Terrorismo islamista

Las confesiones del clérigo islamista arrepentido que adoctrinó a los autores de la matanza de ‘Charlie Hebdo’

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A eso de las 18:45, un estudiante de Enfermería de 33 años, arrebujado en su trenca, camina un día frío de invierno hasta la sede de la DGSI, los servicios de inteligencia franceses, al oeste de París. El 8 de enero de 2015, Francia se encontraba conmocionada a raíz de la ola de atentados terroristas perpetrados la víspera. Por la mañana, el estudiante había llamado hasta en dos ocasiones al teléfono gratuito habilitado por el Ministerio del Interior para advertir de que disponía de información sobre los hermanos Kouachi, los autores de la matanza llevada a cabo en la redacción del satírico Charlie Hebdo. En ocho horas, nadie le había devuelto la llamada, por lo que opta por tomar la iniciativa y se presenta en la sede de la DGSI. Los agentes en el control de acceso telefonean al comandante, que se encuentra varias plantas más arriba, para informarle de que un testigo tiene algo que contar. Dice llamarse Farid Benyettou.

El policía hace un mohín. La DGSI lo conoce. De hecho, es al único al que conoce. A mediados de la década pasada, Farid Benyettou fue el primer islamista mediático, antes incluso de ser detenido por reclutar a combatientes con destino a Irak que acarreará también el arresto, por vez primera, de Chérif Kouachi. En aquellos años, los objetivos de los reporteros gráficos se detenían en quien la prensa había bautizado como “emir de Buttes-Chaumont”, cuando en una manifestación en contra del proyecto de ley que prohibía acudir a la escuela con símbolos religiosos visibles, improvisó un rezo en la calle con sus alumnos, entre ellos varios yihadistas.

En aquel momento sólo se le conoce a él. Presenta un aspecto fácilmente identificable y un look invariable –pañuelo rojo y blanco en la cabeza, camisa larga afgana –de moda entre los islamistas tras el 11-S– de un blanco inmaculado, gafas grandes con cristales semioscuros, cabello hasta los hombros y bigote en forma de pelusilla, a sus escasos 23 años. Diez años más tarde, el que fuera mentor de los Kouachi llamaba a las puertas de la DGSI. La tensión se disparó porque esa misma mañana, una policía municipal había sido asesinada a manos de un terrorista que actuó solo.

El informe policial sobre lo que sucedió a continuación, a las puertas de la DGSI, recoge: “Damos instrucciones a los policías de servicio para que tomen las precauciones habituales, Farid BEYATOU [sic] era un viejo conocido de la Dirección General. Avisamos a nuestros superiores”. En la calle, esto se traduce en un Benyettou situado contra la pared, despojado de su trenca, al que se registra y esposa, mientras es apuntado con una ametralladora”. “¿Qué llevas en los bolsillos?”, le preguntaron los policías de servicio.

Al cabo de unos minutos de espera en el vestíbulo de entrada, son conscientes de que Benyettou no estaba allí con la intención de perpetrar un atentado suicida en el templo de los servicios de inteligencia franceses. Benyettou, ya sin esposar, es conducido a dependencias de la DGSI para tomarle declaración. Eran las 19:30 cuando Benyettou, estudiante de Enfermería desde febrero de 2012, comienza el relato de su relación con los hermanos Kouachi, quienes, durante años, asistieron a sus clases de religión. La declaración se prolongó durante más de cinco horas.

Benyettou explica que Chérif Kouachi, en prisión, “instaba a los jóvenes a rezar”, que consideraba la yihad “un deber” para todos los musulmanes, mientras que su hermano Said manifestaba su desacuerdo al respecto. Farid Benyettou explica a los agentes que entre los amigos de Chérif había un “negro que se parece a Teddy Riner, el judoka, aunque menos corpulento” y otro que se hace llamar Dolly. Se trataba de Amedy Coulibaly, el asesino de la policía municipal, futuro asesino del supermercado kosher, que todavía no se hallaba oficialmente en busca y captura.

Y cuando los agentes le advierten de que “realizarán las comprobaciones pertinentes” y de que corre el riesgo de ir a la cárcel “en caso de haber mentido”, antes de preguntarle si tiene algo más que añadir, Benyettou crucifica a sus antiguos alumnos. “Quiero añadir que cuando escuché la voz de uno de ellos en la BFM [un vídeo en la que uno de los hermanos que sale de la sede del Charlie Hebdo se vanagloria de haber vengado al profeta], me dije que se parecía muchísimo...”.

