Nadie discute que el conocimiento es poder. La frase, atribuida al filósofo y político inglés Francis Bacon en el siglo XVI, seguramente ponía negro sobre blanco una idea conocida previamente. ¿Qué duda podía caber de que saber algo que otros no saben nos da ventaja? Mucho más tarde, en la Francia inmediatamente posterior al Mayo del 68, Michel Foucault le añadió un matiz interesante al debate: el conocimiento es un instrumento para controlar a las personas si se usa para construir lo que una sociedad considera normal.
Con la llegada de Internet esa lógica se alteró como se suelen alterar las lógicas de poder: parcialmente. El conocimiento salió de bibliotecas y archivos y entró directamente en nuestra vida a través del ordenador con conexión a la red. Sin embargo, ese espejismo de libre acceso a la información y al conocimiento duró poco, apenas unas décadas.
En los últimos meses hemos leído que los medios negocian acuerdos con las grandes plataformas de inteligencia artificial para que puedan acceder a sus archivos; Google está desarrollando herramientas para compensar a los medios por la caída del tráfico procedente de su buscador; Europa habla (por fin) de soberanía tecnológica mientras compite por atraer centros de datos y las grandes compañías tecnológicas invierten fortunas en suministros y en mejorar sus infraestructuras… Esta ensalada de titulares puede parecer inconexa, hecha de ingredientes dispares, pero lo cierto es que todos ellos salen del mismo invernadero. Todas esas noticias hablan de lo mismo: quién controla el acceso al conocimiento.
Nos habíamos acostumbrado a relacionar el poder digital con la atención y ganaba aquel que conseguía mantenernos más tiempo pegados a una pantalla, ya fuera leyendo un texto o viendo el enésimo vídeo consecutivo en redes sociales. El premio de ese segundo más ante el móvil o el ordenador decidía quién era el vencedor de esta batalla por la atención. No entraremos a valorar qué clase de atención es esa que te mantiene catatónico haciendo scroll de forma casi involuntaria, saltando de un contenido a otro, de una música a otra, de una noticia falsa a otra…. A nadie le importaba el qué, sólo se premiaba el cuánto.
Y en estas estábamos cuando irrumpieron en nuestra vida las múltiples y muy bien publicitadas inteligencias artificiales. Podríamos debatir también sobre la inteligencia de esta tecnología, pero aquí no hay tiempo y lo hicimos con energía en la presentación del último número de TintaLibre. El caso es que la IA desplaza ligeramente el foco desde la atención a la interpretación.
Por primera vez, una pequeña cantidad de empresas pugnan por convertirse en la puerta de entrada a un conocimiento que ellas no producen. Poca broma. Basta con controlar las herramientas que ordenan y resumen
Si antes tus búsquedas en Google obtenían como respuesta un listado de enlaces para solucionar tus dudas (previo pago por aparecer en la primera posición, obviamente), se mantenía aquí la ilusión de la elección entre los distintos enlaces que te proporcionaba el buscador. Podías elegir, comparar… incluso algunos podían construir una respuesta propia en base a distintas fuentes. Hoy, cuando le preguntas a un sistema conversacional, recibes una respuesta directa y clara, una síntesis.
Parece un cambio pequeño, pero no lo es. La lista de enlaces hace visible el recorrido, mientras que la respuesta sintetizada que obtenemos de GeminAI o ChatGPT oculta el camino. La máquina decide qué información consulta, cómo la prioriza y cuál descarta. Es cierto que la selección siempre ha existido: los periódicos seleccionan y jerarquizan, los profesores seleccionan, los editores seleccionan… La gran diferencia está en la escala.
Por primera vez, una pequeña cantidad de empresas pugnan por convertirse en la puerta de entrada a un conocimiento que ellas no producen. Poca broma. Basta con controlar las herramientas que ordenan y resumen. Y, justo ahora, parece que los archivos periodísticos recuperan su valor, después de años en los que lo que se leía importaba mucho menos que el tiempo que pasábamos ante la pantalla. Bienvenido sea este regreso a la memoria, a poner en valor décadas de información verificada que se alza como materia prima imprescindible para las máquinas que difunden conocimiento.
También es por eso por lo que Europa se pone las pilas, al menos en materia industrial, buscando el control de los centros de datos cuando antes se entretenía con la regulación. Ha comprendido finalmente que el acceso al conocimiento dependerá también de quién posea la infraestructura capaz de procesarlo.
Los que pensaban que el poder detrás de la IA se estaba moviendo para convertirse en creador de conocimiento ya pueden ir dándole una vuelta. Cada vez está más claro que no se trata de eso. La realidad es mucho más primaria, más básica, más cercana a Bacon y Foucault. Están trabajando para controlar el acceso al conocimiento y volver a hacerse con un poder que Internet les quitó… temporalmente.
Nadie discute que el conocimiento es poder. La frase, atribuida al filósofo y político inglés Francis Bacon en el siglo XVI, seguramente ponía negro sobre blanco una idea conocida previamente. ¿Qué duda podía caber de que saber algo que otros no saben nos da ventaja? Mucho más tarde, en la Francia inmediatamente posterior al Mayo del 68, Michel Foucault le añadió un matiz interesante al debate: el conocimiento es un instrumento para controlar a las personas si se usa para construir lo que una sociedad considera normal.