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'Aquí estamos'

'Aquí estamos. Puzzle de un momento feminista'.

Varias autoras

infoLibre publica un fragmento del volumen colectivo Aquí estamos. Puzzle de un momento feminista, editado por Akal. El título recoge textos de 11 escritoras, periodistas, activistas e investigadoras, que abordan algunos de los temas que se sitúan en el centro de esta nueva ola del feminismo: la interseccionalidad, el transfeminismo, los cuidados, la violencia sexual... Además de los textos de Isabel Cadenas Cañón, Mayra Moro-Coco, Patricia Caro Maya, Aitzole Araneta, Anna Pacheco, Nerea Barjola, Alba González Sanz, Patricia Simón, Carmen G. de la Cueva, Carmen Alvar Beltrán y Sofía Castañón, el libro recoge entrevistas a distintas mujeres anónimas que cuentan los desafíos y logros de su activismo feminista diario. Castañón es diputada de Podemos por Asturias, y Laura Casielles, editora del título, es directora de contenidos del Instituto 25 de Mayo, una fundación vinculada a este partido que participa en la publicación. 

Recogemos un extracto del artículo de Nerea Barjola, polítóloga, activista feminista y autora de Microfísica sexista del poder: el caso Alcàsser y la construcción del terror sexual (Virus, 2018). En este texto, aborda la relación entre placer y peligro, libertad sexual y castigo, para estudiar en qué medida el miedo a la violencia sexual actúa como dispositivo de control. 

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A raíz de la revolución sexual, muchas mujeres organizadas comenzaron a poner en común sus propias experiencias permitiendo ubicar las agresiones sexuales dentro de lo cotidiano. Esto facilitó que se visibilizaran las consecuencias que tenía en la vida de las mujeres el temor a una agresión sexual, limitando sus movimientos y/o comportamientos. De esta manera, se evidenciaba la carencia y sujeción de la autonomía sexual de las mujeres. Así lo expresaba Susan Brownmiller, pensadora feminista: «La violación ha desempeñado una función consciente de intimidación, mediante la cual todos los hombres mantienen a todas las mujeres en situación de miedo»1.

Las feministas de la época tuvieron que enfrentarse a toda una estructura de significados y discursos que fomentaba el terror sexual y responsabilizaba de las agresiones a las mujeres. Y, en este punto, pasado y presente se funden en un vil abrazo patriarcal. Los mismos relatos que servían entonces para potenciar el miedo al peligro sexual son los que ocupan hoy en día nuestros periódicos, nuestras tertulias televisivas, los comentarios en redes sociales o las sentencias judiciales. Estas narrativas mostraban una clara estrategia que se traducía en un intento de coaccionar la expresión pública del deseo sexual femenino. Por lo tanto, la acción del feminismo debía contemplar la denuncia de las agresiones sexuales, pero también fomentar la práctica, el placer y el deseo sexual de las mujeres. Tal y como sugería Carol S. Vance, «deseábamos ampliar el análisis del placer y recurrir a la energía de las mujeres para crear un movimiento que hablara tan poderosamente en favor del placer sexual como lo hacía en contra del peligro sexual». Y quizás aquí se encuentre una de las conclusiones más potentes a las que debemos hacer frente: lo que nos jugamos, lo que está en el centro de la diana, es nuestro placer, nuestra autonomía sexual.

 

En consecuencia, es posible pasar a analizar el segundo elemento de nuestra ecuación: la libertad sexual. Podríamos afirmar casi con rotundidad que la violencia machista y sexual es un instrumento que vulnera los derechos fundamentales de las mujeres en prácticamente toda su existencia vital. Pero hablar de derechos fundamentales (pre)supone hablar de un sujeto universal masculino que es, en definitiva, quien detenta, quien posee la titularidad de sujeto con derechos. Por este motivo rechazo utilizar esta categoría si no es con una clara intención de contextualizarla en el marco y bajo la cobertura de un régimen político machista; y de denostarla en un sentido político-feminista amplio.

En esta misma línea, es evidente que no podemos hablar de libertad sexual sin hacer referencia al pacto social. Carole Pateman nos muestra de una manera muy certera en su texto El contrato sexual2 como el pacto original, el contrato social, es un pacto entre hermanos, un pacto fraternal, y establece una argumentación poderosa a partir de la cual demuestra que el contrato social (donde se incluyen todos los derechos fundamentales) es, históricamente, un contrato sexual. Dicho de una manera más radical: los hombres se reparten primero a las mujeres. En consecuencia, el contrato social únicamente protege como individuos/ciudadanos de pleno derecho a los hombres. Pateman destapa y deja al descubierto la relevancia de la fraternidad como lazo masculino, como pacto no escrito, pero objetivamente refrendado. La libertad de las mujeres está claramente estipulada en el contrato sexual. Este es el pacto social del que hablo.