El lunes 26 de octubre de 2015, el hombre que sale del metro lleva el cabello rizado y viste jersey, pantalón de canalé y unas gafas que ya no son de sol. No queda ni rastro de aquellos oropeles asociados a vestimentas tradicionales que le convertían en un individuo fácil de identificar en medio de una cohorte de islamistas. Sólo un sello de plata con una piedra negra recuerda que abraza la fe musulmana.

De pronto, añañde: “Quise negarme a esta entrevista, no tengo nada que aportar, pero no quería que pensara que me estoy escaqueando”. La entrevista con Mediapart se prolongó a lo largo de seis horas durante las cuales sólo bebió un té. El hombre que se mostraba preocupado por no tener nada que decir se muestra inagotable. “¿Sigue con la grabación? ¡Ah!, bueno, temía, creía, que ya había apagado”, pregunta al cabo de las cuatro primeras horas de entrevista. Farid Benyettou vuelve una y otra vez a hablar de la historia de los homicidas del Charlie Hebdo, historiatambién de su metaformosis.

“Elegía a los más débiles para convertirlos en soldados”

Érase una vez un principito de los islamistas. Un chico del distrito XIX de París que creció en un entorno religioso ya desde su más tierna infancia. En el domicilio familiar, la Policía halló unas 1.200 obras en árabe y otras tantas cintas de cassettecassettecon sus carátulas correspondientes fotocopiadas, todo ellos dedicado a la teología.

Benyettou se ganaba la vida por aquel entonces como agente de mantenimiento de lunes a viernes y los fines de semana se transformaba en predicador. Impartía clases a gente de su edad, cada vez a un número mayor, además de predicar en una mezquita, en una de las más integristas. Cuando los responsables de esta mezquita le echan, traslada el proselitismo al salón de la casa familiar. “Impartía clases sobre el fundador del wahabismo. Estas clases atraían a jóvenes del barrio que estaban tratando de hallar una identidad”.

Entre sus alumnos, había granujas del distrito XIX, destinados a convertirse en terroristas. Boubakeur El-Hakim –el primero que viajó a Irak ir a combatir– a finales de 2014 reivindicó el asesinado de dos responsables políticos tunecinos; Peter Chérif y Mohamed El-Ayouani, son dos muyahidines que combatieron en Faluya y que están vinculados con células de Al Qaeda y del Estado Islámico; y, por supuesto, los hermanos Kouachi. Todos beben de este clérigo, que les sacaba un año de edad. “Vestía como un mulá, pero hablaba como un joven de la ciudad. Elegía a los más débiles para convertirlos en soldados”, asegura un vecino del barrio.

Un informe de la DGSI redactado al día siguiente del atentado en Charlie Hebdo lo califica de “antiguo cerebro de la antigua célula de Buttes-Chaumont [en alusión a un parque del norte de París]”. El 27 de diciembre de 2007, una magistrada destinada a la lucha antiterrorista de la Fiscalía de París escribía, a propósito de dicha célula, que Farid Benyettou “no había ocultado a sus alumnos, ni a nadie, que era partidario de la yihad, es decir, de la guerra santa 'cuando se lleva a cabo como es debido'. En su opinión, los ataques suicidas son legítimos cuando estos actos se llevan a cabo en el marco de la yihad”.

Benyettou niega haber reclutado a nadie. “Me han otorgado un papel más destacado del que realmente tenía. Jóvenes que tenían en mente marcharse a Irak venían a verme para conocer mi opinión sobre cuanto allí sucedía. Me acusaron de haberles incitado, pero son ellos los que acudían a mí”.

No obstante, Benyettou no se presenta como inocente y asume las que antaño fueron sus creencias. “Lo que ocurría en Irak, se veía como resistencia. Había que combatir la invasión ilegítima norteamericana en tierras del islam”. Asegura que disuadió a Kouachi a la hora de “atacar a los judíos” antes de poner rumbo a Irak y de cometer la menor acción en Francia que no es, en su opinión, tierra de yihad. Corría el mes de enero de 2005 cuando la DST, predecesora de la DGSI, detiene a Kouachi en el momento en que se disponía a embarcar con destino a Oriente Medio. También enchirona a Benyettou. Éste es condenado a seis años de cárcel por asociación de malhechores dispuestos a cometer actos terroristas.

Prisión, lugar de desradicalización

Durante los dos primeros años que pasa en prisión, prosigue con el proselitismo. Así ha quedado plasmado en los archivos penitenciarios, que reflejan que dirigía rezos colectivos en el patio y efectuaba llamamientos que desencadenaban más de un alboroto. Más tarde cae en el olvido. Una vez condenado en firme, Farid Benyettou es traladado a Osny, donde permanecerá hasta su puesta en libertad.

