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La desigual lucha contra la credulidad: cosmovisión y ciencia

José María Agüera Lorente Publicada 23/02/2017 a las 06:00 Actualizada 22/02/2017 a las 16:40    
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«A veces parece que el progreso científico-técnico no va a la par con el mejoramiento de la capacidad mental de los seres humanos». (Salvador Reguant)

Hay que agradecer siempre toda experiencia comunicativa en la que se ejercite la inteligencia. Nada más estimulante a mi modo de ver que el intercambio de ideas a través de un diálogo racional entre personas a las que no anima a conversar otro interés que el incremento del conocimiento y el progreso en una lúcida comprensión de la realidad. Por eso, vaya por delante mi agradecimiento a Granada Laica y al Seminario Galileo Galilei por haber organizado un ciclo de conferencias en torno al conocimiento, la racionalidad y el laicismo.


La segunda de las conferencias, a la que tuve la oportunidad de asistir, fue pronunciada por los profesores de química y doctores Juan de Dios Jiménez Valladares y Carlos Sampedro Villasán. Su exposición fue una reflexión sobre la situación y el valor actuales del pensamiento científico en confrontación con las creencias que se mantienen al margen de él, bajo el muy explícito título de «Credulidad y conocimiento científico. Una Lucha desigual». Su contenido estaba montado a partir de la actitud de la sociedad actual respecto de su receptividad a un modo de afrontar el conocimiento de la realidad tan exigente en rigor lógico y objetividad como el científico. Ello explicaría en parte –a decir de los ponentes– la incoherente actitud mayoritaria respecto a la ciencia, y que se podría condensar en el hecho indiscutible de que ciertamente es valorada, pero poco y mal conocida. Eso sí, la índole de su valoración habría que analizarla más detenidamente, ya que sería menester ponderar hasta qué punto es su producto práctico –es decir, la tecnología– el apreciado, ignorando sus logros teóricos. Pasando por alto esta deriva de la cuestión asociada a la tecnología –que por sí misma merece reflexión aparte–, según los conferenciantes, el conocimiento que producen las ciencias no sería atractivo para el gran público dado que no ofrecen una cosmovisión definitiva y completa. Las ciencias se limitan, disciplinada y metódicamente, a explicar problemas bien definidos a partir del planteamiento de preguntas productivas (no se explicitó este concepto, por cierto; pero entendamos que la pregunta productiva es la que potencialmente da lugar a una respuesta bien definida y susceptible de falsación). De modo que, ateniéndonos a lo dicho, no sería el propósito de las ciencias el ofrecer una cosmovisión que tuviese por objeto dar una respuesta integrada a las cuestiones trascendentales del estilo de «de dónde venimos, quiénes somos y a dónde vamos».


Me produce rechazo, intuitivamente, la negación tan taxativa de que las ciencias no tienen por objeto ofrecer una cosmovisión definitiva y completa. Cuando analizo intelectualmente esta primera reacción, me viene a la memoria una de mis primeras lecturas como estudiante primerizo en la facultad de filosofía. Me refiero a la obra de Alexandre Koyré titulada Del mundo cerrado al universos infinito, todo un clásico de los estudios sobre historia de la ciencia publicado por primera vez en 1957, en el que se expone con una claridad no exenta de rigor la transición de la cosmovisión medieval a la moderna entre los siglos XVI y XVII, lo que Thomas Kuhn, años después, categorizará como «cambio de paradigma» en su obra, también principal en la filosofía de la ciencia, titulada La estructura de las revoluciones científicas.


Con el tiempo, y conforme he ido madurando intelectualmente y acumulando lecturas tanto del ámbito científico como del filosófico, no he hecho sino confirmar desde mi modesto juicio el análisis que Koyré plasma en su mencionado libro y del que aquí recojo una muestra mediante la cita que sigue: «Es posible describir aproximadamente esta revolución científica y filosófica [la que transcurre entre los siglos XVI y XVII] [...] diciendo que conlleva la destrucción del Cosmos; es decir, la desaparición, en el campo de los conceptos filosófica y científicamente válidos, de la concepción del mundo como un todo finito, cerrado y jerárquicamente ordenado [...], ese Cosmos se ve sustituido por un universo indefinido y aun infinito que se mantiene unido por identidad de sus leyes y componentes fundamentales y en el cual todos esos componentes están situados en un mismo nivel del ser. Todo esto, a su vez, entraña que el pensamiento científico desestima toda consideración basada sobre conceptos axiológicos, como son los de perfección, armonía, sentido y finalidad, así como, para terminar, la expresa desvalorización del ser, el divorcio del mundo del valor y del mundo de los hechos».

Y, sin embargo, habría científicos profesionales que, no obstante, rechazarían en todo o en parte el contenido de esta cita; que creen, aun siendo sostenedores de las verdades que constituyen su saber científico, en un universo en el que se confunden valores y hechos. Esta mirada contrasta con la cosmovisión que se transluce de cuantos pronunciamientos recibimos de alguien como Richard Dawkins, para el que el paradigma evolucionista conlleva ciertamente toda una cosmovisión en la que no cabe un modelo teteológico de los sucesos, y en la que la percepción del lugar que ocupa el ser humano en ella queda al margen de cualquier contaminación axiológica.

Sí, ciertamente el trabajo cotidiano, silencioso y paciente de los científicos, el que no salta a los titulares de la prensa o de las páginas populares de internet, sino que suele ser plasmado en las revistas científicas especializadas que sólo leen los profesionales del gremio, tiene que ver con esas, en su mayoría, modestas preguntas productivas que nacen de la honestidad intelectual y la pasión por saber que es el corazón de la actividad científica. Pero, ¿acaso se la traiciona cuando, a partir del conjunto de sus logros, y mediante un esfuerzo de síntesis comprometido con el humano esfuerzo de búsqueda de la verdad, animado por el deleite en el conocimiento de la realidad, se compone una síntesis congruente y con vocación de objetividad de todo lo que es, y se deduce lo que es consecuente responder a las preguntas trascendentales?

