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Librepensadores

Alix no quiere fotos

Roberto Amado Publicada 20/02/2017 a las 06:00 Actualizada 15/02/2017 a las 13:44    
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Se llama Alix. O Ali. O Alex. Alex Raza. Con la z pronunciada como un zumbido leve pero intenso. Sonora.

Tiene las manos calludas, morenas, duras. Los dedos como chorizos. A veces manchados de tierra seca, gris, como el camuflaje urbano de los militares. Es bajito, de tez moruna, ojos pequeños, anchote. Ríe nervioso. Ese jijijijí que finaliza casi todas sus frases. Las comisuras de la boca están rodeadas de un hilillo de baba blanca. Signo de deshidratación. Levará horas sin beber una sola gota de agua. Y el sol está pegando duro. En el interior siempre pega duro.

En Dozón, al lado mismo de la casa del Concello, han puesto un pequeño tenderete de venta ambulante. Es de Alix. Vende bragas a un euro, y paños a un euro, y gallolos, y toallas, y calcetines de muchos colores. Todos a precios baratos.

-Todo hecho en España o Portugal y comprado en fabrica. Por eso vendo barato.

Sí. Fabrica. Con el acento en la sílaba "bri". Porque Alix, o Ali, o Alex, habla portugués a la perfección, pero es originario de Pakistán. De Lahore. Y cuenta que, de joven, se cansó de su mundo y decidió verlo en su inmensidad. Vino a Europa, y pasó por todo el centro y el sur. Los balcanes, el mediterráneo, Alemania, Francia...

-Al final, toda Europa é igual. Xente boa. Xente...

Se queda pensativo. Acaba la frase, como convenciéndose de que es así. O lo fue.

Acabó en Portugal y ahí se quedó. En Viana do Castelo. Aunque, como ambulante, cambia de residencia según le viene bien. Las ventas lo mueven. Ahora está en Maside. Ha vendido por toda Galicia y todo el norte de Portugal. Atravesó el Bierzo y llegó hasta Benavente, y le fue bien con las romerías.

-Un día de fiesta, fiquei en unha aldea pequena, e compran muito. Foi o día que fixen máis. Case setesentos euro.

Ahora es diferente. Las vacas flacas hacen mella en el negocio. Ya no llega con caer bien y conocer al cliente. Las señoras, lo más importante. Si te conocen, vuelven. Así lo asegura él, que lleva vendiendo el mismo género décadas.

-Ahora a veces fazo vinte euro... Nao chega para comprá e comer.

Cuenta que su día a día viene y va entre colocar el tenderete y tratar de vender la mercancía. Dos horas le lleva hacerlo. Otras dos al finalizar el día le llevará deshacerlo. Estará aquí lunes y miércoles. Hasta dentro de unos tres meses, que tendrá que renovar la licencia. La muestra, orgulloso. Después dirá que eso, y poco más. Comer algo, como justificándose, porque en estos tiempos de cólera mental, hasta el comer puede cancelarse por motivos empresariales. No tiene mujer. Sí alguna compañera. Son especiais, dirá, silabeante. Y se reirá. Hablará de sus colegas y de sus líos con mujeres. Es bastante liberal. Las historias que más gracia le hacen son las de mujeres que ponen los cuernos acostándose con alguno de sus colegas. Se troncha con ellas, hasta el punto de que la calle queda inmersa en sus carcajadas.

-E, entonces, él pregunta... pero, ¿por qué vas a carallo en la furgoneta? Pues, porque mi marido está en cama!

La nacional que atraviesa Dozón es frecuentada por camiones de mercancías. Rasgan la atmósfera como bulldozers. Pesados y estridentes. Inundan la conversación hasta hacerla intransitable. De cada pasada, Alix se agarra de los antebrazos sobre el pecho y levanta las cejas. Ya no ríe. Rememorar épocas pasadas está bien. Pero la cosa ha cambiado. Dice que le apena la gente. Ya no tiene nada. Antes jugaba con los precios, porque la gente podía pagarlo. Pero ahora. Ahora no puede mirar a una señora mayor y pedirle dos euros por unos calzoncillos para su marido.

-Xa nao pasa xente. Nin tan siquera mirar nada. Nao saluda. Nada.

Le pido hacerle una foto. No quiere. Preferiría no salir. La mercancía sí. Su historia también.

-Pero hai xente que me coñece. A competencia. Nao gusto. Vendo máis barato!
 



Roberto Amado es fotoperiodista y socio de infoLibre


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