La prisión me cambió. Antes, mi vida se limitaba a ir a la mezquita y a estar con mis amigos, fundamentalistas como yo. Dejé los estudios a los 15 años. Me aislaba. En Osny, el resto de reclusos desconocía las razones que me habían llevado a la cárcel, yo era el único islamista, estaba tranquilo. Me construí mi propio mundo. Asistía a todos los cursos posibles: teatro, escultura, ajedrez, informática, lectura... Estudié español, inglés”. Aprueba la selectividad y un orientador le insiste: “Tienes derecho a soñar”. Entonces Farid Benyettou sueña con ser enfermero. Entre cuatro paredes de hormigón se evade. En la celda, el hijo pródigo del islam radical encuentra el equilibrio.

Hasta tal punto, que ve con malos ojos la llegada de otro islamista, Sabri Essid. Este miembro de Artigat todavía no había saltado a la fama por ser el hermanastro de Mohamed Merah, ni por haber sido influido por Fabrice Clain, “la voz” que reivindica los atentados de París del 13 de noviembre. Essid tampoco entiende, cuando descubre a Farid Benyettou –entonces un icono en los ámbitos yihadistas franceses–que salude a otros detenidos corsos o vascos. “Me dijo que no podía hablar con infieles. Pero me caían bien, eran simpáticos. El nacionalista corso me prestaba su videoconsola...”.

Cuando Benyettou sale en libertad en enero de 2009, buenos propósitos desaparecen, vuelve a quedar con sus antiguos alumnos. Todos los fines de semana, el grupo de Buttes-Chaumont se reúne para hacer una barbacoa en el jardín de uno de ellos. “Chérif quería que quedásemos sólo nosotros. Yo le decía que éramos todos musulmanes. Él me respondía: 'No, lo nuestro es algo especial'. Yo tenía entonces la impresión de seguir encerrado en el pasado... Debía pasar a otra cosa...”.

Farid Benyettou por primera vez estaba en paro. Vuelve a dar clases de islam, de gramática árabe, pero no de yihad. Acaba por perder toda relación con los hermanos Kouachi. “Chérif se quejaba de Faird a Said”, declaró la hermana de los Kouachi a los agentes. “Aparentemente cuando Chérif hablaba de religión con Farid, este podía contradecirle y eso molestaba a Chérif [...] Después Farid dejó de ver a Chérif, parecía como si se alejasen”.

En la primavera de 2012, deja de impartir clases de religión a raíz de los asesinatos cometidos por Mohamed Merah en Montauban y en una escuela judía de Toulouse. “Algunos alumnos me preguntaban. '¿Podemos matar a mujeres y a niños?' Les respondía, pero por la noche, al regresar a casa, me sentía mal por el hecho de que me hubiesen hecho semejantes preguntas. Si alguien más locuaz que yo se hacía oír, iban a escucharlo, iban a hacerlo...”. Tras conseguir una beca, Farid Benyettoud comenzó a estudiar Enfermería y sus estudios terminan por acaparar toda su atención. Deja de frecuentar a sus antiguas compañías. “Tenía ante mí un magnífica ocasión para pasar página”.

El hombre que ya no quiere ser califa

“En un momento creí reconocerme en estos grupos terroristas, que presentaban al yihadismo como noble. Compartía con ellos la misma visión del islam. Había que defender a los oprimidos. Por ejemplo, estaba convencido de que Argelia se encontraba en estado de emergencia, que la vía democrática había mostrado sus límites y que las relaciones de poder se impondrían antes o después. Pensaba que un grupo que respeta los principios del islam representaba una verdadera alternativa. Sí, creí en Al Qaeda”.

Farid Benyettou se muestra sensible a las teorías del complot que seducen a una parte creciente de la juventud, adepta al islam radical tanto como a la leyenda de los illuminati. Un detalle –el pasaporte de un miembro del comando hallado intacto entre los escombros del World Trade Center– le basta para cuestionar el 11-S. “Yo decía que Bin Laden nunca había reivindicado este atentado. Hace poco que he descubierto que sí lo hizo. Entonces, no escuchaba sus discursos que encontraba muy largos y planos”.

A principios de 2015, Farid Benyettou cree haber pasado la página del terrorismo. En marzo –“si todo va bien”, le dice a los policías– será enfermero. El 7 de enero, realizaba sus prácticas en las urgencias del hospital de la Pitié-Salpêtrière de París. Por la noche, los medios de comunicación y las redes sociales desvelan la identidad de los asesinos del Charlie Hebdo. Y su nombre vuelve a salir a la palestra. Todos los periodistas, incluido el que firma estas líneas, destacan que Farid Benyettou fue el primer mentor de los dos hermanos asesinos. No le sorprende. “Estaba entre las personas que atendían a las víctimas del Charlie Hebdo y a sus familias. Era legítimo que me fuese”.

