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Librepensadores

“Las redes tecnológicas, como la Gran Ciudad, generan ansiedad”

Tania Martínez Tomás Publicada 26/01/2017 a las 06:00 Actualizada 25/01/2017 a las 12:56    
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Ciudades de aire. La utopía nihilista de las redes (2016, Catarata) nos sitúa en la reflexión sobre la convivencia digital, la “marca personal”, los influencers, el desconcierto que provocan el espejismo de oportunidades, la velocidad, la flexibilidad, la competencia y el sometimiento a una evaluación constante. Este ensayo, del filósofo y teórico de la comunicación Antonio Fernández, se presenta en Madrid este jueves 26 de enero, el acto será a las 19:00 en la Casa del Libro (c/Fuencarral, 119) y estará acompañado por el catedrático de Filosofía de la Universidad de Murcia Francisco Jarauta. En Ciudades de aire, su autor da con agudeza razones por las que rechaza la premisa de que lo digital nos dé un espacio de libertad.

“Mi hipótesis rechaza de plano la idea de una mayor libertad, sin más, por el simple concurso de herramientas para hacernos oír, potencialmente, en el espacio público… Ningún medio, técnica, tecnología es neutral, las redes sociales se constituyen como el catalizador que condensa y radicaliza las relaciones de poder”.

Fernández expone que “en la ciudad atomizada de redes” se entra en una espiral de engaño, una ignorancia que no deja de alimentarse conforme crece la convivencia en red y la implicación en la adaptación al entorno digital, porque “el aparente individualismo que, a primera vista, reina en la ciudad atomizada de redes no sería más que la imantada atracción de las multitudes: la pulsión de conformidad a las rutinas y direcciones de los otros”.

Habla del “amor a lo mismo”, por la tendencia homofílica que caracteriza a las comunidades virtuales. Un ejemplo está en a quién seguimos en Twitter. Si construimos nuestra propia imagen conectándonos a lo que encontramos similar con nuestras creencias, cayendo en ese “amor a lo mismo”, caemos también en la xenofobia, en decisiones motivadas por el miedo a lo extraño. Porque nos da miedo el desacuerdo, la desaprobación de lo que digamos o hagamos, seguimos a personas afines. En las comunicaciones digitales construimos muros de seguridad, nos incluimos en espacios donde identificarnos.

“Las redes tecnológicas, como la Gran Ciudad, generan ansiedad”

Fernández plantea cómo es posible que las herramientas de comunicación que deberían servir “para liberar tiempo y flexibilizar nuestras costumbres, como el teléfono móvil, se hayan convertido en herramientas de esclavitud”.

Un grupo de Whatssap, por ejemplo, puede ser un instrumento de servidumbre, de sometimiento. Imagine un grupo de compañeros de trabajo, que además ha sido creado y usted ha sido incluido por un superior. No hay una obligación explícita de responder o de estar pendiente de lo que se escriba, pero ¿qué si no lo hace? Aun si lo ignora porque no le gusta la idea, no saldrá del grupo. Esta es la “esclavitud moderna”, la servidumbre voluntaria de la que habla Fernández recordando a Armand Mattelart. Porque la conexión nos hace sentir sometidos siendo paradójicamente nosotros los que elegimos estar ahí, en la red, la ciudad de aire.

Como podemos estar conectados desde nuestros smartphones, hay un deber implícito de ser flexibles. Y ¿en qué consiste ser flexible? -requisito que por cierto cada vez más aparece en ofertas de trabajo- “Quiere decir aquí sumisión total de nuestros tiempos de vida a los tiempos colectivos en las redes; quiere decir desposesión de nuestro bien más preciado, que es la autodeterminación de cómo queremos emplear el tiempo”.

Recuerda Fernández la definición de técnica que hacía Ortega y Gasset: “Esfuerzo por ahorrar esfuerzo” y se pregunta: “¿Y si el entorno digital, en lugar de ahorrar esfuerzo, exige una mayor cantidad de dedicación? Las redes tecnológicas, como la Gran Ciudad, generan ansiedad… porque son un factor de aceleración de todos los procesos vitales”.

Las redes, explica el autor, golpean directamente nuestro tiempo y sacuden nuestra experiencia y aprendizajes. Cada comportamiento en ellas es una respuesta a infinitos estímulos que recibimos nada más entrar, y puede traducirse en una pérdida de coherencia en las respuestas. A esto se refiere cuando habla de “dictadura de la velocidad una vez caemos en las redes”.

Los influencers y la lógica del ránking

En la ciudad red se mezclan la oportunidad de construirse a uno mismo para presentarse ante el mundo -pudiendo potencialmente ser visto y valorado por muchas personas, millones-, y la prisa por hacerlo y posicionar la propia identidad, y, por qué no, crear tendencia, convertirse en un influencer.