Y esto no es un vicio de los filósofos de flojo pensamiento, sino un ejercicio por el que abogan científicos de la talla de Edward O. Wilson, como queda claro en libros suyos como Consilience. La unidad del conocimiento y La conquista social de la Tierra. Estoy con el Carl Sagan de la serie de televisión pionera en la divulgación científica, de gran valor artístico a la par que rigurosa, Cosmos, y del libro martillo de la credulidad posmoderna El mundo y sus demonios, en el reconocimiento de la urgente necesidad de la construcción de una cultura científica popular integrada en lo que tradicionalmente se ha tenido por cultura, y que jamás ha incluido las aportaciones de las que se suele reconocer como ciencias (física, química, biología, matemáticas...) para de esa manera constituir el núcleo duro de una forma de pensamiento exigente con las creencias, una forma de pensamiento que funcione efectivamente como contención en todos los frentes, no sólo el elitista de la academia y de los ámbitos profesionales de la investigación especializada, sino también el ordinario de la gente corriente en los distintos contextos en los que se desenvuelve la diversidad de sus actividades. Porque tampoco hay que soslayar el hecho de que la condición de científico profesional sin más no vacuna a quien la disfruta contra el virus de la irracionalidad como ya advirtió Sam Harris en su libro El fin de la fe. La ciencia, en consecuencia, como arma que puede ser enormemente poderosa ha de administrarse democráticamente, para lo que se precisa necesariamente la vigorosa implantación social de esa cultura científica. Como escribió en 1877 William K. Clifford, matemático y filósofo inglés (ay, cuántos casos en la historia en los que se da esta doble condición) en su hermosísimo ensayo –aún no traducido que yo sepa al castellano– The ethics of belief: «No son únicamente los principales de los hombres, estadistas, filósofos, o poetas, los que se hallan ligados a este deber para con la humanidad. Cada hombre sencillo que intercambia opiniones cada día en la taberna de su pueblo puede contribuir a aniquilar o mantener con vida las fatales supersticiones que paralizan a su especie. Cada esforzada esposa de obrero puede transmitir a sus hijos las creencias que salvaguardan la integración social, o las que la hacen añicos».

Para que el hombre sencillo («rustic» dice Clifford en el inglés original) esté en disposición de combatir la credulidad no basta con el trabajo especializado y valiosísimo, pero desconocido e incomprendido para la mayor parte de la ciudadanía, de los científicos profesionales, exquisitos especialistas en sus cada vez más reducidos y acotados ámbitos de investigación. Se requiere buenos divulgadores de la ciencia y practicantes del pensamiento racional y escéptico, ya sean periodistas, filósofos, profesores o mismamente científicos; sobre todo, científicos que han de abandonar a ratos sus torres de marfil como un deber que ha de tenerse por constitutivo de la propia ética científica. En esta tarea cabe tejer legítimamente una cosmovisión que se alimente de las aportaciones de los diversos campos activos de investigación, sujeta, por tanto, como el propio método científico exige a permanente y rigurosa revisión, pero que es irrenunciable si se quiere competir en el espacio de las creencias compartidas por el común de la ciudadanía en el ámbito político de las democracias modernas y, por ende, laicas. Si se renuncia al trabajo de composición de una intelectualmente honesta cosmovisión científica se deja el campo libre a aquellas carentes de todo fundamento científico, con los peligros que de ello se derivan asociados al fanatismo y al sectarismo. Para ello es menester la conformación de un lenguaje accesible a las personas que nunca las desconecte de la realidad objetiva y de su mundo de significados. El mismo Carl Sagan da pautas para ello en el mencionado El mundo y sus demonios, y asegura, en consonancia con las ideas de Clifford: «En todos los usos de la ciencia, es insuficiente –incluso peligroso– generar sólo una pequeña casta de profesionales, altamente competente y bien pagada. Además, hay que disponer de una comprensión fundamental de los logros y métodos de la ciencia a gran escala».



José María Agüera Lorente es catedrático de filosofía de bachillerato, licenciado en comunicación audiovisual y socio de infoLibre


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2 Comentarios
  • itnas itnas 23/02/17 11:28

    Magnifico artículo. También polémico, en mi opinión, lo que no deja de ser parte de la virtud del mismo. Se ofrecen diversos conceptos susceptibles de aclaración; uno de ellos, por deformación profesional, me llama la atención: incluir a la matemática entre las ciencias lo que, en otro lugar, ya expresé no es de mi gusto pues, al contrario, creo que es una de las artes. Se habla de infinito como una parte responsable del cambio de paradigma sobre el cosmos, y a mi me parece que este concepto de infinito debe ser analizado con detenimiento: por ejemplo, ¿entendemos bien el hecho de que entre los números 0 y 1 existen infinitos números reales? Además, no acierto a comprender el contraste entre la desvalorización del ser y la falta de visión teleológica del paradigma evolucionista. Por último, si es cierto que el divorcio entre cultura general y ciencia nos lleva a la paradoja de presenciar que a una persona de ciencias se le llame inculta si desconoce la obra de, por ejemplo, Cervantes, pero a una de letras no se le denomine así si desconoce la obra de, por ejemplo, Cantor. Es interesante preguntarse la razón de esta actitud social, con independencia de constatar la evidente falta de divulgadores científicos. Saludos y enhorabuena de nuevo.

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  • yoka yoka 23/02/17 10:10

    Un magnifico artículo divulgadora de la ciencia de los que necesitamos más.

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