su día para salvaguardar la integridad judicial del fallecido banquero Emilio Botín.

Mucha normalidad democrática. Mucha normalidad democrática fingida, diría yo. Tras la doctrina Botín, ahora nos topamos con la doctrina Horrach, que es alargar la sombra de la impunidad un poco más. Lo justito para que la infanta no se moje, la pobre. Que la normalidad democrática busca eso, parecer que se moja pero sin mojarse, rectificar sobre la marcha y de este modo travestir la falsedad democrática como cierta. Pero si fuera por Horrach hasta nos habríamos ahorrado la apariencia y ni banquillo ni paseíllo. La doctrina Horrach auténtica habría querido que la lluvia dorada sobre el pueblo llano se hiciera en directo, pero ante la oposición de la evidencia tremebunda, tuvo que aceptar la meada filtrada en sede judicial que muy probablemente caerá sobre nuestras atribuladas cabezas en los próximos días, cuando el tribunal decida, por fin, exonerar a Cristina de compartir asiento junto al resto de sus colegas presuntos. Y doña Cristina de Borbón y de Grecia, por preposiciones que no quede, podrá volver a su remanso de paz, a la espera de obtener el divorcio de ese podrido marido que la puso en tan mal lugar, olvidando así aquellas tiernas declaraciones en que, seguramente, al calor de las sábanas, le dijera aquello de: "No te preocupes, amado mío, que con una infanta de España nunca se atreverán". Y tenía razón.

Gonzalo de Miguel Renedo es socio de infoLibre

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