Mohamed Abrini o la banalidad del mal: “¿Dormirás bien si te digo que condeno los atentados?"

Mohammed Abrini durante un viaje a Reino Unido.

Matthieu Suc (Mediapart)

Como abogado de la parte civil, Mathieu Riberolles hasta la fecha no ha querido acaparar el uso de la palabra ni convertirse en centro de atención. Cuando se pone de pie, este martes a última hora de la tarde, para dirigirse a los acusados, le pregunta con voz suave a Mohamed Abrini:

– “Las víctimas le están escuchando, ¿tiene algo que decirles?”.

El acusado, que ha respondido a todo o casi, se ve desarmado ante esta sencilla pregunta, la primera que le pone frente a sus víctimas.

– “Es una pregunta extraña, es difícil... No lo había planeado... Es complicado... No sé, señor...”.

Le sigue un largo silencio.

– “Sé que es complicado, pero el único momento en que puede hacerlo es ahora”, insiste el abogado.

Con las manos en el estrado, Mohamed Abrini busca las palabras antes de mantenerse al margen, en voz baja, de víctimas y asesinos. “Lo que puedo decir es que es muy triste lo que les ha pasado, por supuesto. Creo que fueron doblemente víctimas. De la política exterior de Francia y del Estado Islámico...”. 

Y se explaya sobre la supuesta culpa del Estado francés y de sus ciudadanos.

– “Está muy bien salir a la calle por razones económicas, pero quizá sea el momento de que los franceses salgan a la calle para denunciar ciertos aspectos de la política exterior francesa. No somos nosotros los que acabamos con la actitud despreocupada de las víctimas que fueron a tomar una copa a la terraza”.

– "¡¿Es eso lo que le diría a las víctimas?! ¿Le diría que salieran a la calle a manifestarse?", pregunta sorprendido el abogado Riberolles, que añade: "¿Condena a día de hoy los atentados de París?”.

Ante esta pregunta, de nuevo sencilla, la respuesta vuelve a ser enrevesada.

– “Es una pregunta propia de BFMTélé”, replica el acusado. “La verdadera pregunta es: ¿qué estamos haciendo para evitar que vuelva a suceder?".

– "Quizás pueda responder a las dos…", añade el abogado.

– "¿Dormirá bien si le digo que lo condeno?", responde Mohamed Abrini.

Sin grandilocuencias, en un tono nada agresivo por parte del abogado, se acaba de revelar la verdad de un terrorista. No condena nada, no se arrepiente de nada. Horas antes, Mohamed Abrini, sospechoso de ser uno de los cerebros de la célula que iba a enlutar las calles de París y luego de Bruselas, había proclamado: “Mi mano no mató a nadie, mi cerebro no ordenó nada”. Y también: “Yo no lo habría hecho [atentar], no tengo las manos manchadas de sangre”.

En las jornadas 65 y 66 del juicio, y tras la polémica sobre el Covid de Salah Abdeslam (ya negativo), se abordó el meollo de la cuestión con el interrogatorio a los acusados sobre los cargos que se les imputan. Eran las 14.01 horas del martes cuando Jean-Louis Périès, presidente del tribunal especial que juzga los ataques, se dirigió al primero de ellos: “Bien, señor Abrini, si quiere ponerse de pie, por favor”.

El acusado lo hace. Viste una camisa de cuadros, tiene el pelo corto, una fina barba que se adivina bajo una mascarilla quirúrgica y los ojos ya hundidos por el cansancio de las audiencias. Nos quedamos cortos si decimos que su interrogatorio era muy esperado. Durante los cuatro años de la instrucción, el hombre es el que se ha mostrado más hablador y, sin duda, el más honesto. En cierto modo, Mohamed Abrini no decepcionará durante estos dos días.

Sobre la religión que profesa, dice: “Para mí, la sharia está por encima de la ley de los hombres. El islam, tal y como lo enseñó el Profeta, no es compatible con la democracia”. O también: “El islam enseña que nadie es más feliz que el que cae mártir”. No puede ser más claro. En su opinión, su público en la sala es incapaz de entenderlo. “No sabe nada de religión”, dice. “Para usted, que un hombre pueda vivir con tres mujeres es sospechoso. ¡Incluso polemizan sobre el halal!”.

