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De los mártires ‘por’ la fe a las víctimas ‘de’ la fe: la solución laica

Juan Antonio Aguilera Mochón
Publicada el 29/10/2013 a las 19:17 Actualizada el 29/10/2013 a las 20:10
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522 “mártires del siglo XX” fueron beatificados el pasado 13 de octubre en Tarragona, en una ceremonia presidida por el delegado del papa Francisco, cardenal Ángelo Amato, con nutrida asistencia de cargos públicos y completa cobertura por la televisión estatal. Con esta macrobeatificación ya ascienden a más de 1.500 los mártires subidos a los altares por fallecer a manos de los republicanos (los rojos) en la Guerra Civil o —muchísimos menos— durante la II República. Los obispos explican que “el testimonio de miles de mártires y santos ha sido más fuerte que las insidias y violencias de los falsos profetas de la irreligiosidad y del ateísmo”.


Todo esto no estaría tan mal si, al mismo tiempo, la compasiva iglesia honrara debidamente a los muertos que  ella causó por motivos religiosos, las, digamos, aprovechando que estamos en el “año de la fe” y siguiendo el modelo episcopal, decenas de miles de víctimas de “las insidias y violencias de los verdaderos profetas de la religiosidad y de la fe”. En otras palabras, a quienes murieron —siguiendo una tradición secular— víctimas de la fe católica, a través de las acciones directas o las instigaciones o delaciones de sus curas, obispos, cardenales, o sencillamente adictos; que fueron asesinados por no tener esa fe, comulgar con ella en grado insuficiente, argumentar a favor de la racionalidad frente a la superstición y la credulidad, o, aun siendo creyentes, por defender valores democráticos republicanos… o no atacarlos. Los restos de muchos de ellos siguen en cunetas y fosas comunes.



Nos dicen que mártir significa testigo, testigo hasta la muerte, y que de lo que da testimonio un mártir es de su fe. Pero las víctimas mortales de la fe, cuando ésta es la que actúa de matari-fe, también son testigos: dan testimonio, a través de su muerte, del amor fanático y criminal que con tanta frecuencia ha movido a la Iglesia. En otras palabras, mientras que, según los obispos, "los mártires murieron por odio a la fe” (el odio a la fe de unos asesinos, ciertamente), las víctimas de la fe murieron por el amor a ella (el “amor”… de otros asesinos). Aunque presumimos que hubo, en ambos casos, motivos políticos que se sumaron a los estrictamente religiosos (para el historiador católico Hilari Raguer, los llamados mártires no lo fueron, debido a la naturaleza política, y no religiosa, de sus asesinatos). Por todo lo dicho, que la Iglesia se haga la gran mártir mediante una beatificación récord, mientras ignora olímpica e inmisericordemente a sus víctimas y rechaza la recuperación de la memoria histórica (pues eso sí es “reabrir heridas”), revela que la jerarquía católica no puede disimular que continúa simpatizando con los insurrectos del 36. Entonces hubo honrosas excepciones, como la del cardenal y arzobispo de Tarragona —precisamente—, Vidal y Barraquer, uno de los pocos que en 1937 se negó a suscribir la “Carta Colectiva de los obispos…” en apoyo de los golpistas, lo que le costó morir en el exilio. Hoy, ninguno se ha desmarcado del agravio: aunque intenta disimularlo, la cabra episcopal tira al monte fascista. Guiada por el pastor Francisco, que, de hecho, autorizó en julio la adición de 42 beatos a la lista, con lo que se consiguió la nueva marca para el Guinness.


Como se sabe, no solo hubo víctimas mortales de la fe en el fragor de la guerra (esa “Cruzada” promovida por la Madre Iglesia), sino también, y muchas, en el disfrute de las mieles de la “Victoria”, y más allá, en frío, cuando la dulce Iglesia siguió bendiciendo al criminal golpista, ya como sangriento dictador, hasta el extremo simbólico de llevarlo bajo palio. Y además están las víctimas que no murieron asesinadas. ¿Cuántas personas llevaron (y llevan), una vida desgraciada por la gracia de Dios, por causa de la autoproclamada religión del amor? En particular, debido a la misoginia y sexofobia (que incluye la homofobia) de que tradicionalmente ha hecho gala la Santa Iglesia. ¿Cuántas mujeres no gozaron jamás de su propio cuerpo y fueron esclavas de sus maridos en virtud de los mandatos y las coerciones católicas? No hay más que reparar en que ¡se les ponía a una supuesta virgen, María, como modelo de madre! Como si hablaran a tontas y a locas. ¿Se acabó ese dislate bufo?: lejos de eso, la mariolatría continúa siendo cosa pública, no hay más que ver los numerosos, recientes y grotescos nombramientos de esa Virgen (¡vírgenes?) como alcaldesa perpetua, capitana generala… a los que hay que reconocer el mérito de que, a la vez que se ríen del aconfesionalismo estatal, hacen desternillarse hasta a los creyentes algo sensatos. Por suerte, las mujeres actuales suelen estar mucho más liberadas de las admoniciones curiles (y de sus manos, a veces bastante largas sobre todo con personas de edad corta), pero aquellas otras, en parte muertas en vida, están pendientes (es un decir) de un desagravio imposible. Encontramos situaciones históricas tristemente parecidas en otros países, como algunos latinoamericanos. No hace falta remontarnos a tiempos de Cruzadas e Inquisición. El fanatismo fundamentalista exhibido como amor cristiano sigue haciendo los mayores y letales estragos en los países (muchos, africanos) en los que ha conseguido obstaculizar el acceso a los condones, facilitando la expansión del sida. La jerarquía de la Iglesia se desvive por imponer su enfermiza moral sexual a todos, no sólo a sus fieles, aun a costa de la vida y el sufrimiento de no importa cuántos pecadores.


Por todo esto, la macrobeatificación victimista no es sino una macrofarsa, y muy miserable. La miseria moral la comparten todas las autoridades e instancias públicas que colaboran con los fastos o que acuden a ellos a título institucional, en persona o mediante delegación; el propio rey y el príncipe (los herederos políticos del sátrapa saben mantener lealtades) ofrecen a menudo conspicuos ejemplos de este tipo de comportamientos que transgreden la aconfesionalidad del Estado a que obliga la Constitución y faltan gravemente al respeto a los ciudadanos. El evento es, pues, una ignominia, pero me apresuro a aclarar que rechazo revancha o violencia alguna como respuesta. Lo que pido es que se haga la justicia que aún sea posible sobre los crímenes contra la humanidad del nacionalcatolicismo… y que se restablezca lo esencial de la legalidad laicista de la II República, esa legalidad democrática que fue liquidada por el golpe fascista que instauró ese mismo nacionalcatolicismo, que aún colea con vigor. Las víctimas de o por la fe sufrieron delitos de lesa laicidad. Solo la libertad de conciencia que promueve el laicismo asegura la convivencia pacífica de todos los individuos, cualesquiera que sean sus creencias y convicciones, en un ámbito en el que éstas se puedan sostener, y también criticar, con libertad, sin privilegios ni intromisiones estatales sobre ningunas. Como argumenta Europa Laica, tal exigencia democrática obliga a que se anule el Concordato con la Santa Sede, acabando así con la degradante sumisión de España al Vaticano y con las inicuas prerrogativas, sobre todo educativas y económicas, de que disfruta la Iglesia católica. Formulo estos requerimientos de justicia y democracia en memoria de todas aquellas víctimas por y de la fe, y en beneficio y por la dignidad de todos los ciudadanos.
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