El usuario de la Red, “ansía en todo instante superponerse a los demás en la carrera por la atención”. A esta tendencia la llama “lógica del ránking”, actualizar o desaparecer, “estamos condenados a conquistar el presente en cada instante”.

Con internet crece enormemente la posibilidad de consumir y difundir contenidos. Se multiplican las expectativas de millones de usuarios de ser escuchados y reconocidos. Pero al mismo tiempo cada sujeto informador es menos imprescindible para los que buscan información en la web. Son tantos los blogs, los portales de noticias online, los usuarios de redes sociales… que se podría decir que la “sociedad red” (término acuñado por Manuel Castells) es una tarta dividida en tantas porciones que cada una de ellas es insignificante, cada usuario es un divisor en lo que sería la derivada matemática de la información.

Así, la ampliación de oportunidades que ofrece la red, advierte Fernández, “también trae consigo la angustia de hallarse en una vida limitada con deseos ilimitados”. Citando a Hans Blumenberg, señala: “Siempre menos tiempo para cada vez más posibilidades y deseos”.

La utopía nihilista

El origen de la coacción que el uso de las redes trae consigo y por la que este autor no cree en lo digital como en un espacio de libertad per se, “reside en la capacidad para objetivar”, lo que nos lleva a la utopía nihilista.

Las redes permiten construir la propia experiencia, y ¿cómo lograr hacerlo, cumpliendo además con esa oportunidad para mostrarse y proyectar una imagen que vaya a ser valorada positivamente? La experiencia se objetiva sometiéndola a la evaluación de los demás, buscando el aplauso, la aceptación, la influencia.

La ciudad digital nos invita a crear un propio yo, con una experiencia modelada, pero “los ciudadanos no hacen más que sumarse a las corrientes hegemónicas, a las lógicas culturales del neoliberalismo, a la exclusión de lo diferente. Tal es la utopía nihilista de las redes”, concluye Fernández.

Cuando adopta ciertas formas y fomenta las tendencias descritas, la convivencia en redes puede ser una especie de “infierno”, porque la doblez se impone.

Ciudades de aire reflexiona también sobre la “marca personal”. Pretender ser una marca para el resto de ciudadanos, como si una persona tuviera el mismo valor que un producto, un servicio o un bien que debe promocionarse, y que además sea uno mismo quien tiene que verse como tal y preocuparse constantemente por cómo es visto, no puede ligarse sino a una enorme competitividad por estar por encima del resto. Además, en las redes ser bueno se traduce en conseguir que el máximo número de personas esté de acuerdo con lo que haces y dices, eso está por encima. La visibilidad, la existencia virtual, se convierte pues en una competición por la superficialidad. Una anulación de libertad toda vez que se actúa para agradar.

Fernández critica así esa competición por la superficialidad: “el que más se hace oír no es el más sabio, sino el que más seguidores acumula como aristócrata del aire que es… El problema reside en que los actores de las redes esconden su artificialidad y dramatismo bajo la premisa de la transparencia que equivaldría a verdad”. La marca personal es “un valor relativo, siempre vinculado a la competencia con otros”.

En Ciudades de aire, el autor recuerda que en periodistas y escritores siempre ha existido, antes de Internet, ese rasgo de darse a conocer para situar su trabajo. Pero ahora hay que comprender las redes para no caer en ellas.

Un ejemplo que representa la ansiedad de la que habla Fernández, la presión por encontrar y vender una “marca personal”, es el “extracto” en LinkedIn. Definirse “para destacar la experiencia”, como dice el mensajito de la red social para animar a hacerlo. Ya hacemos el esfuerzo por definirnos en cada entrevista de trabajo. En lo profesional, además, las redes plantean la exigencia de estar expuesto a valoraciones cada día, en cualquier momento.

Vivimos en un mundo hipermediado, destaca Fernández frente al discurso que se cierra en la desintermediación que logran los medios digitales. “Si imaginar un lenguaje es también imaginar una forma de vida, también imaginar una ciudad o una red tecnológica es imaginar una forma de vida”.
 



Tania Martínez Tomás es socia de infoLibre


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3 Comentarios
  • Damas Damas 27/01/17 00:01

    Interesante lo planteado, y para reflexionar sobre ello.

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  • leandro leandro 26/01/17 22:58

    La sociedad aparente en la que vivimos ya no busca en los viajes espaciales escaparse de la realidad sino que simplemente la maquilla de cualquier cosa y la verdad deja de existir . Lo único que importa es la palabra aunque sea sandez y dicha a destiempo. Curiosamente esa gente que se harta a mandar chorradas a través de las redes prácticamente no son capaces de leer un libro .

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  • M.T M.T 26/01/17 10:29

    Me ha gustado mucho todo lo que dice. Me ha parecido interesante y lo comparto. En definitiva, formamos parte de un mercado donde la libertad personal queda mermada al estar teledirigidos. Y el entorno arrastra. Enhorabuena!.

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