En la memoria, la declaración de hace más de dos meses de Hacène, el padre de un hombre asesinado en la sala Bataclan. Se había dirigido a los terroristas para decirles “que el islam que predican nunca será el suyo, ni el de sus padres, ni el de sus vecinos ni el de los mil millones de musulmanes del mundo”: “Les recuerdo que las primeras víctimas de su cruzada son los propios musulmanes”. “¿Acaso han leído el texto sagrado del Corán?”, se preguntó a continuación. “Están haciendo rehenes a todos los musulmanes”. Sus palabras hicieron reaccionar con acritud a Salah Abdeslam.

Sylvie Topaloff, abogada de la parte civil, trató de llevar a Mohamed Abrini al mismo terreno. “¿Qué juicio hace sobre sus propios padres que practican un islam diferente al suyo?”. El acusado se esfuerza por responder, se lía. Se pasa la mano por la frente. “No entiendo la pregunta. Mis padres son de otra generación, de otra época. Nosotros, el islam hoy...”. 

No termina. Entonces Topaloff vuelve a la carga. “Su padre hace una diferencia entre usted y él, habla de barbudos, ¡incluso habla de lavado de cerebro!”. 

– No sé qué quiso decir con eso, no lo entiendo.

Llega a decir que los padres “no entienden nada”, y luego cuestiona al abogado que tanto le incomoda: 

– “¿Se ha traído escritas las preguntas?”.

– “No, mira. ¿Por qué me dice eso?”, sonríe antes de volver a sentarse.

Más cómodo al hablar de sí mismo y de su compromiso religioso, Mohamed Abrini no tarda en hablar de la yihad. “El Corán, yo lo sigo al pie de la letra. En el Corán puede leerse: podéis defenderos. […] Es un deber proteger a los oprimidos, a los que están siendo masacrados”. Según él, no habría ido con sus hermanos yihadistas, amigos de la infancia, a matar a las terrazas o a Bataclan.

“No sería capaz de hacerlo, de inmolarme. Coger las armas, luchar [en Siria], no hay ningún problema. Volver a Francia para matar a gente inocente, en mi cerebro, es agotador”. Incluso aunque, en la práctica, se reunió con los asesinos a finales de agosto de 2015, los condujo a París el 12 de noviembre y se refugió durante casi cinco meses con los supervivientes de la célula terrorista.

Así que, según sus palabras, no tiene las manos manchadas de sangre, pero “comprende” a los que sí lo hicieron. “Los que se inmolaron lo hicieron en respuesta a los atentados. Los ataques son una respuesta a la violencia”. Porque, según él, “hay que reconocer que las cosas desagradables ocurren en ambos bandos”. Mohamed Abrini replica que los países occidentales han golpeado al Estado Islámico, para que éste les ataque a su vez. Esta propaganda yihadista ya la había hecho Salah Abdeslam en los primeros días del juicio.

No importa que esta justificación no soporte el examen de los hechos, como el presidente Périès intenta señalar al acusado mientras habla. “No se trata de justificar o no. La guerra es así... Parece que estén hablando unos niños: ‘Empezaste tú’”, dice Abrini. Sin darse cuenta de que es precisamente su propio argumento el que ridiculiza.

Muy lejos de la actitud de Tyler Vilus, el yihadista francés condenado a cadena perpetua a principios de año, que pudo hablar durante una hora y cuarto en uno de sus juicios sobre sus acciones en Siria, así como de sus planes en Europa. También distaba mucho de parecerse a Boubakeur el-Hakim, uno de los presuntos autores intelectuales del 13 de noviembre, muerto tras un ataque aéreo en Raqqa.

En la comunidad yihadista, están los Tyler Vilus, los Boubakeur el-Hakim y los Mohamed Abrini. Se trata de hombres normales y corrientes a los que no mirarías si te los cruzaras por la calle y que, sin embargo, han sido investigados por las fuerzas policiales de Europa y ahora se encuentran acusados de participar en la peor matanza en Francia desde la Segunda Guerra Mundial. 

“No soy un líder del Estado Islámico. Veo que intentan ponerme un traje más ancho que mis hombros”, dice Mohamed Abrini. A veces, haría bien en ser más astuto. Este es el caso cuando asume la herencia del Estado Islámico. “¡Acepto todo! De la misma manera que usted acepta todo en la historia de Francia, sus páginas oscuras, sus páginas brillantes”. El presidente Périès le preguntó entonces por las decapitaciones cometidas en el territorio del autoproclamado califato. La respuesta del acusado fue demasiado rápida.

