Antes de

María antes de Zambrano, la niña que quiso ser un caballero templario

Una María Zambrano de pocos años pasea de la mano de su padre, Blas Zambrano, por el alcázar de Segovia. Caminando por el valle, la pareja llega hasta la Iglesia de la Vera Cruz. María se interesa por el edificio y su padre le explica que es una iglesia templaria. En ese punto, la niña para, mira a su padre y le dice: “Yo quiero ser un caballero templario”. Don Blas, ante la ocurrencia de su hija, le advierte que una niña no puede ser un caballero y, mucho menos, uno templario. Quien cuenta la anécdota, en un documental de Canal Sur, es Marifé Santiago, doctora en Filosofía y patrona de la Fundación María Zambrano. “No mucho antes”, añade, “también había querido ser una caja de música”. Son dos detalles que pasarían desapercibidos en cualquier niño y no serían importantes para trazar el recorrido que lo llevara a la adultez, pero en María Zambrano sí lo son. Ya en su madurez, la poeta y filósofa reflexionó: “Ser mujer significa renunciar y no poder ser lo que se quiere ser”.

Para entender cómo era la María que existió antes de convertirse en una de las grandes figuras de las letras y el pensamiento en España, hay que empezar por el principio. Marina de Dios, profesora de Filosofía, sitúa ese principio debajo de un limonero. “María nació en Vélez-Málaga el 22 de abril de 1904”, tercia la profesora: “Y ella misma hablaba de un recuerdo que permanecía en su memoria de forma extraordinariamente nítida”. Se trata de un limonero. En su vejez, Zambrano recordaba cómo su padre la levantaba y ella entraba en contacto con el elemento vivo, en palabras de Marina de Dios, que luego marcaría el compás de su filosofía y de su poesía. “El elemento vivo representado, en este caso, por un limón”. Además, continúa, “el limonero es, en este caso, un alfa y un omega, toda vez que, a su muerte, a María la enterraron entre un limonero y un naranjo”.

Las etapas de la juventud de María Zambrano pueden dividirse, como en los casos de muchos otros personajes, por ciudades. Hasta los cuatro años vivió en su localidad natal. Un poco más tarde, en 1908, la familia se traslada a Madrid, siguiendo las oportunidades laborales del padre, que era profesor. María siempre lo reconoció como una de sus mayores influencias. Incluso para él fue la dedicatoria del primer libro que publicó su hija, Los horizontes del liberalismo (1930). En las primeras páginas, puede leerse: “Porque me enseñó a mirar”. Pronto, la familia volvió a trasladarse, en este caso, a Segovia. Ahí tiene, María, el primer contacto con las grandes personalidades de su tiempo. Blas Zambrano era muy amigo de Antonio Machado y del escultor Emiliano Barral. Los tres, junto a otros colegas, eran la élite intelectual de la ciudad, que florecía, sobre todo, entre los muros de la Universidad Popular de Segovia. María Zambrano y Antonio Machado trabarían, andando el tiempo, una sólida amistad –fundamentada en la admiración mutua– que se extendería hasta el final de sus días.

Pero no fue Machado quien más marcó a María durante sus años segovianos y, más adelante, en la Universidad Central de Madrid, la actual Complutense. Fue, en cambio, su primo y poeta Miguel Pizarro quien ocupó sus pensamientos y su corazón. Es más, a la postre de su vida, Zambrano lo reconocía como “el más grande amor de su vida”, tal y como apuntan las notas biográficas de su Fundación. Miguel Pizarro, un hombre muy próximo a Federico García Lorca, miembro de la tertulia de El Rinconcillo, en el granadino Café Alameda, se enamoró de su prima igual que su prima se enamoró de él. Juntos se acercaron a la literatura y vivieron con intensidad el amor de juventud. Sin embargo, no podía durar. La familia envió Miguel a Osaka (Japón) para ser profesor universitario y la relación entre los primos, que se mantuvo viva en las temporadas que el poeta pasaba en España, terminó por romperse del todo. Pizarro desarrolló una carrera diplomática en Rumanía, en cuya capital, Bucarest, impartió clases de español.

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Descaro, guerra y exilio

María fue una de las únicas dos chicas en el Bachillerato en Segovia y, cuando lo hubo superado, decidió estudiar Filosofía, “una carrera, por aquel entonces, de hombres”, tal y como apunta Marina de Dios. La extraordinaria capacidad de la autora de El hombre y lo divino y su descaro le valieron, en pocos años, un puesto como profesora de Metafísica en la propia universidad. La Guerra Civil Española asaltó a los Zambrano cuando María ya era conocida en las altas esferas intelectuales españolas. Colaboradora habitual de la Revista de Occidente y declarada republicana, participa, en 1933, en algunas Misiones Pedagógicas e, incluso, el Partido Socialista le propone presentarse a las cortes. Eso ocurrió en 1931, pero María rechazó la oferta. En 1936, se casa con el diplomático Alfonso Rodríguez Aldave, junto al que pronto marchan a América Latina, aunque por poco tiempo. El devenir de la guerra devuelve a la pareja a España, según dijo la propia Zambrano, porque su bando, el republicano, la estaba perdiendo. Pronto se consumarían los malos presagios.

La filósofa y poeta se iría al exilio junto a su querida hermana Araceli y a su madre. Blas Zambrano había muerto en 1938. El resto de la historia de María Zambrano, hasta que falleciera en 1991, la convirtió en uno de los grandes nombres de la cultura española. Ni siquiera la guerra ni el franquismo pudieron impedir que aquella niña malagueña que quiso convertirse un caballero templario terminara siendo, con mucho esfuerzo y algo de tozudez, algo parecido a lo que quería ser.

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