Cine

El libro que convirtió a Hitchcock en artista

Truffaut y Hitchcock durante su encuentro en 1962.

"Hoy, la obra de Alfred Hitchcock es admirada en todo el mundo y los jóvenes que descubren por vez primera Rear Window (La ventana indiscreta), Vértigo, North by Northwest (Con la muerte en los talones) en la onda de las reposiciones, creen que ha sido siempre así. Pero no es éste el caso, nada más lejos". Esta era la advertencia que formulaba el cineasta François Truffaut en la edición definitiva (1983) de Hitchcock/Truffaut, libro que compilaba la entrevista de 50 horas que realizó al maestro del suspense en 1962. El documental del mismo nombre (desde el viernes en las salas españolas), dirigido por Kent Jones, comparte la vocación de aquel prólogo. Recontextualizar el encuentro y la publicación, recordar que antes de él la crítica consideraba a Alfred Hitchcock un director comercial, lejos del auteur que reivindicaría la nouvelle vague y, sobre todo, recrear en el público la sensación de asombro ante el descubrimiento de un genio del cine.  

Una parecida a la que debió experimentar Serge Toubiana, coguionista del filme y director de la Cinemateca francesa hasta el pasado diciembre, cuando descubrió en 1993 las grabaciones originales de la entrevista. Durante una semana, de nueve de la mañana a seis de la noche, Truffaut y Hitchcock —con la escritora Helen Scott como traductora y asistente— hablaron, hablaron y hablaron. Nadie sabía que la grabación seguía existiendo. "Desde entonces, mucha gente quería hacer una película a partir de las grabaciones, pero nunca llegó a buen puerto. Nosotros encontramos el ángulo adecuado", dice Toubiana en una fugaz visita promocional a Madrid.  El ángulo era "que el público disfrute" descubriendo al maestro del suspense como disfrutó Truffaut, o como disfrutó Toubiana, también exdirector de la revista Cahiers du Cinéma (1981-1992)Cahiers du Cinéma, cuando se hizo con el volumen a los 17 años: "Leí el libro aunque no había visto las películas que mencionaba. Truffaut hacía preguntas que podía comprender y aprendí mucho sobre Hitchcock".

No era extraño que un protocinéfilo como Toubiana no hubiera asistido nunca a un pase de Vértigo o de La ventana indiscreta. En los setenta, como recuerda el documental, era todavía muy difícil encontrar copias de la primera, ahora considerada como la obra cumbre de las estrenadas por el director. El resto, aunque con diferencias, tampoco eran de fácil acceso, lo que dificultó la preparación de la entrevista y otorga más mérito a su resultado. En el momento de su lanzamiento, en 1958, Vértigo pasó por la cartelera y la crítica sin pena ni gloriaVértigo . Recaudó 2,8 millones de dólares frente a su coste de 2,4 millones de dólares. Variety señalaba que el ritmo era "demasiado lento" para ser un drama psicológico en torno a un asesinato, y Los Angeles Times consideraba que el cineasta se perdía en "una amalgama de detalles". Ni siquiera Truffaut le dedica más que unas cuantas páginas al filme —comparativamente, bastante menos de lo que le dedica el documental—. Hoy es considerada una obra maestra. 

Hitchcock/Truffaut refuerza esta sensación de redescubrimiento al contar con las voces de distintos directores en activo —David Fincher, Wes Anderson, Kiyoshi Kurosawa, Olivier Assayas, Richard Linklater, Martin Scorsese...—, recopiladas durante los 10 meses de rodaje y montaje, un período particularmen corto con respecto a los tiempos que se manejan en la industria. Aunque esos cineasta desarrollen su obra lejos de los intereses del británico, recuerdan en qué medida su obra les marcó como cineastas. La selección de autores ha sido responsabilidad del director, pero Toubiana ve en esa forma de compartir la experiencia de cada uno el propósito último del filme: "Uno se da cuenta de que lo que uno ha amado ha cambiado la vida de mucha gente, igual que cambió la mía". Truffaut lo decía de manera distinta en el último capítulo, añadido en 1983 tras la muerte del cineasta: "Hitchcock no solo intensificó la vida, sino también el cine". 