– “¡Las decapitaciones también se llevaron a cabo en Francia, señor presidente!".

– "¿Ah, sí?"

– "¡Cortaron la cabeza de su propio rey!"

– "No era la misma época...”.

Mohamed Abrini escupe los tópicos de la propaganda yihadista, sin darse cuenta de que eso le hace un flaco favor. El martes, la jueza, Frédérique Aline, le preguntó qué pensaba de las violaciones de los yezidíes. El acusado respondió: “En todas las guerras de conquista, cuando los hombres eran derrotados, las mujeres eran puestas en el mercado. Lo que usted llama violación, para otros historiadores son un proyecto de natalidad...”.

La sala tose.

Al día siguiente, su abogada Marie Violleau trató de corregir la desastrosa impresión causada. Le hizo repetir que, efectivamente, estaba “en contra de la violación”. Abrini lo dice, pero no puede evitar añadir que “la situación de las mujeres en Francia es triste”, cuando se le pregunta por las exacciones del Estado Islámico... En otro intento de aclarar las cosas, Violleau se ve obligada a precisar a su cliente: “¿Ha entendido, señor Abrini, que la respuesta está en la pregunta?”. Responde que sí, pero no está del todo claro.

Mohamed Abrini trata regularmente de adivinar el significado de las preguntas que le hacen, para anticiparse a posibles trampas. “Señora, ya veo a dónde quiere llegar”, le dice a la jueza, Aline. La mayoría de las veces, suspira o se ríe, dando a entender que es un diálogo de sordos. Él y el tribunal no pueden entenderse. Se podría jurar que es una muestra de su incapacidad para argumentar, para salir del marco impuesto por el discurso yihadista.

A veces, también, está perdido porque este juicio extraordinario es el resultado de un caso extraordinario. “No lo sé, señor presidente. Es muy posible. Son detalles cuando has pasado por las cosas que yo he pasado”, explica varias veces. “¿Cómo quiere que le responda con precisión?”, replica a un magistrado. “Me dice 'el número que termina en 736' y luego me mira. Como si...”.

También anuncia que a partir de ahora se negaría a responder a la más mínima pregunta sobre telefonía. Cabe preguntarse si, en este último punto, se debe realmente a fallos de memoria, en este caso bastante comprensibles dado el millón de páginas que componen el expediente. Pues Mohamed Abrini, si es prolijo en evocar la yihad en general, la de los demás en particular, tiene mucha más dificultad en evocar las acusaciones que pesan en su contra, sobre todo cuando éstas se basan en documentos irrefutables, sus propios escritos.

Así, se ofende cuando se le leen los mensajes de texto intercambiados con su exnovia. “¡Son conversaciones personales y privadas! ¿De qué sirve eso en este juicio? ¿Cómo ayudará a establecer la verdad?”. En uno de los mensajes en cuestión, anunciaba a su amor: “Me dirijo hacia el Todopoderoso y el precio a pagar es perder la vida”... 

Después del martes, dedicado más específicamente a su compromiso religioso, el miércoles se dedica al recorrido de este hombre en ese camino de martirio que le anunció a su prometida de entonces.

Mohamed Abrini creció en Molenbeek, en una casa que lindaba con la de la familia Abdeslam, por un lado, y por el otro con el negocio de Abaaoud. Era un vividor que se convirtió, al parecer, durante su penúltima estancia en prisión, influido por un triple fenómeno. En su ausencia, todos sus amigos del barrio se fueron a Siria. Su vecino Abdelhamid Abaaoud se convirtió en una celebridad desde que se difundió un vídeo en televisión en el que se le veía, sonriente, arrastrando cadáveres. Por último, y según su abogado belga Stanislas Eskenazi, este es el factor determinante, su hermano pequeño Souleymane murió allí. Entonces decidió ir a Siria. “Vi una foto del cuerpo de mi hermano pequeño con una bala en la cabeza. Quería irme, para ir a ver”, dice.