Puede parecer que este contrato pertenece a la historia del pensamiento político, pero en realidad sigue vigente y tremendamente sano en la estructura social. En mi investigación sobre el crimen sexual de Alcàsser3, expongo cómo el asesinato visibilizaba el pacto social a través de la narrativa construida. Una buena parte de la sociedad reclamaba medidas punitivas excepcionales y solicitaba aplicar la pena de muerte para los asesinos. Metafóricamente, la pena de muerte era, en realidad, una justicia que iba dirigida a aquellos que habían visibilizado el pacto social. El pacto social legitima y protege la violencia y la tortura sexual; una condena que no implicara la muerte no resultaba satisfactoria a una sociedad que no estaba preparada para reflexionar sobre la violencia sexual. Más grave aún, había que cercenar la posibilidad de que este asesinato machista introdujera el debate de que el triple crimen era en realidad producto de una sociedad que permite la violencia cotidiana contra las mujeres.

Dentro del pacto social, por supuesto, encontramos la idea o el significado de libertad. Desde una perspectiva feminista tenemos claro lo que significa este concepto, pero es interesante hacer una revisión de lo que representa en el imaginario colectivo. Analizando las diferentes acepciones del término libertad, resulta curioso que en la mayoría de ellas se desarrolle la noción de que esta tiene que ver con la capacidad de pensar y actuar siguiendo la propia voluntad. En estas definiciones también se hace hincapié en otra idea: la de tomar una decisión de manera libre pero responsable, es decir, siendo cada persona consciente de las consecuencias de sus actos.

La voluntad es para las mujeres el eje troncal de la libertad individual y sexual. El problema sobreviene cuando ejercemos nuestra voluntad libremente, y de qué manera el conjunto social pone en marcha todo un sistema de «correctivos», que tienen por objetivo mermar nuestra capacidad de elegir libremente. En un sistema machista, las consecuencias de escoger de manera autónoma se transforman automáticamente en transgresiones al régimen patriarcal –que es, a su vez, el que define la libertad.

Por lo tanto, la libertad responde a un orden normativo, y esta desaparece si la voluntad difiere de la norma. Es decir: tenemos libertad siempre y cuando no nos salgamos de la norma. El término voluntad es un concepto profundamente ligado a la categoría política de mujer, y es la ausencia de respeto hacia la voluntad y la autoridad de las mujeres lo que caracteriza el concepto de libertad sexual. Aquí está la conclusión, el momento en el que despejamos la incógnita de la ecuación que estamos analizando, donde el círculo se completa, donde irremediablemente violencia machista y libertad sexual estrechan sus lazos sobre el cuerpo y la vida de las mujeres.

Al calor de nuestra propia revolución –la actual– es desde donde podemos volver a situar los ejes de un debate que no es pasajero, que sigue estando de actualidad. Retomando la idea de lo cíclico, y relacionando lo expuesto hasta aquí con el presente, me surge una pregunta que es, en realidad, una afirmación: ¿no están las representaciones del peligro sexual, a partir de los relatos actuales, conjugando esta misma idea de placer y peligro? Son narrativas políticas que lanzan normas y pautas de comportamiento y que constriñen la libertad sexual. Es prácticamente imposible que con las representaciones que conforman el imaginario social y los relatos sobre el peligro sexual podamos vivir una vida libre de violencia sexual.

Pongo como ejemplo los relatos construidos en relación con la agresión sexual en Iruña y el asesinato de Diana Quer –por nombrar los más actuales; obviamente, hay infinidad de ellos–. Ambas narrativas ponen el foco sobre la responsabilidad de las mujeres; criminalizan nuestros actos, nuestras acciones, nuestras emociones y nuestra palabra. Se trata de un discurso hegemónico que excluye una realidad tangible y que oculta en su interior el motivo de la violencia sexista, esto es: si nos agreden o asesinan es porque estábamos ejerciendo nuestro derecho a la libertad individual y sexual. Por lo tanto, es importante que, además de denunciar los relatos y las agresiones sexuales, comencemos a poner en valor que la lucha feminista no se está produciendo únicamente cuando salimos a la calle a protestar. El primer momento de reivindicación feminista está en la transgresión. Las compañeras que han sido agredidas y sobreviven al proceso de revictimización no luchan por sus derechos únicamente cuando consiguen ganar el pulso a la institución policial, médica, forense o social, sino más bien al revés: ellas ya estaban luchando por sus derechos a través de sus prácticas. Todas las mujeres que ocupan libremente el espacio público, que viven la noche, las fiestas, los diferentes lugares y situaciones están llevando a cabo una práctica política corporal de lucha, extendiendo esos derechos a todas las demás.

Cada generación tiene un relato que propone normas patriarcales de conducta. El peligro y la violencia sexual no serían posibles sin una narrativa, sin un discurso, sin una serie de representaciones que el cuerpo social construye, distribuye y sustenta. La estructura social machista en su conjunto vigila y castiga.

Por ello, es preciso construir desde la colectividad contrarrepresentaciones al peligro sexual y profundizar en la creación de un discurso que incorpore de manera definitiva el placer, la autonomía y la gestión de nuestros cuerpos libres de violencia machista: hay que abrir un nuevo paradigma de representaciones.

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1. S. Brownmiller, Contra nuestra voluntad, hombres, mujeres y violación, Barcelona, Planeta, 1975.

2. C. Pateman, El contrato sexual, Barcelona, Anthropos, 1995.

3. N. Barjola, Microfísica sexista del poder. El caso Alcàsser y la construcción del terror sexual, Barcelona, Virus, 2018.

 

'¿Cómo somos?'

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