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Librepensadores

El mundo de Donald Trump

Rafael Muñoa Gibello Publicada 07/02/2017 a las 06:00 Actualizada 07/02/2017 a las 11:09    
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La increíble, pero evidente, ascensión de Trump ha hecho resonar las trompetas de Jericó, junto a voces no siempre negativas, mientras las masas mediáticas no terminan de matizar las consecuencias de estas circunstancias históricas, que, inevitablemente, presentimos, serán de violencia y destrucción, a juzgar por las palabras y primeras transgresiones de los derechos humanos de este nuevo emperador, coronado en orden a un despotismo justificado, popular. El pueblo lo ha votado.

Asistimos, así, a un nuevo orden mundial, cuyas claves la descubrimos en los propios labios de este gran megalómano, misógino y racista, al manifestar sus ideas transaccionales de obediencia a cambio de protección, “justamente lo mismo que definía la identidad y soberanía del estado constitucional moderno de acuerdo con la filosofía política de Hobbes, se traspasaba a la protección, obediencia y soberanía de un superestado mundial, fundado en el monopolio de la anihilación de toda la humanidad: el Leviatán nuclear”. (El entrecomillado pertenece a un párrafo extraído del libro La existencia sitiada, de E. Subirats).

En estas circunstancias, históricas y convulsas, el estereotipo de Donald Trump fácilmente nos evoca el fantasma de Adolf Hitler, entre las ruinas de la Segunda Guerra Mundial y acaso en conexión con su mismo nefasto ideario político. Sin embargo, a priori existe una diferencia substancial entre ambos personajes, Hitler se hizo con el poder a través de su macabra dialéctica dictatorial, mientras que el paso de Trump a la historia le ha sido regalado. Y es él quien más se juega en el envite de una posible guerra total, él y sus familias archimillonarias, cuyos congéneres se hallan entre los que viven el sueño dorado de Hollywood y ahora alzan sus voces contra él, sin acordarse, por ejemplo, de las tragedias que se viven en los guetos de Chicago y Nueva York. Por otro lado, no hay que exagerar. El concepto de Estado nuclear mundial no existe, dado que son varios los Estados con armamento nuclear capaces de asolar toda la vida del planeta Tierra. Luego habría que reflexionar sobre, ese oscuro impulso que va más allá del metainstinto, por el que el humano retorna a la nada de la nada, del que Freud hablaba como pulsión de muerte, y en el que necesariamente la política comparada ahora reparará, pensando en los 60 millones de votos amasados en los distintos segmentos poblacionales que han elevado a Trump a la Presidencia de los EEUU, sabiéndolo xenófobo y racista. He ahí la realidad, latente, del sueño americano.

Ya las bombas de Hiroshima y Nagasaki respondían en primera instancia al método expeditivo de Norteamérica en su afán de demostrar su hegemonía mundial, Corea, Irán, Guatemala, Vietnan, supusieron el ritual de destrucción y muerte que no ha parado hasta las guerras de Serbia, Libia, Afganistán, Irák y Siria. Guerras globales en las que los muertos, en su mayoría, los ha puesto la población civil. Guerras donde Tánatos, la Muerte, triunfa sobre el humano, vaciándolo de su ser, ahinilándolo en la batalla perpetua de su existir. Guerra animada por la implosión global de la civilización industrial. Bajo su signo se ha congelado el tiempo de la humanidad. Habita en el gueto negro del que antes hablábamos, oculto a todas luces y reducido a deshecho económico.

Ése es, en rigor, el mundo oculto de Donald Trump: la teleología de un tiempo de vacío, de violencia, incultura y fanatismo religioso, de hambre, de desigualdad e injusticia entre el hombre blanco y el negro, entre el rico y el pobre, de presidio y de fallos jurídicos arbitrales.

Luego el problema ni empieza con Trump ni termina con él. Sin duda alguna remite a un desconocimiento clamoroso de los principios de la axiología por parte de los que hablan en nombre de la liberación. Pues no se entiende tal democracia, creo yo, si no es para que la condición humana se sienta manchada, si es que todavía tenemos capacidad para la vergüenza.



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