El 23 de junio de 2015, voló a Turquía, antes de unirse al Estado Islámico, donde fue recibido por Abdelhamid Abaaoud. Allí visitó la tumba de su hermano menor en Deir ez-Zor, y después se alojó en Raqqa en el piso de Najim Laachraoui, el futuro fabricante de bombas de los atentados del 13 de noviembre y del 22 de marzo, al que todavía no conocía, según él. El 9 de julio, tras guardar luto, abandonó Siria. Hasta aquí su versión de la historia.

El presidente Périès le preguntó de qué había hablado con Abaaoud. “Me explicó lo que hacía, la labor humanitaria, los combates. Me contó cómo mataron a mi hermano, cómo sucedió en la batalla. Tuvimos tantas conversaciones...”. Pero nada sobre los preparativos de los atentados. ¿Por qué? “Alguien que tiene un proyecto así no quiere que salga a la luz. Al hablar a la gente de él, podría haber salido mal”, dice sin reírse quien se encuentra en el banquillo de los acusados por ser sospechoso de haber contribuido significativamente a la realización de estos atentados.

Nicolas Le Bris, uno de los tres fiscales, y varios abogados de la acusación le preguntan por otros yihadistas que podría haber conocido en Raqqa. Nadie más que Abaaoud y Laachraoui, jura. Este periodo de finales de junio y principios de julio es el momento en el que todo parece estar en juego: los cerebros de Europa se dirigen a Siria para recibir las últimas órdenes y los primeros asesinos llegan al Viejo Continente. Mientras tanto, todo este pequeño mundo se habría reunido, según podemos deducir de varios testimonios, en el piso de Najim Laachraoui. Pero Mohamed Abrini no vio ni oyó nada.

– “¿Está seguro de que Najim Laachraoui estaba solo en su piso?"

– "Le digo que estaba solo en ese piso”.

Y el terrorista describe Raqqa, “una ciudad completamente normal”, lejos de la guerra, lejos de los atentados que fomentan sus amigos.

El 12 de julio de 2015, Mohamed Abrini se encuentra en Birmingham, en los Midlands, donde se reunió con dos islamistas a petición de Abdelhamid Abaaoud, para supuestamente cobrar una deuda de 3.000 libras. En los días siguientes, Abrini continuó sus peripecias, esta vez en el estadio de fútbol del Manchester United, donde, no obstante, tomó varias fotos. En su perfil de WhatsApp se le ve rodeado de dos artistas callejeros vestidos de Iron Man, el superhéroe de la galaxia Marvel. 

– “Sabe lo que pensaron los investigadores...", dice el presidente Périès.

– "Cuando te detienen en casos como este, siempre te imaginas lo peor. Y sin embargo, no pasó nada. [Para la policía], es imposible ir al casino, a los bares de shisha, a hacer turismo”, se lamenta Abrini.

Como ya informó Mediapart (socio editorial de infoLibre) antes del juicio, durante el verano de 2015, otro de los familiares de Abaaoud se encargó, una vez llegado a París, de fotografiarse frente a la Torre Eiffel y el Sacré-Cœur. Otro visitó Estambul y se inmortalizó frente a los monumentos. “La consigna era actuar como un turista, hacer fotos como un turista”, admitió este último una vez detenido.

De repente, durante la audiencia, el presidente Périès interpela a Salah Abdeslam: “¡Estoy hablando con el señor Abrini! ¡Ya tendrá el uso de la la palabra después!”. El principal acusado respondía en lugar de su amigo de la infancia, que se encontraba en dificultades por su estancia en Gran Bretaña. Al final de la jornada del miércoles, Mohamed Abrini protesta por su sinceridad. “No tengo nada que perder. Probablemente seré condenado a prisión permanente. Luego tengo otro juicio [relativo a los atentados del 22 de marzo en Bruselas], probablemente también me caiga una condena semejante. ¿Por qué iba a mentir? No tengo nada que ocultar”.

Antes, Sylvie Topaloff le había preguntado por el final de su viaje siriobritánico. De vuelta a Bruselas, la Policía belga lo había interrogado y había quedado en libertad. “Siempre dice: ‘Me he visto atrapado en una espiral’. Sin embargo, el 27 de julio de 2015, usted hizo la observación de que la Policía no tenía nada contra usted y que, por lo tanto, podía retirarse de este plan sin ninguna consecuencia. ¿Por qué no lo hizo?”, finge preguntarse la abogada Topaloff. Mohamed Abrini no respondió.

Traducción: Mariola Moreno

Leer el texto en francés:

   

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