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Librepensadores

Harto de fiestas navideñas

Fernando Pérez Martínez
Publicada el 31/12/2015 a las 06:00 Actualizada el 30/12/2015 a las 16:02
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Nadie sabe qué celebra o qué conmemora. Nadie cuestiona el porqué de una fiesta, de un brindis que nos pone ñoños una vez al año, pese a vaciarnos la cartera hasta febrero. Somos presa de la risa floja que se contagia sin motivo y que todo el mundo acompaña sacando del bolsillo el importe de la siguiente ronda, y uno irracionalmente quiere estar a la altura. ¿De qué?

Porque nació el “niño Dios”, bebamos. Por el año que acaba, comamos. Por el nacimiento del sol, gastemos. Por el solsticio invernal, brindemos. Para que los duendes que habitan la floresta vuelvan a poblar las ramas en primavera, decapitemos abetos, juguemos a la lotería, hagamos cabriolas y zapatetas… Aunque no nos interese lo más mínimo la tradición judeocristiana, ni la celebración del calendario juliano, ni las creencias anuales del antiguo imperio romano, ni los hitos astronómicos, ni las fantasías célticas y seamos conscientes de la ley de probabilidades…

No tengo cuerpo para más repeticiones de alegrías impostadas que sólo aprovechan a la clase pueril y a la industria alimentaria, perfumera, juguetera y afines. Ni mi físico, ni mi economía son suficientemente potentes para llevar el paso que marca la animación mediática y mi familia no participa del espíritu que requieren los fastos. Además de caros, fundamentados en el consumo. Por otra parte, una serie de reuniones familiares como las que se estimula a convocar en estas fechas resultan demasiado tensas y tediosas como para hacerlas deseables.

Uno permanece en el filo de la navaja una vez al año entre el deber, el compromiso y la aprensión. Sin querer ofender por la tibieza con la que contemplo las entrañables obligaciones de manifestar alegría y cariño porque los seguidores de la tradición religiosa que se impuso por estos pagos, haciéndonos saltar la comba durante tanto tiempo, se vean relevados en la actualidad desde hace décadas por los comerciantes latos que ahora se adueñaron de la cuerda redoblando el matiz negociante que pretende con relativo éxito mover nuestros afectos.

La fugaz ilusión que se induce en la infancia: vacaciones, regalos, chucherías típicas, cabalgatas, confetis, etc., no justifica el quebranto emocional y económico. La Navidad con el tiempo se va transformando en un cruel recordatorio del inexorable paso de los años, de la degradación de nuestros sentimientos. Una cruel constatación de los fracasos personales y emocionales, una conmemoración fúnebre de lo que hemos ido perdiendo en los recodos de la vida, desde cuando asistíamos como niños a la mesa de la nochebuena participando al cien por cien en el tópico, hasta convertirnos, ya como adultos, en una pieza más del engranaje oxidado en el que ocupamos los sitios vacíos de los que ya no están. Puestos en los que sobrellevar las tensiones sólo resistidas por la buena educación y el autocontrol. La tristeza de confirmar aquello en lo que devenimos y la férrea voluntad de superar una vez más la depresiva zarabanda en la que no queremos participar pero lo hacemos por los otros, no vaya uno a ser el aguafiestas del supuesto regocijo de los demás.

Los efectos secundarios son cada vez más graves. Los ancianos padres presidiendo una mesa a la que se sientan los desavenidos cuando no enfrentados hijos y nueras que no se soportan, los cuñados y cuñadas que no pegan ni con cola, los nietos egoístas y envidiosos, herederos de las cuitas de sus mayores, la lágrima contenida del viudo o viuda que recuerda y añora a los ausentes. Un repaso maltusiano de seres queridos, una confirmación de que cualquier fasto pasado fue mejor. A todos los recordamos, a todos los queremos, pero no así, a golpe de corneta promocional. No ahora, no en esta olimpiada de efusiones orquestada desde los centros comerciales y sus medios de comunicación.

Los servicios de urgencias y policiales dan cuenta del saldo más grave e irreparable de estas entrañables reuniones. El etilismo se alía para fortalecer la capacidad de soportar tan agridulce adversidad, hasta que en algún caso inhibe del todo las amarras de la urbanidad dejando que se liberen los agravios silenciados tanto tiempo. Las palabras suben a la boca incontenibles e irreparablemente. Las cunetas y las farolas de nuestras calles y carreteras dan cuenta de esos fracasados intentos de huida.

Por humanidad, levantemos el pie del pedal, esto no es necesario. Las industrias navideñas no van a aflojar el ritmo, sino al contrario. Hemos de ser nosotros quienes pongamos cordura a este tinglado que se nos escapa de las manos cada vez con un saldo más impresentable e inasumible. Paremos esta locura. Hagámoslo, aunque no sólo por ellos, también por los niños. El bombo de la cordial y funesta lotería sigue girando cada año que pasa y nuestros nombres están dentro. Paremos este monstruo que hemos construido con la mejor intención y que está devorando nuestros sentimientos hasta la locura.

El futuro está poblado de afortunadas cantinelas propagandísticas entre lucecitas taimadas que se encienden y apagan tratando de encubrir el hastío de la repetición hasta la muerte, mancillada por sarcásticos villancicos, brillantes bolas de plástico y estrellas y adornos del bazar chino.
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Fernando Pérez Martínez es socio de infoLibre
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