Antes de 1966, año de estreno de la película, Hitchcock era considerado un director de estudio, sometido a las rigideces de las productoras y los caprichos de los actores, que se las había arreglado para mantener un éxito comercial casi constante y una gran popularidad gracias en parte a la serie de televisión Hitchcock presenta (1955-1965). "Este éxito y esta popularidad, la crítica americana y europea iba a hacerselo pagar examinando su trabajo con condescendencia, denigrando un filme tras otro", dice Truffaut en el prólogo mencionado. "Hitchcock había comprendido todo ese sistema de Hollywood: el box office, el presupuesto, las estrellas... y se sirvió de él para hacer pasar sus fantasmas. Truffaut es el que revela todo eso", precisa Toubiana. Truffaut es, en cierto modo, quien descubre a Hitchcock. 

Hitchcock y Truffaut posan durante un momento de sus encuentros en 1962. / Philippe Halsman

Esa mirada renovada, esa forma de quitarle la máscara al director de películas de suspense para mostrarle al mundo lo que había debajo —un verdadero autor que ocultaba sus deseos y demonios detrás de inocentes películas para las masas— supuso un viraje en la historia del cine. Sus descubrimientos visuales, vistos como genialidades y no como trucos, influyeron en las siguientes generaciones. "Hay ciertas normas. Y él cogió un lápiz, lanzó una granada y las destruyó todas", confiesa David Fincher. "Fue como si alguien nos quitara un peso de encima y nos dijera: 'Sí, podemos hacerlo, podemos ir a por ello", recuerda Martin Scorsese. En el libro Hitchcock/Truffaut, publicado en plena nouvelle vague, ese movimiento que entronizó al cineasta como artista, Truffaut demostró que Hitchcock, inmerso en el sistema de estudios del Hollywood más férreo, ejercitaba su libertad creativa. Y que esta estaba más allá de los gritos del productor y el trabajo del protagonista. Que el director era el autor de la cinematografía. 

Toubiana no se imagina una relación similar entre dos directores hoy. Sobre todo porque "con el sistema de festivales en todo el mundo, es difícil pasar por alto a un director". Y aprovecha para lanzar un par de pullas: "Este sistema es un mercado cultural que no tiene, sin embargo, la misma eficacia, porque con frecuencia se hacen películas para los festivales y al verdadero público no se le encuentra nunca. ¿Dónde está el verdadero público?¿Sigue en el cine? El público va a ver Batman, Star Wars, una comida nacional y ya. El cine, hoy, está en todas partes pero no se sabe dónde está". Por eso, a una semana del estreno de Julieta, celebra a Almodóvar —"estoy hablando mucho de él hoy, pero es que aquí es menos querido que en Francia"— "que tiene un pie en la autoría y un pie en el mercado": "Tiene razón, en la lógica de que las películas deben funcionar económicamente, y en un mercado internacional, porque con España no bastaría". 

De entre los contenidos (inabarcables) del libro, Jones y Toubiana eligen resaltar aquellos en los que influyeron más en artistas posteriores, o los que más vinculan a Hitchcock con su obra: la construcción del suspense, la relación con los actores, los patrones religiosos o morales de su obra, los sueños y su capacidad simbólica, la relación con el público... En ese proceso, Hitchcock parece descubrirse a sí mismo, como si se mirara a través de los ojos de Truffaut. No en vano el filme finaliza con la hitchcockiana imagen de una llave. Y, poco antes, quizás el momento más emocionante del filme, se escucha a un Hitchcock que vence su timidez ante el interrogatorio de Truffaut:

—¿Admite usted que hay un aspecto onírico en sus películas?

—Son sueños diurnos. 

—(...) Rodando al hombre solitario, rodeado de cosas hostiles, aunque sea sin querer, desemboca usted automáticamente en el dominio de los sueños, que es también el de la soledad y el de los peligros. 

—Probablemente soy yo, en mi interior

Godard el Temible

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