Poesía

“Si fallan los mensajes económicos o políticos, aparece la poesía”

El poeta Antonio Colinas.

Como una cadena de infinitos eslabones hechos de espíritu y libertad, la poesía pasó del maestro al alumno y, en aquel, volvió otra vez a ser palabra nueva. Un joven, que es “rollizo y andarín”, / llamado Dámaso, / pone un libro en las manos de otro joven. / Darío (el bueno oro/ de la palabra americana, aquella/ que diera a la nuestra modernidad, hondura, gravedad). / “Adiós a Bécquer”, dice el otro joven/ pues de golpe ha nacido/ gracias a ese regalo, / a otra poesía más ardiente. Porque primero fue el sevillano, y luego otros como Antonio Machado o Juan Ramón Jiménez, con su poesía “como fenómeno anímico”, los que se convirtieron en ladrillos de la arquitectura literaria de Antonio Colinas, hijo de sus lecturas, padre de las de sus lectores.

Tras haber publicado en 2011 su obra completa, y cerca de medio siglo desde sus inicios en la empresa de la lírica, una de sus voces fundamentales en español regresa con un nuevo poemario que recoge en parte los grandes temas que han definido su imaginario, y que sirve también de nudo de la bifurcación de la palabra y el pensamiento, la belleza y la razón. Mundos cruzados que habitan su tierra de origen, León, el Mediterráneo de los filósofos grecolatinos, el Extremo Oriente metafísico de Lao Tse, la naturaleza creadora o el cuerpo y el alma de la mujer, y que han quedado recogidos en Canciones para una música silente (Siruela), una extensa publicación dividida en ocho apartados que, dice el autor, es una “especial dentro de las mías”.

A lo largo de cada capítulo, el poeta va adentrándose poco a poco en su universo interior, que no deja de ser reflejo y resultado del exterior, hasta por fin, al término, alcanzar el punto extático: Solo quisiera/ escribir mis palabras con silencios: / escribir el poema sin palabras. / Solo quisiera/ musitar el poema/ como plegaria de silencio/ en el silencio. Con estos versos, los que cierran las páginas, concluye así el escritor su particular viaje introspectivo, uno tan libre como atorado bajo el peso de un intenso equipaje existencial. “Las dos últimas secciones plantean la solución al enigma de este libro. Cuando escribes, no sabes cómo puede terminar, pero al final todo encajó”, explica el también ensayista y traductor (La Bañeza, 1946), Premio Nacional de Literatura de 1982, que ilustra que la música silente que conforma el título alude a “esa música que no se oye pero que sentimos, que es interior, algo que perseguimos”.

Transitando en sus propias profundidades, pero también sobre la superficie del mundo, Colinas ha ido recolectando a largo de su vida ideas, vivencias, experiencias y relaciones que han quedado grabadas en su memoria constructora. La literatura oriental, tan lejos de aquí física y mentalmente, ha supuesto en ese sentido un pilar de su pensamiento y de su estilo. “La poesía china nació en el siglo XX antes de Cristo y aún resiste el esquema, aunque quizá hable de una China que ya no existe”, explica. “Pero es cierto que Occidente busca en Oriente esas prácticas sanadoras, mientras que ellos buscan en nosotros el desarrollo. Siempre deseamos cosas muy contrarias, queremos lo que tenemos”.

Con una concepción de la poesía como el arte de "decir con pocas palabras”, contrapunto así de la narrativa, el escritor reconoce que esta publicación es, en comparación con otras anteriores, aún más “sintética”. “El lenguaje es muy libre, a contracorriente, es palabra esencial”, abunda, para pasar a defender su territorio: “Es absurdo pensar que la poesía es un género minoritario o que vivimos en tiempos no poéticos. No podemos vivir en un mundo sin poesía, porque el poeta nos hace pensar en los límites. Cuando nos fallan los otros mensajes, los económicos, los políticos o los de la calle, aparece la poesía”. Y solo por eso, y porque a él le ha "ayudado a vivir", ya habrá merecido la pena. "La poesía sana y salva", concluye. "Es una búsqueda de una plenitud que a veces son solo unos instantes, pero damos con ellos". 

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