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Añoranza de lo previsible

Amador Ramos Martos Publicada 18/01/2017 a las 06:00 Actualizada 17/01/2017 a las 17:02    
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¿Ha interpretado bien Podemos el mensaje del 15M?

Nadamos desde hace tiempo en lo que Zygmunt Bauman –recientemente fallecido- catalogó acertadamente como “modernidad líquida”. Chapoteando, intentamos sobrevivir humanamente en una ambivalencia donde el valor de lo transitorio, lo fugaz y la “razón y lógica económica” hegemónica –que nos ha reducido a la condición exclusiva de “homo consumptor” se han constituido en norma irrefutable.

Vivimos tiempos volátiles, azorados por la incertidumbre, inquietos, con nuestros miedos propios y ajenos –algunos alimentados interesada y artificialmente- a cuestas. Habitamos tiempos incómodos de desazón ante lo cotidiano, de inquietud ante el futuro, un período histórico de alto “riesgo sísmico donde todo lo que antes parecía sólido se está ahora licuando con el riesgo añadido de de devenir en “tsunami” sociológico.

Nos desvivimos día a día, “malviviéndonos” en la desesperanza, deshabitados en nuestra propia existencia, ralentizando nuestra aproximación –quizás alejándonos- de la “utopía imposible”. Retrocedemos hacia donde no debiéramos nunca haber retrocedido, arrastrados, “guiados” dicen ellos, por los “gurús de la “postverdad”. Aquellos que con sus argumentos falaces, nos aseguran desde siempre tenerlo todo claro.

Estamos íntimamente desarticulados, en estado perenne de ansiedad individual y colectiva, con el “corazón en un puño” (genial la columna “Ansia viva” de Luz Sánchez Mellado en El País), angustiados por las circunstancias de nuestro devenir más imprevisible a cada paso, desorientados por la futilidad del cambio permanente.

Desarraigados, inconscientes y ajenos –aunque no siempre- a las causas de un malestar existencial globalizado, que por cómoda dejadez, muchos prefieren ignorar arropados en la falsa seguridad del rebaño o que habiendo identificado con espíritu autocrítico, otros asumen impotentes como imposibles de reconducir por mor de nuestra mermada capacidad o manifiesta incapacidad de reacción ciudadana.

Hemos dejado confiados en exceso, en manos ajenas al interés de la mayoría, nuestro singular destino individual y el colectivo común compartido. Creíamos gozar de un sistema sólido de libertades y derechos garantizados por nuestros elegidos.

La crisis brutal con la suplantación del poder político por el económico ha venido a demostrarnos que nada es “sólido”, ni perdurable ni por descontado, siempre creíble.
Con las limitaciones impuestas por poderes ilegítimos, se están achicando nuestros derechos, y lo peor, instalados confortables como estábamos antes, simultáneamente con el disfrute de la libertad, hemos perdido en gran parte... el coraje.

Como bien apuntó Bauman: "Ha sido una catástrofe arrastrar la clase media al precariado. El conflicto ya no es entre clases, sino de cada uno con la sociedad”.

Han conseguido descolocándonos existencialmente de la realidad colectiva, aislarnos. Hemos olvidado amnésicos el “nosotros”, lo “nuestro”, lo común de todos. Clausurados en una redoma de anomia social, nos “relacionamos” en un confortable y engañosamente cercano universo digital donde la comunicación virtual, superficial e instantánea, ha sido despojada –con excepciones- de las imprescindibles reflexión pausada y serena autocrítica, de la mirada, el gesto, la actitud, la emoción... el lenguaje corporal, el contacto humano empático y cálido que están siendo sacrificados.

Una espasmódica locuacidad virtual en el seno de una red que nos “alimenta” –en realidad desnutre- con tanta “comunicación despersonalizada” por el anonimato –realmente una incomunicación- donde imperan el narcisismo frustrado, la “protesta de teclado”, muchas soledades, suplantado finalmente el “ego” por el “alias”. Un doble juego, una doble vida que en parte nos despoja de la realidad, de nosotros mismos y nos sumerge en la virtualidad en la que quedamos atrapados.

Sufrimos las consecuencias de un “desorden” de lo establecido hasta no hace mucho como un orden, donde el Derecho que establece, regula, vela y salvaguarda nuestras relaciones sociales, con otros poderes y con el estado, aunque siempre legal, si no nos reconcilia y aproxima a lo justo, no es siempre legítimo.