En casa, Farid Benyettou debe hacer frente a sus demonios. Los primeros días, no pudo leer nada relativo a los atentados. Con el paso de los días, ve las “redifusiones de los reportajes sobre el Charlie Hebdo, solo, en YouTube en las noches en que no podía dormir”. ¿Se siente responsable de haber inoculado los gérmenes del yihadismo en los hermanos Kouachi? “No desde luego, no lo soy... pero en el caso de Buttes-Chaumont...”.

Su dicción, sembrada de pausas para sopesar bien cada palabra, es cada vez más entrecortada. Farid Benyettou se queda absorto contemplando su taza, vacía desde hace varias horas. Sin levantar los ojos, retoma el hilo que ha interrumpido: “A veces me culpo... Si hubiese visto algo... Si hubiese podido... Me digo que habría podido cambiar las cosas... pero ¿qué? El caso es que en los últimos años, por las conversaciones que mantenía con Chérif, me daba la impresión que evolucionaba. Hablé con él sobre la guerra en Mali... Me han reprochado que nunca rompiese por completo con él o con su hermano, pero eran amigos míos...”.

¿Qué se puede pensar del supuesto proceso de desradicalización que dice haber pasado Farid Benyettou? Una investigadora de la Universidad de Friburgo, Géraldine Casutt, que prepara una tesis sobre el yihadismo, en una entrevista concedida en agosto de 2015 sobre el fenómeno de los conversos, hacía mención de un aspecto que puede aplicarse en el caso del clérigo Benyttou. “Los conversos que abrazan súbitamente el fundamentalismo no han crecido en un entorno con referencias al islam convencional, por lo que sería muy difícil hacer que volvieran a la práctica normal del islam, que no han conocido nunca”. Benyettou fue musulmán antes de convertirse en islamista. Paradójicamente, el entorno familiar que estuvo en el origen de su radicalismo ha podido proporcionarle las armas necesarias para regresar por sí mismo a una práctica más convencional y razonada de su fe.

Después de que Benyettou prestase declaración, la DGSI trató de comprobar la autenticidad del relato. Le siguieron, le sometieron a escuchas telefónicas, le fotografiaron. Hasta que se cansaron. Farid Benyettou, ahora enfermero, parece el converso que asegura ser. “En los entornos yihadistas debo de ser el peor de los traidores. Habrá quien diga que soy un veleta, lo asumo. Si hay informaciones que pueden ayudar a evitar que se cometan atentados, se debe informar a la policía o a las autoridades”.

Una actitud que, a los que conocieron al llamado emir de Buttes-Chaumont, les resulta difícil de entender. En primavera, un camello de poca monta del distrito XIX decía que Benyettou tenía un “perfil bajo” en el barrio, que estaba proscrito. De uno de sus exalumnos, un viejo cómplice de Kouachi, Benyettou dice que espera “no cruzárselo nunca”.

Un islamista, condenado por terrorista y próximo a Chérif Kouachi y a Amedy Coulibalu, en una entrevistado mantenida a finales de octubre de 2015, contaba hasta qué punto había “chocado a sus correligionarios” el distintivo que el antiguo clérigo portaba. Se lo hacemos saber a Farid Benyettou. Se le ilumina el rostro, esa sonrisa que sigue dándole un aspecto juvenil, pese al paso de los años y a las noches en blanco. Saca de su bolsa un distintivo negro corroído de óxido. “Se ha mojado en varias manifestaciones. Me lo he puesto mucho”. Las tres palabras en mayúscula blancas son perfectamente legibles: “JE SUIS CHARLIE”.

Su mala reputación me llevó hasta Farid Benyettou. Tirando del hilo, un pequeño delincuente y un islamista, que a priori no se conocen, me hablaron del fuerte resentimiento que la actitud contra sus exalumnos, los hermanos Kouachi, suscitaba en el barrio de Buttes-Chaumont y entre los fundamentalistas. No pensaba encontrarme con un individuo que, por cobardía, había renegado de sus convicciones extremistas tras el ataque a Charlie Hebdo. He descubierto a un hombre que asume sus posturas pasadas y actuales, a veces con contradicciones, a menudo con una franqueza fresca.

La consulta de los archivos penitenciarios, informes de policía y testimonios como el ofrecido por la hermana de Chérif y de Said Kouachi nos han permitido corroborar la historia de Farid Benyettou.

Traducción: Mariola Moreno

Leer el texto en francés:

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