Libros

Políticos con mucho cuento

El ministro de Economía en funciones, Luis de Guindos, firmando ejemplares de su libro 'España amenazada'

El día 21, la casa Bonhams subastará en Nueva York un fragmento del manuscrito de una novela romántica que en su día fue un fracaso y que, posteriormente, nunca ha alcanzado la categoría de best seller. Se titula Clisson et Eugénie, y si resiste el paso del tiempo a pesar de sus exiguas virtudes literarias es por causa de su autor, un tal Napoleón Bonaparte.

Cierto, la obrita puede ser considerada un pecado de juventud, puesto que fue escrita a los 26 años. Aunque, bien pensado, a esa edad (no tan temprana: lo de ser joven a los 40 es invención reciente), Napoleón tenía más experiencia como escritor que como militar, y había firmado ya textos sobre el suicidio, el amor y su isla natal. En cualquier caso, la leyenda cuenta que conservó la novelita (insisto en el diminutivo en razón de su extensión, no la calidad) hasta su muerte, y para salpimentar aún más la historia del manuscrito, en la actualidad se conserva dividido en seis fragmentos, de los cuales el que sale a subasta es, dicen, el más codiciado porque reúne lo mollar de la trama.

Napoleón no era el primer mandatario con ínfulas literarias, ni por supuesto ha sido el último. La historia es pródiga en ejemplos de políticos que dieron rienda suelta a las musas, y se justificaron a su manera. Como escribió Jonathan Keates cuando reseñó la aparición de la versión inglesa, "de vez en cuando en el curso de la historia, una figura en lo que hoy en día llamamos 'la escena mundial' se desvía para componer una historia. No son por lo general muy buenos, estos derrames de ficción de personas cuyo negocio es por lo demás la grandilocuencia de los capitanes y reyes, que luchan batallas, la firma de los tratados y decidir el destino de las naciones". Y en apoyo de su tesis traía a Garibaldi, "sin duda un gran hombre pero, ¿quién lee ahora sus novelas?", a Disraeli y a Churchill.

Detengámonos en estos dos.

Autarquía

"Cuando quiero leer una novela escribo una", dijo Benjamin Disraeli, del que algunos aseguran que es el único hombre público británico que ha escrito novela de calidad, gran elogio en un país donde la carrera literaria (hablamos de no ficción) ha sido abrazada por tantos políticos, incluso en tiempos recientes: Jeffrey Archer, un súper ventas en todo el mundo; o Michael Dobbs, la mente detrás de House of Cards; o Ann Widdecombe, exsecretaria de Estado de prisiones, que en algún momento declaró:  "Siempre he escrito y me parece de lo más irritante que la gente asuma que es sólo un subproducto de la política, en lugar de una ambición de toda la vida". Luego están quienes han recorrido el camino inverso: Ruth Rendell y PD James, por ejemplo, dos grandes de la novela negra que primero escribieron sobre leyes y después, las redactaron desde su escaño en la House of Lords.

Pero ninguno de ellos alcanzó la gloria que sí le fue concedida a Winston Churchill, Premio Nobel de Literatura 1953, si bien el comité no hacía referencia alguna a su única novela, Savrola, escrita medio siglo antes y, por lo visto y leído sobre ella, poco recomendable.

Lo peculiar de los citados es que se dedicaron a la ficción (aunque no sólo a ella), cuando el caso más habitual es el del político que, o bien escribe para abrirse paso (pensemos en el Obama de La audacia de la esperanza: como restaurar el sueño americano), o bien coge la pluma para cerrar etapa o saldar cuentas.

También en nuestro país hay prohombres ambiciosos que se han condensado o han dejado que otros lo hagan en un libro para presentarse ante sus electores, y una nómina enorme de políticos que han publicado (algunos de ellos incluso las han escrito) sus (des)memorias y reflexiones. El más reciente, Luis de Guindos que acaba de presentar una obra reivindicativa: sirve para defender el trabajo hecho. También su colega de Exteriores, José Manuel García-Margallo, publicó sus meditaciones con la cartera ministerial en la mano. El resultado fue Todos los cielos conducen a España. Y hasta aquí puedo y quiero leer.