La crisis global ha venido a dejar en evidencia la degradación política, las carencias éticas y la ilegitimidad de un “sistema” que hasta poco creíamos por el simple hecho de votar libre y periódicamente invulnerable y decente.

Este hecho fue lo que condujo a Pablo Iglesias e Iñigo Errejón -que supieron leer acertadamente el momento histórico provocado por la crisis, detectando el malestar de los ciudadanos y la profunda grieta abierta entre estos y el poder monopolizado por sus representantes- a recuperar, un espacio vital en el juego político abandonado por el PSOE. Podemos proporcionó alojamiento al malestar ciudadano surgido desde la calle.

Sin embargo, la diferente lectura y visión del papel futuro de Podemos entre sus dirigentes, amenaza la viabilidad, credibilidad y eficacia de la nueva vía política abierta por los ciudadanos desde el 15M de 2011. Lo que ambos líderes –hoy nos guste o no enfrentados- no debieran perder de vista, es que fue la movilización callejera del movimiento 15M, la que les permitió acceder a las instituciones y los empoderó políticamente en el Parlamento.

Lo que Pablo Iglesias no puede como ha hecho recientemente, es afirmar que: “no podemos convertirnos en políticos” cuando los ciudadanos desde la calle, les han aupado al poder institucional no para hacer “no política” si no para hacerla, demostrando que son posibles otros políticos y otras formas y modos de hacer política.

Hay una simbología, en mi opinión algo caduca, en la actitud pública de Iglesias, que intenta recuperar viejas interpretaciones semióticas de la misma y un intento de monopolizar “hermenéuticamente” el mensaje –no escrito- enviado desde la calle por los ciudadanos.

La “gente” a la que tanto recurre Iglesias, ya habló de forma contundente desde el 15M, primero en la calle, y después en las urnas. Corresponde ahora a Podemos y a sus líderes porque así lo han decidido 5 millones de ciudadanos, el diseñar un proyecto político de futuro para el país sin precipitaciones, creíble, con metas a medio y largo plazo asequibles, alcanzables y razonables para dar respuesta -con honestidad y márgenes éticos infranqueables- a la situación de incertidumbre y malestar social actuales que devuelva a la “gente” un grado de esperanza y previsibilidad social razonable.

Menos debates teóricos. No les votamos para eso. Exigimos más “energías renovables” y renovadoras en las instituciones para hacer viables otras políticas y otros modos políticos de ejercerlas. Dependiendo del acierto de las mismas, y de los logros razonables –que no utópicos... la utopía por definición es inalcanzable- ya decidiremos los ciudadanos si así lo requieren las circunstancias, volver a recordar a nuestros representantes, incluidos esta vez ellos si así lo merecen, que siguen sin representarnos y que por ello, volvemos a gritárselo a todos desde la calle.

Como Bauman dijo en su día: "El 15M es (era) emocional, le falta (faltaba) pensamiento". Lo que el 15M dio a Podemos fue precisamente la oportunidad de poner pensamiento al movimiento callejero. Me sorprende que Iglesias y Errejón no sean ahora capaces de intuir –no habrá otra grieta oportunista- las consecuencias de un desencuentro que puede licuar –otra vez la “liquidez”- el proyecto que se les exige. Lo que los ciudadanos demandamos no es la utopía, solo es sencilla y llanamente un futuro más justo y más previsible.

Poner pensamiento político al 15M no debiera implicar ahogarlo y ahogar la esperanza ciudadana –riesgos de la “sociedad líquida”- como consecuencia de debates personalistas, pero sobre todo... estériles. No nos lo merecemos tantos ciudadanos que les dimos -para ser representados por ellos- voz institucional, les guste o no y quieran entenderlo o no... desde la calle.
 



Amador Ramos Martos es socio de infoLibre


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2 Comentarios
  • M.T M.T 18/01/17 12:38

    Excelente artículo. Esa "comunicación despersonalizada" amparada por la realidad digital o virtual me parece una tragedia. En aras del progreso tal vez vayamos dejando atrás un mucho de humanidad. Sera la forma de comunicación de los nuevos tiempos, siempre envueltos en la prisa. Felicito al autor.

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  • AMP AMP 18/01/17 11:16

    No puedo estar más de acuerdo contigo, Amador.

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