En definitiva, Pujol, Aznar, Zapatero, Guerra o Rajoy han decidido en algún momento ofrecer en un libro la versión más favorecedora de ellos mismos. Lo cual en ningún caso justifica titulares del tipo "Diez políticos reconvertidos en escritores" o "De la política a las librerías, cuando la experiencia se convierte en novela" porque ni ellos son escritores (al menos no en el sentido artístico del término) ni lo que escriben son novelas.

¿Por qué lo hacen? Tengo para mí que porque creen, como Azaña, que "en España la mejor manera de guardar un secreto es escribir un libro". Sabía de lo que hablaba, es el escritor-político por excelencia, se lanzó al ruedo con obra de ficción publicada, fue Premio Nacional de Literatura y nunca abandonó la escritura. "Si no hubiera tenido una trascendencia como político, su obra literaria sería más estudiada y apreciada, pero el político acabó eclipsando al escritor", afirma Miguel Ángel Villena, autor de Ciudadano Azaña (Península).

Novelistas eran, o llegaron a ser, tres presidentes autonómicos socialistas: Joaquín Leguina (Madrid); Rafael Escuredo (Andalucía), y Pedro de Silva (Asturias). También cambiaron la rosa del puño por un bolígrafo Fernando Morán, ministro de Asuntos Exteriores con Felipe González, o el hoy alcalde de Vigo Abel Caballero. Quizá alguno se sienta cómodo en la descripción, "escritor disfrazado de político", que una periodista hizo del primero de los citados, al que además preguntó: ¿Cuál es la peor traición que ha sufrido como escritor? La respuesta: "El que algunos aún piensen que escribo novelas políticas".

La periodista en cuestión es Nuria Azancot, que también habló de política y literatura con Jorge Semprún. "La literatura me facilitó la ruptura política y la ruptura política, la literaria —declaró quien llegó a ser ministro de Cultura entre 1988 y 1991—. Cuando volví del campo de concentración la literatura no me sirvió porque la escritura de lo vivido, aún en caliente, me hubiese conducido al suicidio, mientras que la lucha política me permitió entonces dar un sentido a mi vida. La clandestinidad fue entonces la mejor terapia, aunque fuese con la idea del mañana: mañana acabamos con Franco, mañana la revolución, pero me permitió reorganizar mi memoria, y escribir El largo viaje. Cuando me expulsaron del PCE, la política me condujo a la literatura. Sí, fui de una a otra como un hombre abierto, sin dolor".

Mucho más próximos, dos ejemplos recientes: la eurodiputada Maite Pagazaurtundúa, Maite Pagaza para los lectores, cuya última novela es Operación Cochinillo; y el popular Borja Sémper, que se atrevió con la poesía:

  No supimos bienni cómo querernosni cómo dejarnos,y ahora no sabemos cómo olvidarnos.Somos una sucesión implacablede incompetenciay ensañamiento

Maldito (des)amor se titula el libro, una operación de alto riesgo. "Sé que habrá ensañamiento por parte de algunos, pero tengo las espaldas anchas —declaró—. Habrá críticas legítimas y muy respetables de gente a la que no guste el libro, pero también espero palos más relacionados con mi ocupación política que con la poesía. Me da igual. No voy a coartarme por el hecho de estar metido en política. Creo que en este país debería empezar a ser normal que haya personas que compaginan la política con otras facetas. En mi caso, con escribir: disfruto haciéndolo y espero que haya quien disfrute leyendo". Y hace bien.

Supongo que son palabras que podría suscribir Marta Rivera de la Cruz, que pasó de las estanterías a los escaños de la mano de Albert Rivera. "La mentira es el mejor arma para un escritor", afirmó el pasado mes de julio en un curso de verano. A buen seguro más de uno pensará que también es una herramienta útil para los políticos.

¿Literatura o política?

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